Pese a su reticencia por ser la candidata del PRI para contender por la mini, ya trae la campaña hasta las rodillas

 

Por Mario Galeana

 

¿Realmente quería Blanca Alcalá Ruiz la candidatura del PRI en el 2016? Cuando los dedos de la cúpula priista apuntaron hacia su nombre, la pregunta perdió sentido. Una vez que se es ungido, una vez que se recibe la “pinche señal”, no hay marcha atrás.

Alcalá Ruiz resistió el nombramiento durante meses. Las críticas en su partido atizaban. Y pese a ello, no aceptó hasta tener la promesa del gobierno federal: “Te vamos a apoyar”.

Con certeza puede decirse que Blanca quería –quiere– ser la primera mujer en ocupar la silla más importante de Casa Puebla. La quiere ahora, pero posiblemente la habría deseado más en 2018.

Cuando se mira en el puesto número uno del estado poblano, la tlaxcalteca asiste al pasado y no al mero ilusionismo: antes ha sido, sí, la primera mujer en ocupar la silla más importante del Ayuntamiento de la capital.

El lugar central de la mesa del Cabildo del Palacio Municipal de Puebla siempre ha estado, lo dice la historia política, a un paso de la residencia de Los Fuertes de Loreto y Guadalupe.

¿Qué ocurrió con Blanca Alcalá Ruiz en 2010 como para que se evitara su salida del Ayuntamiento y, con ello, se le negara participar en la elección? ¿Qué medió para que el momento político más importante de su carrera se aplazara seis años?

Los hombres de su partido.

Si hay otra cosa que puede aseverarse con certeza en el camino político de Blanca es que sus rivales no han sido panistas.

El enemigo ha estado en casa. No se ha ido. Sigue ahí, operando en las sombras.

Y la candidata priista lo sabe.

Como alcaldesa compartió  con el entonces gobernador Marín. ARCHIVO CUARTOSCURO
Como alcaldesa compartió con el entonces gobernador Marín.
ARCHIVO CUARTOSCURO

El enemigo en casa

En el otoño de 1961, la capital del estado de Tlaxcala registró el nacimiento de una niña: Blanca María del Socorro Alcalá Ruiz.

La niña creció. Quedó sin padre. Y a los 20 años, en el cenit de la juventud, inició su carrera política. No había, para entonces, otro partido con oportunidades reales, a excepción del PRI: el PRI de Díaz Ordaz, de Echeverría.

Blanca –rápidamente dejó atrás el María del Socorro– ascendió en la estructura priista. Una elección local se avecinaba y llegó, con ello, su primer nombramiento: delegada municipal de los comités seccionales del distrito de San Martín Texmelucan.

Los hombres de la región miraron con recelo su nombramiento: ellos, altos, robustos y fuertes; ella, pequeña, delgada.

Los comicios se acercaban y un comité seccional, definitivo en el distrito, aún no se conformaba. El comité se encontraba en una zona de difícil acceso del municipio.

—Tu coche no va a poder entrar —le dijeron al mirar el pequeño vocho blanco que ella conducía, mientras ocultaban sin mucho esfuerzo la risa.

—No, al parecer no — respondió.

Los hombres voltearon hacia su vehículo: una camioneta todo terreno: cuatro toneladas de metal.

—Mejor vámonos en ésta — le dijeron. Y las sonrisas volvieron.

— Está bien. Pero dame las llaves. Yo conduzco.

Y las sonrisas huyeron.

La vida política de Alcalá Ruiz ha estado salpicada de pasajes así.

Sin embargo, para el 2006 sobre su currículum ya pesaba una lista de puestos gubernamentales y partidistas: secretaria estatal de Finanzas en 1999, delegada general del Banco Nacional de Servicios y Obras Públicas (Banobras) de 1999 a 2000,  subsecretaria de Desarrollo Social en Puebla en 2006, diputada local, líder del PRI en la capital poblana…

Un año más tarde, con el apoyo del exgobernador Manuel Bartlett, Alcalá Ruiz reunió capital político como para pujar por la candidatura de la presidencia municipal.

Entonces conoció al que, desde ahora, se ha convertido en su lastre: Mario Marín Torres.

El exgobernador no veía con buenos ojos el crecimiento de la priista. Quizá por ello arrancó, en un histórico ritual priista, el golpeteo interno para bajarla de la contienda, con lo que inició la promoción de su delfín: Javier López Zavala.

Pero Alcalá ya contaba con el respaldo de la entonces dirigente nacional priista, Beatriz Paredes, y otros hombres acaudalados como el empresario Rafael Covarrubias Salvatori, dueño de franquicias de cafeterías.

Tras jaloneos y muecas que semejan sonrisas, la contienda interna dejó a Blanca como candidata y, más tarde, tras derrotar al panista Antonio Sánchez Díaz de Rivera, como primera presidenta capitalina.

Lejos de desaparecer, la rivalidad entre Marín y Blanca atizaba. Pero la oriunda de Tlaxcala sortearía no sólo fuego marinista, sino también de su predecesor: Enrique Doger Guerrero.

Tras finalizar su periodo como presidenta y buscar, en 2012, un escaño en el Senado, Alcalá encontró de nuevo un bloque de marinistas, zavalistas y dogeristas.

Doger Guerrero y Fernando Morales pidieron, incluso, a la dirigencia estatal del PRI excluirla de la contienda.

No sucedió. Al final, la puja se decidía entre López Zavala y Alcalá Ruiz.

La historia dio un nuevo triunfo para ella.

 

Traiciones vivas

¿Realmente quería Blanca Alcalá Ruiz la candidatura del PRI en el 2016? Algunos dirán que no, ella misma dijo que no en un principio. Pero la priista ya tiene la campaña a nivel de las rodillas. Las traiciones parecen no ceder. Entre el exgobernador Marín Torres – operador de una de las estructuras más poderosas del PRI– y ella parece haber un claro distanciamiento.

Los puntos débiles de Alcalá Ruiz son, precisamente, esos: la falta de una estructura a lo largo del estado.

El discurso de conciliación y mesura que ha mantenido a lo largo de toda su trayectoria política no ha reclutado delegados seccionales o jefes de distrito.

Alcalá Ruiz ha ido, de a poco, reuniendo a su equipo: primero fue José Antonio López Malo, en las finanzas del partido, y así hasta llegar a Alejandro Armenta Mier y a Jorge Estefan Chidiac como coordinador de campaña y líder estatal, respectivamente.

La expectativa sobre su campaña corre, sí, en torno a su nivel de competencia frente a su principal rival, el candidato Antonio Gali Fayad.

Pero también, a sabiendas de que el enemigo está en casa. Ahí ha estado. No se ha ido. Sigue ahí, operando en las sombras.

Y la candidata lo sabe.