Parece ser una característica de los políticos populistas atribuir a poderosas conspiraciones todo lo malo que les sucede.

Ahí está Donald Trump, denunciando que hay un complot en el Partido Republicano a fin de impedir que alcance los delegados suficientes para ser candidato presidencial.

Estamos hablando de política. Nomás faltaba que los rivales del magnate, quienes también tienen sus ambiciones, se quedaran cruzados de brazos mientras éste avanza hacia la nominación…

Pero un ejemplo más acabado de victimismo paranoico populista viene de Argentina.

Si usted tiene el tiempo de cruzar el nombre de Cristina Fernández de Kirchner con la palabra complot en un buscador de internet, verá cuántas veces la expresidenta se ha referido a la existencia de una conspiración en su contra, desde los tiempos en que ocupaba la Casa Rosada.

Lo hizo al menos desde mediados de 2014, cuando denunció, incluso, un plan internacional para matarla, luego de que el juez estadunidense Thomas Griesa, de la Corte del Distrito Sur de Nueva York, falló en contra de Argentina al encontrar que el país sudamericano estaba en default técnico por no haber cumplido con los pagos de su deuda.

“Todo esto no es casual, todo esto no puede pensarse como un movimiento aislado, de un juez senil de Nueva York, sería casi una ingenuidad de nuestra parte, una ingenuidad… yo no soy ingenua ni estúpida”, aseveró entonces Cristina Fernández.

Y agregó: “Si me pasa algo y lo digo muy en serio, si me pasa algo… miren hacia el norte por favor, miren hacia el norte”.

La mandataria volvió a hablar de complot con motivo de la extraña muerte del fiscal Alberto Nisman, en enero de 2015. Nisman investigaba a Fernández y a su canciller, Héctor Timerman, de haber ordenado encubrir la participación de exfuncionarios iraníes en el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina, en 1994.

La primera hipótesis oficial de la muerte de Nisman fue el suicidio, pero cuando esa explicación probó ser disparatada, la Presidenta publicó en Facebook un extrañísimo alegato, en el que sostenía que él había sido asesinado y que todo era para hacerle daño a ella.

En febrero de 2015, afirmó que la gran Marcha del Silencio –convocada para marcar el primer mes de la muerte de Nisman y a la que asistieron unas 200 mil personas bajo la lluvia– había sido una protesta opositora encabezada por el Poder Judicial, en alianza con grupos económicos, para desestabilizar a su gobierno.

En agosto pasado, denunció que la CIA –“una agencia de inteligencia de un país del norte que suele intervenir en la política de América del Sur”– tramaba la desestabilización de los gobiernos de Brasil y otros países de la región.

“Están intentando frustrar los procesos de inclusión social que han alcanzado los países de América del Sur durante estos años con gobiernos nacionales y populares, esos gobiernos que algunos llaman ‘populistas’”, dijo la mandataria.

Ahora, ya fuera del poder y acusada de presunto lavado de activos en la forma de irregularidades en contratos de futuros en dólares, Cristina Fernández de Kirchner ha vuelto al victimismo que tantas veces ha practicado.

Convirtió la presentación de su testimonio ante el juez Claudio Bonadio, el miércoles, en un acto político. En cuanto terminó de declarar, habló en un mitin, a las puertas del juzgado, ante miles de simpatizantes. Fernández se dijo perseguida y se comparó con los expresidentes Yrigoyen y Perón.

“Cada vez que un movimiento político de carácter nacional y popular fue derrocado o finalizó su mandato, las autoridades que lo sucedieron utilizaron en forma sistemática la descalificación de sus dirigentes, atribuyéndoles la comisión de graves delitos, siempre vinculados con abusos de poder, corrupción generalizada y bienes mal habidos”, sostuvo.

Es la clásica salida de los populistas: tratar de tapar errores políticos y corruptelas con una trama de conspiración en su contra.

Lo hacen también, sin una gota de autocrítica, Lula da Silva y Dilma Rousseff, en Brasil, y Nicolás Maduro, en Venezuela. E igualmente lo hacen políticos de la misma estirpe en otras partes del continente.

Siempre hay supuestos poderes que los quieren callar, minimizar o descarrilar.