Una Novelita por entregas

Por: Mario Alberto Mejía / @QuintaMam

CLV

(El Centinela, circa 2004)

Beto Tovosa y Juan Pablo Vergara desayunaron en el Camino Real de la vía Atlixcáyotl. El saludo fue rápido y cordial. El dueño del periódico El Centinela no se anduvo con rodeos.

—¿Que te vas a vivir a Oaxaca, cabrón?

—¿Quién te dijo eso, mi querido Beto?

—No mames. Ruy Sainz del Vivar se lo anda diciendo a todo mundo.

—¿Qué es exactamente lo que dice?

—Que el pinche Torrín le dio la orden de que te sacaran de El Intolerante, güey. Que el premio por echarte está de poca madre. Le van a dar el mejor convenio de publicidad cuando sea gobernador.

—Me imaginaba que por ahí venía la cosa.

—Va a meter al pinche Atticus Munive como subdirector de Información o una mamada así.

—¿A Atticus? ¿En serio?

—Y tú mientras tanto te irás a morir de aburrimiento a Oaxaca, güey.

—Qué horror.

—A ver, cabrón, te propongo algo: vente a dirigir El Centinela. Hernando Crisanto ya se va a ir a dirigir Milenio Puebla.

—¿En serio?

—¿Cuánto te paga el pinche Ruy?

—Como treinta al mes.

—Te doy treintaiseis, güey. Y sirve que les das una patada en el culo a los cabrones que te quieren mandar al exilio.

—Pero tengo algunos reporteros que van a querer irse conmigo.

—Que se vengan contigo, cabrón. Pero el Atticus no creo que se quiera venir.

—No sabes cómo te agradezco este gesto, mi querido Beto.

—Somos amigos, güey. Y quiero darle otro giro a El Centinela.

Esa tarde, Vergara comió en la casa del periodista Cuitláhuac Arroyo. No tenía cabeza para hablar de nada, pero el tema de Uruguay se impuso. Arroyo era amigo del presidente Tabaré y de algunos periodistas. A la mitad de la comida entró a su teléfono una llamada de Ruy.

—Mi Juan Pablo, me urge verte.

—Claro, Ruy. ¿A qué hora quieres?

—Si puedes ahorita mejor. Estoy en el restaurante La Palma.

—Voy para allá.

Tras disculparse con Cuitláhuac y su esposa, Vergara salió disparado a la zona de La Noria. En el camino entró la llamada de Atticus Munive.

—Oye, líder, urge vernos.

—Voy a ver a Ruy en este momento. Te tengo que platicar.

—Ya sé qué te va a decir. Voy saliendo de La Palma. Me acaban de ofrecer la Dirección de Información de El Intolerante.

—No me lo vas a creer, mi querido Atticus, pero me da mucho gusto.

—Ni madres, güey. Les dije que iba a aceptar, pero no voy a aceptar.

—¿Por qué?

—Yo me voy con usted a donde usted me diga.

El gesto de Atticus lo conmovió. Estaba por llegar a La Palma cuando entró otra llamada. Era el rector Denrique Éger, virtual candidato a la Presidencia Municipal de Puebla: “Mi querido Juan Pablo, vengo saliendo de comer con Ruy. Ya sabe que te vas con Beto Tovosa a El Centinela. Se puso como loco. Te quiere hacer una contraoferta”.

Estaba por subir la escalera de La Palma cuando le marcó a Atticus:

—¿Puedo decirle a Ruy que estoy enterado de la oferta que te hicieron?

—Sí, señor. Y también puedes decirle que estás enterado de cómo se fue armando la conspiración en tu contra.

Ruy lo esperaba con El Vale. Apenas vio a Vergara, le dijo que ya sabía lo de El Centinela, que no se valía, que él era de casa, que recordara la fundación de El Intolerante y todas las cosas por las que habían pasado. Vergara lo escuchó sin decir palabra. Ruy le dijo que si no se quería ir a Oaxaca no habría problema, que le tenía otra propuesta: armar El Intolerante Distrito Federal. Vergara movió la cabeza de izquierda a derecha. Ruy abría opciones: “No hay prisa. Piensa mientras tanto que podemos hacer juntos. Ármate un proyecto con calma. Y cuenta con tu sueldo puntual”.

—Mi querido Ruy: ya me enteré de todo. Es demasiado tarde. Atticus me contó lo que se fraguó a espaldas mías. Torrín me quiere fuera, pero no tan fuera. Se trata de tenerme controlado, ¿no?

—¡Joder, coño!

La conversación duró dos horas. Vergara quedó de pensar sus ofrecimientos. No era cierto. Cuando subió al auto ya tenía decidido irse a El Centinela. Llegó a la oficina de El Intolerante por sus cosas. Cuando entró, varios reporteros lo miraron con sorpresa y morbo. Todos sabían que se iría de un momento a otro. Vergara guardó unos cuantos libros y se despidió de uno por uno. Tenía llamadas perdidas de Tovosa, Éger, Ruy y Atticus. Respiró profundo al salir de El Intolerante. La noche olía a naftalina

(Continuará)…