Por: Neftalí Coria

 

Vuelvo a la naturaleza de la escritura, porque estoy convencido de lo que he dicho y de lo que he venido reflexionando en mis talleres de escritura que mantengo activos desde 1989. Convencido que se escribe por naturaleza y se encuentran distintos caminos en la escritura de cada quien, si nos atrevemos a escribir lo que pensamos, lo que nuestros sentidos “vieron” o simplemente describiendo lo que hemos encontrado en el camino. No es la escritura como arte, de la que ahora estoy hablando, hablo de escribir hechos de nuestra vida y comprenderlos. Narrar un recuerdo, por ejemplo, escribirlo y mirar de nuevo aquello que contiene; remodelarlo, restaurarlo, volverlo nuevo, comprenderlo…

La exploración sobre este acto que ha poblado mi vida, tiene una nueva explicación en mi labor de escritor que viene desde antes que supiera que lo sería. Quizá sea el ejemplo con el que cuento hasta ahora y el porqué de mi creencia actual sobre tal cosa. Escribir se le ha visto como algo sin importancia en la vida diaria, pero si pensamos en un obrero que gira una rueda durante todo el día y al final de la jornada de trabajo, escribe lo que pensó durante aquella labor, tal vez se explique y comprenda, en primer lugar, su trabajo y en segundo plano la relación suya con el trabajo y la relación del trabajo con los demás y la de los demás con él y con el mundo. Eso significaría un logro, porque comprender el trabajo, no solamente es necesario, sino debería ser una obligación de cada hombre de trabajo. Y eso pocas veces lo podemos ver, porque muchos –incluyo los trabajos de los que gobiernan– no son comprendidos.

Si un hombre escribiera todos los días lo que hizo, comprendería con claridad lo que hizo. Si un hombre calla sus hechos, los omite de su vida, los oscurece y quizás los olvide o los guarde en una especie de zona oscura de la memoria.

Escribir es ver en la palabra, la cosa que se escribe, es ver anatómicamente lo esta nombra, escribir es ver las cosas, clarificar aquello que se re–nombra al escribirlo, verlo en la luz del sonido de la palabra, diversificarlo en la comprensión y sobre todo, saber lo que significó el acto nombrado. Así, aquello que vivimos –cuando lo escribimos–, se recuerda, se aclara, toma otra dimensión en nuestra memoria y podemos reflexionar sobre lo que el acto que la palabra nombra está significando. Eso es irrefutable.

Creo que la escritura –lo digo a la vuelta de los libros que he escrito y publicado–, debe ocurrir sin un plan de buscar antes el género literario en el cuál inscribirse. La escritura que se encamina hacia la literatura, debe hacerse sin ambiciones literarias inmediatas. Así lo hice yo desde que era un niño. Escribir me atrajo siempre, como atrae el juego al niño y más tarde supe que aquello me iba arrastrando poco a poco al país de la ficción, la construcción de versos y la búsqueda de una escritura que necesitaba de la belleza y para la cual también era indispensable la misteriosa armonía.

La memoria escribe de forma natural, porque la escritura de ficción, siempre he creído que está regida por la memoria. Mis talleres los he llamado “Escritura y memoria”, como ese acto único en que la palabra es la grafía de lo que hemos recordado y fiscalizado bajo las tenazas de la imaginación, el gusto por la música de las palabras y la necesidad de contar historias, que también sé que es natural.

Tournier coloca la escritura, como un símil de la respiración, en consecuencia, si escribir es un acto natural como lo es pensar, debe suceder que la escritura debiera ser otra actividad ordinaria, como la lectura y la jornada de trabajo, aunque pareciera que está demás repetir lo que vivimos en un cuaderno. Por otro lado, escribir es una acto subversivo y creo que tampoco los hombres quieran comprenderse. Por eso ha de ser fácil explicarse que inconscientemente, teman de la escritura “sin utilidad”, que huyan de ella, porque lo que más evitan los hombres, lo que más horroriza y a lo que no irán nunca voluntariamente –por citar a Nietzsche– es ir a verse ante el espejo y saber quiénes somos.

Escribir es orgánico y también fortalece la relación que un hombre debería tener con las palabras. La palabra escrita también nombra lo que somos y quizás de manera más profunda que la emitida en la oralidad. Las palabras son espejo, son un viaje al fondo de aquel que escribe y en ello, corre el peligro de saber quién es. Y saberlo da miedo.

En esta misma comparación de dos actos humanos, como respirar y escribir, coloco al centro de mi reflexión, la naturaleza humana. Y si Michel Tournier afirma que hay autores (de literatura) en los que puede notarse tal naturalidad, pienso que la escritura es un acto que pertenece a la naturaleza humana, aunque en algunos no pueda notarse. Y si escribir es un acto que existe en nuestras capacidades naturales, entiendo que probar escribir para llegar a la escritura literaria, significa un paso más y un reto que podemos poner en nuestra mesa por el simple hecho de probar esa experiencia, no estaría por demás hacerlo. Y se sobrentiende que bajo la afirmación de Tournier que la escritura como arte, también ocurre –en algunos hombres– bajo las leyes de la naturaleza humana, debe de escribirse, debe cometerse ese acto subversivo de manera ordinaria, aunque se incomoden los que preferirían que los tumultos de corderos, sigan sin pensar ni comprender. º