La Quinta Columna

Por: Mario Alberto Mejía / @QuintaMam

Primer mes de las campañas.


Cada día son más insistentes las versiones de que el PRI en Puebla recurrirá a invocar la nulidad de la elección ante una eventual derrota.


Día tras día, los operadores van acumulando pruebas para recurrir ante los tribunales.


Lo único malo es que dichas pruebas están basadas en los periódicos (impresos y digitales) de sus adictos.


Columnas, notas, “reportajes”, todo sirve desde la óptica de los operadores.


El problema es que ante los tribunales dicha acumulación es basura.


Por lo pronto, esos operadores juran que Tony Gali está por rebasar el tope de gastos de campaña.


Ahí los ves en los bulevares y cruceros tomando fotos de los espectaculares y de la publicidad en los camiones.


Le apuestan que con esas pruebas se anulará la elección.


El hipócrita lector se preguntará:


¿Para qué quiere anular los comicios un partido político?


De entrada, piden la anulación los que van abajo.


(Los que van ganando piensan en otros temas).


Creen que anulando la elección, el ciudadano (un poco harto de tanta babosada) acudirá a votar por quienes fueron incapaces de crecer y de tener expectativas de triunfo.


Tanto afán por anular es, además de sospechoso, pueril y cerril.


En lugar de concentrarse en remontar las tendencias, están ocupados en cerrar las puertas del proceso antes del 5 de junio.


Anular es para ellos una prioridad, cuando lo que deberían hacer es organizarse, dejar de simular y evitar las declaraciones contradictorias o ridículas.


Prometer que rescatarán la Célula marinista –homenaje vivo al despilfarro y la corrupción– deja en evidencia que no tienen plan de gobierno.


No entienden que no entienden.


Una más:


Que la expresidenta de la Comisión de Cultura del Senado de la República se horrorice por los gastos –inflados– que genera un museo como el Barroco la deja muy mal parada.


En ningún lugar del mundo la cultura es redituable económicamente.


No por eso las obras culturales son un estorbo.


Desde los griegos, la cultura es un pan necesario para la gente.


El futbol llena, me queda claro, los vacíos existenciales para unos.


La cultura, en cambio, sirve de luz para otros más.


La mayor parte de los ciudadanos prefiere el futbol.


Cierto.


Los usuarios de las obras culturales son una minoría.


(Por eso el país está como está).


Pero eso no significa que los museos estén de más.


Pensar así achaparra y envilece.


Por cierto: la misma candidata escribió este delirante tuit hace unas horas: “Se trata ser y hacer la cultura, sin importar el municipio, los partidos políticos o el género. #PensandoEnTodos”.


No entendí.


Traduzco que lo que la candidata quiso decir es que la gente puede ser y hacer cultura al margen de las ideologías.


De entrada: la cultura no se crea ni se destruye porque está en nuestros actos más nimios como ir al baño, comer con cubiertos, dormir con sábanas, hacer el amor con condón (o sin él), bañarse, etcétera.


La cultura –y eso debería saberlo quien presidió la Comisión de Cultura del Senado– no es local sino universal.


Creer que los indígenas que viven en las zonas más alejadas del estado carecen de cultura es aberrante.


Pensar que es urgente llevarles cultura, es un barbarismo.


Imaginar que los “lunes de rondalla” de la Casa de la Cultura deben regresar, es del paleolítico.


Tuitear que “Se trata ser y hacer la cultura, sin importar el municipio, los partidos políticos o el género”, es Neandertal.


Ya tuvimos en Marín a un gobernador Cromagnon.


No regresemos por favor a ese pasado y a esa visión del mundo.