Por: Mtro. Carlos Augusto Audirac Camarena

Hoy le propongo amable lector reflexionar acerca de los contrastes cotidianos que nos presenta nuestra ciudad y que en la mayoría de las veces nos pasan inadvertidos. Le compartiré la historia de un niño que todas las mañanas trata de obtener unas monedas en la vía pública haciendo malabares con unas bolitas de colores mientras su papá vende chicles.

Todas las mañanas para dirigirme a la Universidad, tomo como camino la Avenida Diagonal Defensores de la República, en la intersección con la Avenida 15 de Mayo, cada día aproximadamente a las 7:30 horas, se encuentra una persona vendiendo chicles a los conductores de los vehículos que por ahí circulan aprovechando la intermitencia del semáforo que ahí funciona. Sobre la Avenida 15 de Mayo un niño, que calculo tendrá unos ocho años, aprovechando también el funcionamiento del semáforo, se dedica a hacer malabares con tres bolitas de unicel que están adornadas con lentejuelas de colores.

En los primeros días que me encontré con ellos, los dos hacían su actividad sobre Defensores de la República, y quizá porque competían por las mismas monedas, el niño se pasó a la Avenida 15 de Mayo. Ahora aprovechan el funcionamiento del semáforo en ambas vías, para alternar su intento de vender y de obtener dinero por las ejecuciones malabaristas.

Antes que el niño se moviera de avenida una mañana compartí con él una manzana que llevaba en mi portaviandas y aproveché para preguntarle su nombre, solamente me respondió: Pepe; al acercarse pude apreciar un rostro inocente de un infante mascando unos de los chicles que vende su papá y que seguramente le estaba sirviendo de primer y quizá único alimento del inicio del día. Precisamente le pregunté si ya había desayunado y me contestó que ya, pero inmediatamente corrigió y me dijo que no, con una voz suave propia de un pequeño que se ve obligado a estar a temprana hora en la calle.

En otras mañanas he visto a lo lejos a Pepe recargado sobre la pared de una de las casas ubicadas sobre la avenida, exactamente donde caen los primeros rayos del sol (dice el refrán de la Lotería tradicional mexicana que el sol es la cobija de los pobres), mientras espera su turno para cumplir con su labor con los automovilistas. Luce su pequeña sudadera sin mangas, pero al menos con gorro, que le sirve para protegerse del frío matinal. Mientras Pepe toma un respiro y un poco de calor pasan en frente de él otros niños de su misma edad, uniformados y acompañados por sus padres rumbo a alguna escuela cercana.

Me puedo imaginar los contrastes en las casas de ambos niños (Pepe y cualquier otro de los que pasan rumbo a la escuela). En las mañanas a ambos su madre los despertará temprano para que ya salgan a la calle, a la misma calle. Seguramente ninguno de los dos deseará levantarse, y esperará el maternal grito final para hacerlo. Los dos pequeños sabrán cuál es la ropa que tendrán que ponerse, cada quien su propio uniforme. No desayunarán, uno por que ya se le hizo tarde y se le fue el hambre y el otro porque no tiene qué. Los dos estarán acompañados de sus padres, los cuales les dirán a sus respectivos hijos la manera como deberán hacer sus labores del día y los resultados que esperan de ellos. Uno de ellos, si no se apura, quizá le cierren la puerta de la escuela, para Pepe la calle estará abierta todo el día.

Estas historias paralelas nos dibujan los dramas de nuestro sistema económico, político, social, educativo. La igualdad de oportunidades para los niños va quedando solamente en el discurso o en los buenos propósitos. En el siglo XIX nuestro sistema político garantizaba la educación para todos y por lo tanto obligaba a los padres a enviar a sus hijos a la escuela, so pena de pagar una multa o cumplir con el castigo correspondiente que le imponía la ley. ¿Valdrá la pena como sociedad rescatar esta igualdad de oportunidades reales para todos nuestros niños mexicanos?

 

 

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

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