Por Mario Alberto Mejía 

Ricardo Piglia no se estaba muriendo todavía cuando Mario Galeana me confesó que el narrador argentino era uno de sus escritores favoritos. Me extrañó que un reportero que apenas había cruzado la barrera de los 20 años de edad leyera a Piglia porque en Puebla no conocía a nadie que leyera a Piglia. Es más, no conocía a nadie que supiera que Piglia era un extraordinario narrador. Y más: no conocía a nadie que alguna vez en una mesa de bar o restaurante o piquera o cantabar hubiera pronunciado jamás el apellido Piglia.

Lo normal es que los reporteros poblanos lean a Villoro y lo vean como un dios. Lo anormal es que un reportero prefiera a Piglia muy por encima del incoloro e insaboro Juan Villoro.

(Qué curioso: Villoro rima con insaboro, incoloro e inodoro).

Nunca lo he platicado con Mario, pero tengo la impresión de que en el fondo se identifica con Emilio Renzi: el personaje de Piglia que a la vez es su alter ego periodístico. Renzi, como Galeana, quiere ser escritor antes que nada, pero tiene que pasar primero por su temporada en el infierno periodístico, que en realidad es más un cielo abierto y dotado —lo más parecido a una cantina— que el infierno que imaginamos todos.

Cuando conocí a Mario Galeana y a Lupita Juárez en el hotel Camino Real del Centro —jamás Quinta Real— no sabía que estaba frente a dos de las plumas más poderosas de la región. Y no lo sabía porque aún no lo eran ni lo vislumbraban. Junto a ellos estaba un reportero presuntuoso que se sentía un Balzac sin haber leído jamás una página de Las Ilusiones Perdidas. A diferencia de Mario y Lupita —que guardaban un silencio contundente y modesto—, el reportero hablaba y hablaba tratando de convencernos a Nacho Juárez y mí que era algo así como el Rigo Tovar del periodismo aldeano. Es decir: la estrellita que le daría brillo al proyecto que traíamos entre manos: 24 Horas Puebla. Nacho y yo nos decantamos —por fortuna— por Mario y Lupita. Del reportero aquél no volví a saber nada. Incluso he olvidado su nombre.

Galeana y Juárez venían de trabajar con Nacho en las páginas de El Popular. Eso me dio la certeza de que tenían la escuela de quien ha sido uno de los reporteros más serios y talentosos de los últimos años. No me equivoqué. Las jóvenes promesas hoy son dos reporteros obsesivos y perseverantes.

Las lluvias —y la tragedia que desataron— en la Sierra Norte de Puebla —en aquel agosto de 2016— llevaron a Mario y Lupita a enfrentarse con una realidad terrible, aunque no tan dura como la de los habitantes de una junta auxiliar de Huauchinango: Xaltepec.  Sus crónicas delirantes nos hicieron ver a Nacho y a mí que estábamos frente a dos fuera de serie. Una buena parte de los reporteros locales, ya lo sabemos, va tras la nota y el boletín —más el boletín que la nota—, y no tienen en su radar la crónica porque —como alguna vez dijo un conocido director de un portal de internet— “aquí no importan las historias. Quiero la nota. Las declaraciones. Aquí no venimos a contar historias”. Esa escuela ha marcado a varias tristes realidades que alguna vez fueron jóvenes promesas. No maduraron porque los castraron. Ni cómo hacerle.

Una de las crónicas que escribió Mario Galeana aquel agosto de 2016 fue la que lo hizo ser tomado en cuenta por la Fundación que creó Gabriel García Márquez hace algunos años. Hoy la compartimos una vez más con los lectores para que no se nos olvide lo qué pasó en Xaltepec no sólo con los sufridos pobladores sino con dos reporteros que fueron a buscar algo más que boletines y declaraciones sin sentido.

Felicidades, querido Mario.

 

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