Trece latas de atún viene a recordarnos que uno, a veces, sólo necesita tres cosas en la vida: amor, sueños por cumplir y 13 –cabalísticas– latas de atún. Lo demás es mera y completa vanidad
Por Fredo Godínez
Empresa complicada es hablar de un libro cuando a éste le acompañó, en las solapas, un portentoso y certero texto de Guillermo Fadanelli.
Cuando Amandititita se dio a conocer con su canción de La muy muy, mi primera reacción fue de rechazo; posteriormente le presté mayor atención y me pareció una crítica interesante, pero seguía sin captar mi atención del todo. Su propuesta musical era algo que podría escuchar sin problemas, pero que no tendría en mi playlist. Años después en un ejercicio clásico de zapping televisivo capté una entrevista en la que ella explicaba que admiraba y quería mucho a escritores como José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Mario Bellatin y Guillermo Fadanelli. Algo que, sin duda, me llamó sumamente la atención. Meses después me enteraría que Amandititita presentaría su primer libro: Trece latas de atún en la Feria del Libro de Minería –la primera que se presentaba a partir de mi estadía en la CDMX–. Por alguna extraña razón no asistí. Meses después en la FIL-Zócalo conseguiría su libro y prácticamente un año después me animaría a leerlo. En dicho lapso me volví un seguidor de su cuenta en Twitter y me divertía leyendo sus tuits y me identificaba con la soledad que se vislumbra en mucho de lo que comparte.
Trece latas de atún es un diario íntimo, es una conjunción de relatos biográficos y ficcionales que dan constancia de la calidad literaria que posee la hija de Rockdrigo González y de los conocimientos que adquirió –tanto en la Sogem como en la Escuela Dinámica de Escritores– de la mano de escritores como Daniel Sada, Sergio Pitol, Guillermo Fadanelli, Elsa Cross o Hugo Argüelles.
Trece latas de atún es una especie de conversación íntima que uno sostiene con la autora; una charla que a ratos me arrancó una risa, en otros me invadió de tristeza y en algunos más me generó una sincera empatía que me hizo sentir cercano a la escritora. Así comprendí qué hay más allá de la cantante. Es un pasaporte a sus pensamientos y sentimientos más puros, sórdidos, sinceros y amorosos.
Trece latas de atún es un libro tan íntimo que resulta familiar; una obra donde uno corre el riesgo de sentirse identificado y, por ende, no salir bien librado.
Trece latas de atún es un grito desesperado, es unas ganas de salir corriendo de esas malas rachas, de esos malos momentos, es un querer tirar la toalla y pensar constantemente en la muerte y preguntarse si uno es un monstruo por no querer/extrañar de manera convencional a la familia.
Trece latas de atún es la vida misma, es un agradecimiento por cada puesta de sol, por cada sonrisa espontánea, por cada amigo encontrado, por cada verso escrito y por cada placer cumplido.
Trece latas de atún es llegar al punto final del libro y querer tomar un avión a San Francisco para estrujar a Amanda Lalena Escalante y agradecerle por cada entraña vertida a lo largo de 206 páginas.
Trece latas de atún es una botella arrojada al mar de la depresión por una sirena que ha salido avante y que tiene por fin encontrar a un ser triste y compartirle que sí, que al final del camino hay amor, hay mejores amaneceres y, sobre todo, que al final uno logra encontrarse, curar las heridas y darle su lugar a cada fantasma, a cada recuerdo.
Trece latas de atún viene a recordarnos que uno, a veces, sólo necesita tres cosas en la vida: amor, sueños por cumplir y 13 –cabalísticas– latas de atún. Lo demás es mera y completa vanidad, quizá.
Por cierto, hace algunos meses, casi un año que La muy muy, Metrosexual y Odio a mi jefe ocupan un lugar en mi playlist.
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*Trece latas de atún. Amanda Lalena Escalante. Plaza Janés: 2015. México.


