Figuraciones Mías

Por: Neftalí Coria / @neftalicoria

Para Isis González,

que le gustan los versos de mis dibujos.

Dibujo mi mano en el aire y esta vuela. Sé que esa figura que volando, también ha de quedar representada en la página de mi cuaderno. Dibujo mi mano en la página donde escribo mi novela y vuela un pájaro en la página. Vuela desde el instante donde permaneció en la tinta fresca.

Dibujo mi mano y es un pájaro lo que en el cuaderno se queda, porque mi mano ha volado. Así me sucede en las pausas de mi trabajo en los cuadernos (Escribo a mano y en cuadernos; la computadora es el segundo momento de mis textos). Cuando me quedo sin escribir frente a la página, trazo curvas y dibujo discretas figuritas de aves. Luego vuelvo a escribir y el pájaro se queda allí; encuentra sitio en el renglón y se queda a vivir entre las palabras, como si fuera una más de ellas que se quedará indeleble en la página.

Cuando reviso mis manuscritos, coloreo los dibujos y disfruto mucho ver esas páginas mías con aves que vuelan y caminan por todos lados en la página repleta de palabras. Son pueblos de palabras con mucha más vida que la población de formas que con las palabras solas, quedarían áridas. Los dibujos transforman esas poblaciones manuscritas que me gusta ver e imaginar, lo humano que es aquel objeto visual que no será leído por nadie más. A veces se las muestro a mis cercanos, pero nada me dicen y muchas veces en ese silencio, me parece que son compasivos.

Un día le dije a un amigo pintor que a mí me gustaba dibujar, que sabía pintar acuarelas y había practicado para ese gusto por el dibujo y quería ver mis dibujos en colores. Se quedó callado, miró hacia otro lado y cambió de tema. Me pareció que compasivamente, evitaba hablar de mi atrevimiento y al no darle importancia, disimular, callarse, me quedaba claro que no estaba para bromas. ¿Era una broma hablar de mi simple y sencillo gusto por dibujar? A mí me desconcertó y me afectó mucho aquel silencio de mi famoso amigo pintor.

Pasó el tiempo y en uno más de mis encuentros con mi amigo artista, dentro de la conversación y cervezas, me dijo que estaba pensando en escribir algo sobre su vida. La memoria es feroz y de inmediato recordé aquella lejana noche de su silencio. Yo me quedé callado y le dije que a mí me seguía gustando dibujar y colorear. No le hice ningún comentario sobre su confesión por el deseo de escribir. “Son muy graciosos tus pollos”, me dijo, “deberías regalarme uno”. Y seguimos hablando de los pintores que escribieron, de algunos que lo hicieron muy bien, pero también hablamos de escritores que dibujaron y pintaron y la conversación concluyó en que yo le regalaría una acuarela mía, a cambio de una de sus pinturas recientes. Y eso ocurrió. Hicimos el feliz cambio.

Con el tiempo, me pareció que yo salí ganando, pero me quedó hasta hoy una duda: ¿Por qué la primera vez que le hablé de mi inquietud, se quedó callado y no me respondió? He pensado muchas cosas al respecto y ninguna hipótesis me parece lógica. Nunca más hemos hablado de mis dibujos, pero aquel bofetón del silencio suyo, me hizo pensar que no debía profanar las tierras de las llamadas “artes visuales”. Más tarde estudié esa materia y fue una grata experiencia, pero nunca he creído que sea, ni dibujante, ni pintor. Ni lo asumo como un oficio principal. He vendido algunas piezas de mis grabados, algunas acuarelas, pero ninguna de mis pinturas.

Me gusta ver los resultados cuando pinto o dibujo, y escribo versos allí como parte del cuadro, porque las imágenes, siempre son inesperadas y eso me emociona mucho más. Pinto, dibujo pájaros, gallinas, pollos, aves del cielo y otros animales. Nunca he pintado ni dibujado humanos, ni personajes amados, como lo hiciera Sábato al final de su vida.

En mis proyectos de dirección de las obras de teatro que he dirigido, guardo los dibujos de los trazos y en ellos hay animales, no personajes. En todos mis cuadernos hay dibujos. He querido quemar todos los manuscritos de mis libros publicados, porque sólo son recuerdos míos con dibujos y palabras. No lo he hecho, salvo con algunos poemas de los que me arrepentí, poemas que los consumió el fuego y el alcohol. Entendí por qué Sábato quemó la primera edición de su novela “El túnel” y nunca se arrepintió. Luego la reescribió y esa fue la que conocemos, pero también me gustó haber escrito poemas de los que me arrepentí y nunca más intenté escribirlos, porque me ganaba la viceralidad por olvidar un monstruo que amé. Por suerte, nada queda de esos manuscritos en los que también hubo dibujos.

Siempre dibujo y nunca he sabido por qué lo hago; simplemente me gusta y sin planear nada, dibujo siempre. Muchas veces de manera automática –mientras pienso en lo que sigue en mi novela, sin saberlo–, ya estoy trazando un pollo, un pájaro, una serpiente, un basilisco, un buitre, un chapulín, un grillo, un rinoceronte que vuela, un elefante, una jirafa bajo el agua, un ángel, una cara de reptil, un pollo llorando, una salamandra enojada con el fuego, un pollosaurio, un lobo, un perro que odia el mundo, un pez que vuela llevando una pequeña ave como guía.

Dibujo mucho, hago acuarelas con la misma sensación que escribo versos, historias, sueños. Sé que voy a dibujar hasta el último día.

Ahora, estos días, los paso dibujando una novela. º

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