La Loca de la Familia

Por: Alejandra Gómez Macchia / @negramacchia

Hace diez años, el congresista americano Anthony Weiner fue exhibido al hacerse públicos sus mensajes cachondos con una mujer. Una mujer que, evidentemente, no era la suya; la colaboradora de Hillary Clinton, Huma Abedin.

Weiner estaba en los cuernos de la luna. Era un cuarentón aguerrido que ponía en jaque al Congreso. No hablaba, gritaba. No le temía al ridículo.

Tenía, eso sí, enemigos poderosos que en determinado caso utilizarían todos lo recursos necesarios para destruirlo.

Pero no fueron sus enemigos quienes lo acabaron. O sí, pero tiempo después, cuando quería ser alcalde Nueva York.

Antes de eso, de querer ser alcalde, se vio en la penosa necesidad de renunciar al Congreso. ¿La razón? Sus erecciones. Sí. Sus erecciones se hicieron mundialmente famosas.

En los programas de televisión estadunidense (serios y basura) se dieron a conocer las fotos que, por un error de calculo, de dedo (y te calentura) él mismo subió a Twitter pensando que las estaba enviando por mensaje privado.

En pocos minutos las fotos se volvieron virales. Su vida cambió de un momento a otro con el poder de un click.

El pene de Weiner se convirtió durante meses en un “Asunto de Estado”. Y aunque esas fotos son el tipo de foto que suelen mandar los viejos verdes que andan buscando noches oscuras en Facebook, no era lo mismo que las enviara un hijo de vecina al congresista estrella del 2010.

En el documental que lleva su apellido, Weiner, y en el que él mismo y su esposa fungen como estrellas principales, se presenta la inminente destrucción de la pareja y la encarnizada lucha para que  el pueblo (tan doble moral) “le perdonara” y “le diera una segunda oportunidad”. Finalmente, si Huma había sido capaz de tragarse la humillación pública de ser exhibida como la cornuda del año,  por qué no darle chance al ex congresista para resarcir sus errores turgentes.

A la acción de mantener relaciones sexuales vía Whatsapp o MSM  se le conoce con el espantoso nombre de “sexting”.

Desde ahí es anticlimático. Desde el nombre.

Pero así se dan ahora las cosas. Así se cierran las pinzas de la pasión a distancia.

Para poder tener una relación vía mensajes de texto sólo se necesita un celular y muchas ganas de cogerse a sí mismo.

La práctica es más común de lo que imaginamos. De hecho, en mayor o menor escala, supongo que todos los que estamos metidos en las redes sociales hemos sentido la curiosidad de flirtear por mensaje. Es fácil, no se necesita mucho valor y no cuesta nada. Es más; tener sexo virtual resulta, al final del día, un ejercicio seguro, pues si no te gusta el interfecto o la interfecta en cuestión, l@ bloqueas y ya.

Pero eso no le pasó a Weiner. ¿Por qué? Porque no supo parar a tiempo.

Resulta increíble pensar que un tipo como él no esté lo que vulgarmente se conoce como “cableado”, es decir, que su teléfono y sus dispositivos electrónicos estén intervenidos.

La primera vez fue un error propio. Subió su foto “en pelotas” desde el iPhone y sucedió lo que ya sabemos.

Pero el colmo vino después, cuando los gringos persignados lo habían “perdonado” y lo habían posicionado como el candidato favorito para llegar a la alcaldía de “La Gran Manzana”.

Weiner no escarmentó. Se confió y volvió al vicio. Esta vez con otras mujeres diferentes a las del primer escándalo.

Lo que pasó por alto es que ahora era “EL” enemigo a vencer. Estaba en una campaña exitosa. Iba ganando.

Su mujer, cada día más jetona, seguramente sabía que Anthony seguía alimentando sus sueños de “sex machine” en las redes. Una esposa siempre sabe. Lo sabe y, en el fondo, después de la primera vez,  le da lástima.

Lástima y pena sintió todo un país al ver que el iluso candidato no tomó consciencia de dónde estaba parado.

A unas semanas de las elecciones, una de las chicas con las que se calentaba la bragueta, lo encueró. Sacó los chats. Más fotos. Más penes traviesos atrincherados en unos cómodos Calvin Klein.

La carrera política de Weiner se fue al caño.

Perdió las elecciones. Volvió a ser el hazmerreir de un pueblo enfermo de diversión.

¿Y qué creen?

Que no hay dos sin tres. Y el que la hace una, la hace mil veces.

Una vez que estuvo en la lona y que su esposa lo mando al diablo, volvieron a salir más fotos. No las mismas. No las que tumbaron su proyecto.

Lo delirante de este último escándalo fue que en una de las fotos de su contundente erección aparecía la cabecita de su bebé.

¿Qué está pendejo? Nos preguntamos todos.

¿Qué acaso el ex congresista y ex candidato no sabe que las puñetas no se hacen cerca de los hijos? ¿Qué no sabe que hay que ver las fotos antes de mandarlas? ¿Qué no sabe, en determinado caso de urgencia, editar la imagen?

Esta fue la triste historia de Anthony Weiner (disponible en Netflix en el documental del mismo nombre).

 

Moraleja: la calentura sale cara, pero sale aún más cara si no se tiene un teléfono alternativo para pasar desapercibido.

Todo es culpa del narcisismo.

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