Figuraciones Mías 

Por: Neftalí Coria / @neftalicoria

Para Alberto Ruy Sánchez

Hay poetas que son premiados por su pueblo. Y los hay que viven becados, celebrados, mantenidos en el confort de la vida, protegidos, peinados por los gobiernos, alimentados como bestias nobles y de ornato. Y estos son los que representan y mitigan la sed de orgullo de las naciones; poetas de autoridad, ejemplares, hermosos, acicalados, publicitados, remunerados y todo eso, en vida. Quizás sean destinos y muchas veces, perfectamente explicables. Pero también hay poetas a quienes les sucede todo lo contrario; terminan sus días sin recibir ni gloria, ni salarios, ni becas, ni preseas, ni alguno de esos accesorios de la vida del poeta oficial. Ivan Blatný fue de estos últimos. Su poesía, sin embargo, es de un exquisito tejido, de una deliciosa trama, hecha con los mejores acordes de la desolación y su amor por el mundo. Y en Codornices de plata, la breve antología traducida por Alexandra Sapovalova, que publiqué en 2016, que se puede comprobar.

Imagino a este poeta en 1948, cuando se queda a vivir en Londres y en la soledad, comienzan sus brotes psicóticos que no sabemos de dónde vinieron; la suspicacia alcanza para suponer que aquella situación paranoide que comenzara en tierras inglesas y el desastroso “delirio de persecución” fueran partidistas y no metafísicos como en un principio parecen. Hay que recordar que en Checoslovaquia lo declararon muerto, que era la manera de declarar a aquellos que traicionaban al partido, debió hacerse con otros tantos y con los que colaboraron para que la muerte o la locura sucediera. Es sólo una suposición que en una conversación con Alberto Ruy Sánchez, surgiera a propósito de las características del caso Blatný. Y la inquietud en mí quedó sembrada y palpitante.

Bohumil Hrabal, el magnifico novelista checo, visitó a Blatný en Londres en 1990 y dijo de su decisión de quedarse en aquella ciudad desde el 48: “Blatný, pensando aterrorizado que los comunistas lo perseguían, secuestraban y apresaban en su delirio de persecución, terminó en un hospital psiquiátrico”. Y después Hrabal menciona, que aquella mañana de Londres, Blatný había escrito un poema y ya no tenía miedo. El autor de Una soledad demasiado ruidosa dice: “Así, gracias a la revolución de terciopelo, Ivan Blatný, ya no corría peligro. Y afuera entre la blancura iónica y el brillo dorado, soplaba el viento y el mar estaba verde, pero Ivan, sentado en el sillón de terciopelo, con una voz de terciopelo, leía un poema que él escribió, porque ya no tenía miedo, e incluso sonreía”. No descartemos –como una simple deducción supuesta– que aquella locura fuese fabricada.

Loco, lo imagino sentado, mirando un televisor apagado durante horas en ese sitio innombrable de Londres en sus últimos años de vida. Puedo ver a la enfermera inglesa que había tenido conexión con soldados checos, que se da cuenta que uno de esos locos, era checo y además poeta. Veo los ojos de esa mujer que también imagino descubriendo en las servilletas donde Ivan Blatný, garabateaba sus poemas, descubrir que aquello era la lengua de Jaroslav Seifert. Quiero pensar en esa mujer como un ángel –aunque buscara ser el demonio– que no permitió que ni la poesía, ni el poeta se perdieran. Siempre hay un ángel que protege la poesía con manos generosas, por eso creo que quienes protegen y enseñan la poesía, aman el mundo.

Su pueblo hizo poco por este poeta, por el contrario, lo desterró, confiscó su casa, resguardó por un obligatorio respeto sus cosas. Y lo que nadie puede perdonarle a su pueblo, es que quiso olvidarlo. Poco hizo su patria por Ivan Blatný, pero también el destino de la poesía que necesita vivir en el mundo, se defiende con un misterioso sistema, en el que algunas personas, son instrumentos esenciales de su conservación, y para la poesía de Ivan Blatný, los hubo. Y uno de esos ángeles que mucho me interesa nombrar, es mi amiga Alexandra Sapovalova, que nos ha enseñado a Ivan Blatný en la lengua de Jaime Sabines. Y quizás, de manera sencilla, contribuya yo, para que la labor de mucho tiempo, que compartió con mi querido amigo Jorge Bustamante García y conmigo, pueda tener un eco en nuestra lengua, cosa que también ha sido difícil, pues a un año de la publicación de Codornices de plata, no se ha vendido ni la cuarta parte de la edición de la antología en el país. “Es que nadie lo conoce” me han dicho. ¡Claro que nadie lo conoce! Alexandra Sapovalova, lo ha traducido precisamente por eso. Un día que Alexandra nos lo enseñó a Jorge y a mí, coincidimos que no podíamos perdernos esta rigurosa y hermosa poesía, tan diáfana, tan escasa de oropel, tan hermosa, que sabe de recuerdos largos, de bosques memorables, de las estrellas del cielo (“Codornices de plata”), de esquirlas de la guerra y sobre todo, es una poesía en la que vive la penuria y la belleza que Blatný conoció bien en la guerra, el exilio y la locura.

“Porque nadie lo conoce” se ha construido esta antología de la obra de este poeta a quien ya en su país, por fin se le ha reconocido. No hay país que soporte a sus poetas vivos –parafraseo a Pacheco– y menos si son grandes, y mucho menos si enloquecen.

Jorge Bustamante ha escrito esta magnifica introducción en el libro de Blatný para que lo conozcamos, y por último quiero decir, que por esa misma razón, LunaMía Ediciones, lo ha publicado. º

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