La Loca de la Familia
Por: Alejandra Gómez Macchia / @negramacchia
Llegar a Veracruz es un poco como llegar a La Habana. Una Habana abierta, con Oxxos hasta en las entradas a la playa.
Tengo una costumbre al viajar: cada vez que voy entrando a la ciudad de mi destino, pongo música de algún portento local. Y al entrar al puerto no se me antoja nunca nada más que las canciones de Lara.
Crecí oyendo a Agustín Lara. Mi familia es jarocha, así que nunca faltó en casa el jolgorio del puerto.
Creo haber escuchado casi todas las composiciones del Flaco de Oro, en muchas versiones. Pero creo que cantar a Lara sólo hay dos voces: la del propio Lara y la de Toña “La Negra”, a quien considero nuestra Ella Fitzgerald por su voz potente y aterciopelada a la vez.
Veracruz ha cambiado mucho desde la primera vez que vine, en 1986. Normal: todos los pueblos van cambiando si cambia la gente que los habita. Y a pesar de todas los latrocinios y las matazones que ha habido, la gente conserva esa felicidad intrínseca.
¿Por qué son tan felices? ¿Por qué cantan y bailan y saludan a la gente como si la conocieran?
¿Será el mar? Debe ser el mar el que aligera la sangre.
El mar alivia. El mar nos ubica en el plano: somos poco junto al mar, inacabable.
Hace poco estuve en La Habana y pensé en Veracruz. Sobre todo en el centro y en el Malecón. Las mujeres resueltas, caminando ligeras de ropa y culpas. Los jarochos son parecidos a los cubanos: donde hay dos parece que hay diez. Gritan, ríen a carcajadas. Cantan, coquetean, seducen al visitante.
Los pueblos casi siempre sobreviven a sus gobernantes, y Veracruz es un caso clarísimo de cómo levantarse ante la debacle.
Caminar sus calles, comer en sus restaurantes y oír sus canciones es darnos, como lo dijo el propio Lara, un poco de luz en nuestra aurora.
