La Loca de la Familia 

Por: Alejandra Gómez Macchia /  @negramacchia 

Sé muy poco de los vecinos que me rodean actualmente. Antes, cuando mi hija era pequeña, convivía más con la gente que circundaba mi casa, pues obviamente la niña quería jugar con alguien más divertido que su aburrida madre. Eran otros tiempos. Vivía en un club de golf donde, a fuerzas, veías pasar carritos con jugadores, o si te salías al jardín, mirabas a los vecinos haciendo asados. Los vecinos de aquel entonces eran gente bastante amable. No muy metiche. O acaso no eran metiches porque simplemente no les daba entrada a serlo. Yo siempre me he considerado un poco desconfiada, algo solitaria. Cuando estoy en casa, que es la mayor parte del tiempo, me gusta estar sola y en silencio. De los vecinos del club de golf sabía también lo esencial, aunque cuando sucedía un escándalo – como que la vecina cubana se había liado con el jardinero– no tardaba mucho en enterarme, sobre todo cuando iba a la casa club o al Oxxo, que era el punto más indicado para el chismorreo puntual. En el Oxxo me enteré de que un vecino pudiente había sido secuestrado o que al viejito de la casa 65 le había dado un infarto, o que al señor Portugal lo aquejaba un alzhéimer avanzado y que veía en cada transeúnte a uno de sus viejos compañeros del equipo de futbol. También en el Oxxo supe que en una casa cercana se había llevado a cabo el bautizo del hijo de un narco y que días después ese narco había sido abatido en Cuernavaca. Cosas por el estilo se ventilaban en ese Oxxo, y yo me enteraba, como quien dice, de rebote. Luego llegaba a casa y comentaba el hecho con los míos como si fuera la portadora de las noticias más frescas de la comunidad. Así mi vida en ese fraccionamiento, sin embargo, ahora que vivo en otro lugar y que, como es de pensarse, tengo más vecinos, me doy cuenta de que nada sé de ellos. Los veo salir por las mañanas, los saludo de lejos y párale de contar. No sé ni siquiera sus nombres. Cuando llegué a esta casa nadie me dio la bienvenida; simplemente un día ya estaba instalada y la vida de todos seguía su curso natural. A pesar de no conocer sus nombres, ahora son caras conocidas para mí. Conozco sus carros, sé a cuál le falla las balatas. También hace un tiempo me enteré que mis vecinos de la derecha tienen una distribuidora de pollo por acá cerca. El señor tiene una camioneta de batea y la señora una crossover. Nunca he visto un pollo aunque se dediquen a los pollos. Los vecinos de enfrente son una pareja joven que tienen dos niñas de la edad de mi hija, sin embargo, las niñas no se llevan mucho. Pocas veces las niñas vienen en busca de mi hija y al revés: mi hija tampoco las busca. Creo que ella, la vecina, proviene de una familia de rancio abolengo poblano, por lo tanto temo que es bastante conservadora, lo que levanta una barrera infranqueable conmigo, pues soy todo lo opuesto. Más allá, junto a estos últimos vecinos, vive un matrimonio con un hijo grande. De ellos sí que no sé nada. Ni cómo se apellidan ni en qué trabajan. Jamás los veo entrar o salir. Sólo veo al hijo los fines de semana. De esa casa, una de las más bonitas del fraccionamiento, veo siempre al chofer y a un señor que lava los carros. También, durante el temblor de septiembre, conocí a la sirvienta. Salió despavorida cuando comenzó a sonar la alarma sísmica. A los vecinos del lado izquierdo los miro de lejos solamente los fines de semana, mientras me salgo a tomar el sol al jardín. Mi jardín colinda con su cochera, y en repetidas ocasiones he visto entrar y salir al señor a la hora en que tomo el sol. Me saluda de lejos y esboza una sonrisa llena de dientes, cosa que no le gusta nada de nada a su esposa, quien me dedica miradas de cuchillo como diciendo: “tápate, zorra”. Y claro que yo ni me tapo ni me meto, ¡faltaba más!, si es mi jardín y en mi jardín yo puedo pasearme desnuda si así lo decidiera. Atrás de mi casa hay otras casas. De esas casas sólo veo el patio (si estoy en mi planta alta) o la pared y los cuartos de servicio si estoy en mi cocina, así que de esas casas también conozco únicamente a las sirvientas y a los choferes, quienes me saludan muy atentos. Más allá, en la esquina de mi calle, hay una casa que siempre me ha parecido sospechosa. En el garaje se estacionan durante meses autos que no se mueven y nunca he visto a sus habitantes. Si acaso, cuando paso por ahí, logro mirar de vez en cuando a un chofer, o si subo la mirada noto que en una de las recámaras hay una televisión encendida. Cada vez que paso por esa casa, apresuro el paso instintivamente. No sé… desconfío de la gente que vive con las ventanas cerradas. A veces me pregunto qué pensarán de mí los vecinos. Cuando viví en el club de golf, sabía perfectamente que mis vecinas aburguesadas decían que mi casa era una casa rara habitada por una pareja de jipis que recibían los fines de semanada a más jipis. En esa casa, la 612 del Paseo del Cristo, no había carros lujosos como en las demás casas. Tampoco piscina. En su lugar se levantaba un gran telescopio newtoniano que era el imán de todos los niños. Mi casa no tenía ni cerca ni reja ni portón ni arbustos. Era una casa abierta situada al fondo de un jardín largo lleno de duraznos y cactus. En ese entonces, gracias a las bondades del chismorreo en el Oxxo, supe que los vecinos al principio desconfiaban de nosotros porque creían que éramos unos mariguanos. Y lo éramos. Pero no pasó mucho tiempo para que los vecinos comprobaran que éramos unos mariguanos buena onda y en absoluto peligrosos. Ahora me pregunto qué pensarán mis actuales vecinos de mí y de mi familia. En casa vivimos cinco mujeres y hombre. Ese hombre es afortunado, obviamente, al vivir rodeado de cinco mujeres. Sin embargo, a veces pienso que los vigilantes o los vecinos han de creer que ese hombre, el único hombre de la casa, es un Sergio Andrade o un Charles Manson criollo ¡o qué sé yo!, pues muy a menudo llegan más y más mujeres a mi casa: mis primas, mis sobrinas, la muchacha. Y curiosamente todas somos del mismo tipo. Por si no lo saben, el hombre que habita en esta casa es mi pareja, pero mi pareja es 26 años mayor que yo, así que muchas veces, cuando llega gente ajena a traer algún recado o a entregar algún objeto, esa gente me mira con recelo porque les parece sospechoso que yo ande tan cerca del que creen que es mi padre. ¿A qué voy con todo este choro infumable? A nada en particular. Es sólo que ayer, durante mi sesión matutina de sol, me di cuenta que estoy rodeada de extraños. No sé quién vive cerca de mí. No sé nada de mis vecinos, y en estos tiempos aciagos, eso puede resultar alarmante, porque ya se sabe… hay cada loco en la ciudad.

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