Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria
Hay días en la vida que no se olvidan, hay noches memorables donde el amor a la vida, puede ser la única fuerza para los descubrimientos y las revelaciones del destino y suelen quedarse grabados como leyes para la vida. Hay momentos en que los encuentros con libros, personas, cosas y lugares, subrayan el rumbo por el que ya se camina. Y en uno de esos momentos, inscribo el hecho de haber conocido a José Antonio Alvarado, poeta que admiro hasta hoy día.
Fue mi amigo en los muchos años. Le conocí en casa de Gaspar Aguilera Díaz, cuando bebíamos ron del periquito Potosí comprado en la legendaria tienda “La esmeralda” que estaba allí por la Plaza Valladolid. Aquella noche en que lo conocí en persona, escuchábamos al cantante español Patxi Andión y repetíamos la canción La bohemia, furioso canto que reivindicaba la vida al desnudo que los poetas deben vivir y José Antonio, en las mejores alturas de la embriaguez lo aprobaba. Yo había conocido a Patxi Andión, un poco antes gracias a Rosalía, a quien Rodrigo Villamil, le había grabado un cassette. Eran días aciagos para mi escritura de versos. Recuerdo que le leí un poema, que dijo que era bueno, tal vez por cortesía o por no desanimarme.
Recién había leído su poesía y acababa de leer su libro que conservo con cariño; Algo ha quedado roto desde entonces. Aquella noche, me dedicó el ejemplar que había editado nuestro amigo Gaspar con el sello de la Universidad. Habló de poesía y yo lo escuchaba, habló de sus amigos poetas, de la vida hablaba y yo le escuchaba. Habló de manera notable de Angel José Fernández, poeta veracruzano que bebía café en “La parroquia” de Xalapa, ciudad en la que siempre ha vivido y era el dueño del verso que dio título al libro de José Antonio.
Nunca he olvidado aquellos momentos de mi vida, en que hubo muchas lágrimas por la decisión de haber tomado la poesía como el centro de mi vida. Y vi en él, como lo vi en Gaspar, el ejemplo. Estaba cerca de poetas que habían cruzado la línea en la que yo estaba enredado. Y vinieron los ánimos de no abandonar mi incipiente pasión por la escritura, la lectura y la vida entregada a la poesía. Leí con fruición la poesía que me recomendó y creí que había que “mearse donde los demás lloran”, como nos estaba diciendo Patxi Andión aquella noche de un agosto lejano y lluvioso.
Yo era un joven que deseaba la poesía, como se desean las mujeres imposibles. Deseaba escribir poesía y no me llamaba el sueño de ser poeta. Me apasionaba mirar en la lectura poemas grandes que me alimentaban. Yo quería escribir poesía nada más. Y eso pude ver en José Antonio, que quiso escribir por pasión. Vi desde entonces en él, una generosidad y pude percibir aquel día, que había creído en mí. Había conocido un hombre generoso que podía ser mi amigo. Y no me equivoqué porque José Antonio fue mi amigo desde aquel momento y su generosidad fue invariable.
Más tarde salió a la luz otro libro que leí con aplomo. Lo recuerdo color café en la colección “Poesía contemporánea de Michoacán”. Ejercicio del sueño, un libro maduro el de Toño, que leía al lado de otros libros que recuerdo bien, como el de Lourdes Villanueva y el inolvidable Pirénico de Gaspar Aguilera. (Más tarde publicaría yo un volumen de mis poemas: Ritual de medianoche).
Pasaron los años y fui su lector. Cada que publicaba algo, me lo obsequiaba; José Antonio sabía que yo era su lector y con gusto siempre compartió su poesía conmigo.
Un poeta diestro, cuidadoso con sus versos limpios y sabios, como prefiero los poemas que han vivido cerca de mi vida. Leo siempre su poema de La muerte del Quijote y leo sus poemas amorosos que a cuchillo trazó en sus páginas. Y ahora que José Antonio ha partido, he recogido sus libros y para recordarlo, los leo.
Recuerdo a José Antonio sentado en el café del portal mostrándome en hojas blancas, algunos de sus poemas.
–Qué te parece – me decía.
Había que leerlo allí, bajo su mirada inquisidora y aquella sonrisa que no olvido, como diciendo “Mira lo que escribo, para que veas”. Aquella sonrisa, era como del que presume algo que le gusta sobremanera. Muchas veces se repitió la escena que hoy agradezco, porque conocí los inéditos que después estarían en sus libros y sé que aquel hecho de mostrarme los poemas, me llamaba a ser su igual.
Recuerdo con estremecimiento, cuando leí el poema por la muerte de su padre, que publiqué en el suplemento Acento de “La voz de Michoacán”, donde con frecuencia difundí su poesía. Un poema duro, doloroso, sincero y de una hondura que lo he llegado a comparar con el emblemático poema de Sabines. Lo leería después con la dolorosa experiencia de haber perdido a mi padre. Porque en esos casos –que Toño debió vivirlo a la muerte de su padre–, uno quiere leer lo que a otros les dolió y mejor no escribir lo que nos duele, aunque al final, terminemos por escribir con las zarpas esas elegías necesarias.
Hubo una etapa en la vida de José Antonio en la que estrechamos más lazos y fue una amistad madura y vigorosa la nuestra.
Mientras estuve a cargo del Departamento de Literatura de la Secretaría de Cultura, publiqué una antología hecha por Rafael Calderón, quien lo siguió con la lupa de cazador. Más tarde, José Antonio, por recomendación y petición mía, me sustituyó en el cargo de Literatura, cuando fui llamado a ocupar un cargo mayor en el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel y fue entonces que mantuvimos una muy estrecha relación. Lo vi alegre y con un claro amor a la vida. Estaba contento de convivir con escritores y de estar haciendo algo más por la literatura. Así me pareció verlo, porque con mucha frecuencia nos veíamos. Fue en esa etapa en la que pude ver que nuestra amistad era clara y grande.
José Antonio Alvarado es un poeta que debe señalarse con más ahínco entre los poetas michoacanos. Un poeta que merece lo recordemos sus amigos, pero que hagamos llegar su poesía a quienes no lo conocen y no les hagamos perder el derecho a la poesía de José Antonio.
Hoy me pregunto por qué fuimos amigos, pese a nuestra diferencia de edad; sus amigos eran hombres de su edad y yo, entre sus amigos, era un joven advenedizo. Pero había un lazo fuerte que nos unió y del que muy poco, o casi nunca hablamos. Nacimos en la misma región y conocimos los mismos aguaceros. Vimos el mismo sol ponerse sobre los mismos valles y quizás, vimos la misma luz en las mañanas de abril, las mismas tormentas de agosto, la misma poesía que estaba en el aire de la región donde nacimos, y la poesía –bien lo sabemos– es la fuerza más grande que nos hace hermanos. Quizás la poesía, también nos mantuvo cerca y siendo amigos. Así recuerdo al poeta.º
