Para algunas mujeres que viven en la cárcel, dar vida es su último acto de libertad, un acto que les devuelve el derecho a decidir sobre sí mismas y les regresa la esperanza.
Por: Denisse Meza
Algunas mujeres que viven en la cárcel están en espera de que se cumpla su condena para salir en libertad. Para otras, dar vida es su último acto de libertad, un acto que les devuelve el derecho a decidir sobre sí mismas y les regresa la esperanza.
Una luz naciente al final del túnel. Entrar ahí te eriza la piel, la soledad y el abandono se sienten a través del frío atrapado en un largo pasillo que separa la libertad de la reclusión. Al final de éste, una luz te indica que has llegado al lugar que es el hogar de 295 reclusas, entre ellas 14 menores, el Cereso de San Miguel.
Avanzas y lo primero que ves es un patio –con una cancha de basquet– rodeado por cuartos. De entre las vestimentas color beige y blanco resaltan unos zapatitos rojos del cuerpo de una bebé que sonríe y mira extasiada el rostro de su madre; sonríe sin saber que cuando llegue a los tres años dejará de verla, pues es el límite de edad para vivir ahí.
Su madre la lleva en brazos y se dirige al cuarto donde duermen. Para llegar ahí debes cruzar una de las cocinas y un pequeño patio.

Al entrar a la habitación, un cuarto de cuatro por cuatro con cuatro literas individuales te reciben, tres hechas de cemento y una de metal. La bebé de los zapatos rojos y su madre duermen en la cama que está al fondo, justo debajo de las ventanas.
Tienen lo necesario: ropa, algunos juguetes, pañales y leche, lo mismo que las otras, pues el tamaño del lugar no da para acomodar más. Sus familiares son los encargados de llevarles los insumos para mantenerse, aunque hay otras que ya no son visitadas y subsisten trabajando dentro del penal.
Algunas elaboran cubrebocas, calcetas, artesanías de talavera, bolsas y carteras que ellas tejen, pero otras –que no tienen opción– se van por el armado de pinzas para ropa que, en su opinión, es el trabajo peor pagado y más esfuerzo requiere, pues para ganar 6.50 pesos necesitan llenar una bolsa con 80 pinzas.
Dos cuartos adelante se encuentra otra mujer con su hijo de un año; detrás de ellos un cartel que le da la bienvenida al pequeño Isaí. A ella ese bebé le dio una nueva oportunidad de vivir, pues cumple una condena de 50 años.
Antes de que él llegara a su vida encontraba consuelo en el alcohol y el tabaco, pero ahora tiene a alguien por quién luchar.

Pero entre esa alegría le preocupa la separación de su hijo al cumplir los tres años; sin embargo, está consciente de que las condiciones en las que viven no son las adecuadas. Infinidad de veces ha pedido que su cuarto tenga ventilación, pues cuando ponen a calentar el tambo con el que se bañan, el vapor se encierra y provoca que los bebés se enfermen, pero no le han hecho caso.
Afuera, las internas se preparan para comer; son pocas las que lo hacen acompañadas de sus familiares, porque la mayoría fueron olvidadas. Una de ellas cuenta que aún espera que sus dos hijos la vayan a ver porque su padre no quiere que se desarrollen en ese ambiente.
Ella tomó la decisión de que la más pequeña se fuera; su hija nació en el Hospital General, pero meses después se la dio a su esposo.

