Por: Mario Galeana

La masa camina a tientas, entre tropiezos, y desde el centro algunos tratan de hacer un hueco para que Rosario Orozco empuje la silla de ruedas de su esposo, el ex candidato Miguel Barbosa, quien comprime el rostro en un gesto de hastío, mientras manotea y le ordena a un hombre corpulento y bañado en sudor que ponga orden y abra una valla para que pasen él y la gente que lo rodea.

El otro asiente y empuja a un fotógrafo, y el fotógrafo empuja a otro, y la masa sigue a empellones, avanzando como un animal torpe. Todo eso lo observan también Yeidckol Polevnsky, la presidenta nacional de Morena; Horacio Duarte, representante ante el INE; y el ex diputado federal Gerardo Fernández Noroña: las únicas figuras del partido a nivel nacional que han acompañado el que podría ser el último acto de resistencia del candidato fallido, de aquel que cree que perdió Casa Puebla a causa de un fraude.

Y cuando el hombre corpulento empuja una vez más a otro que ha querido detenerse para fotografiar a Barbosa, Horacio Duarte se ríe, y lo conmina a seguir empujando a quien se detenga, que “sólo así, porque así es en todos lados”, podrá seguir avanzando esta megamarcha. O más bien una marcha a secas, porque de las decenas de miles de asistentes que Barbosa ha convocado sólo han llegado alrededor de cinco mil. Y de las decenas de figuras nacionales de Morena prometidas han faltado el senador Martí Batres, el académico John Ackerman, el gobernador electo Cuauhtémoc Blanco, y hasta el ex fiscal electoral Santiago Nieto Castillo, responsable de la defensa jurídica de Barbosa.

Cuando la masa avanza a través de las calles y arriba al Zócalo, donde se realiza un mitin, lo primero que todos los oradores hacen es dar la bienvenida a “los hombres y mujeres libres”, aunque queda claro que la libertad ha necesitado un empujón, ha recurrido a una compleja estrategia de acarreo conseguida a través de decenas de autobuses aparcados en distintos puntos del Centro.

Quizá por guardar las formas, los operadores de Morena a los que se les ha entregado la tarea de acarrear a tanta gente del estado no son tan obvios. No los enlistan en libretas ni les gritan; pero, en cambio, les reparten ciertos distintivos para poder hallarlos entre la masa, y comprobar así que cumplieron con su tarea. Ana, por ejemplo, es una comerciante que viajó amodorrada junto a otras 150 personas desde una comunidad de Tehuacán hasta la capital; a ella y al resto de su grupo les repartieron gorras de un verde fluorescente distinguible a un kilómetro de distancia, con una sola leyenda impresa: “Barbosa gobernador”.

—¿Usted cree que hubo fraude contra Barbosa? —le pregunto.

—Pues quién sabe. Pero nos dijeron que si él ganaba le iba a ir muy bien a Tehuacán.

Y la masa continúa a tientas, entre tropiezos.

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De pronto esta marcha parece ser el reflejo de la campaña de Miguel Barbosa. La desorganización, los pleitos entre militantes y asistentes son el espejo de lo que ocurrió el 1 de julio, cuando los tres partidos de la coalición Juntos Haremos Historia (Morena-PT-PES) no lograron reunir más de 70% de las actas de las casillas de todo el estado.

El gesto malhumorado de Barbosa entre la multitud, su reticencia a que las cámaras se acerquen a él para intentar obtener unos 15 segundos de declaración, son la réplica exacta de sus días como candidato, cuando bloqueaba a medios de comunicación de las giras de Andrés Manuel López Obrador o encaraba a reporteros en ruedas de prensa.

La diferencia es que la campaña era para todos los candidatos de Morena una incertidumbre, la duda sostenida por el pronóstico de los resultados del 1 de julio. La marcha, en cambio, es sólo el remanente de un proceso, una elección que benefició casi a todos salvo a Barbosa. Y por eso es, precisamente, la confirmación de su soledad: todos tendrán un cargo por al menos los próximos tres años, y a él no le resta nada más que esperar el fallo de unos magistrados.

Quizá por eso, el ex candidato no oculta su molestia contra Claudia Rivera, la alcaldesa electa de Puebla que accedió a reunirse con el gobernador José Antonio Gali y el presidente municipal Luis Banck. A pesar de que ambos se encuentran en el podio, frente a los miles reunidos en el Zócalo, Barbosa mantiene un gesto de piedra cuando Rivera se acerca a él y lo saluda. Apenas le extiende el brazo y ese es el único contacto entre ambos a lo largo de todo el evento. Rivera no oculta su molestia y permanece el resto del mitin con los brazos cruzados contra el pecho.

En el podio aguarda una larga lista de oradores, pero casi todos repiten más o menos lo mismo: que el fraude es real, que los magistrados federales deberían anular la elección, que Barbosa será restituido como candidato, que Morena ganaría una nueva jornada electoral. La masa ya se desperdiga entre los árboles y la fuente del Zócalo, ya toma el fresco sentada en alguna banca o compra chicharrones y papas en las esquinas, mientras Barbosa, a lo lejos, extiende su último grito de protesta.

Todo ocurre casi igual hasta que, a lo lejos, una vez más alguien grita que se necesita una valla para que el candidato baje del templete y suba, muy cómodo, a su Suburban blanca.

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