Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria

Gracias a la novela de Enrique Vila–Matas que leí recientemente, lo que además ha sido un descubrimiento porque había postergado a tan prolífico autor español, he vuelto a “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville. Un relato que leí muchos años antes y del que aprecio el significado que la historia de este personaje tiene hasta hoy día en la sociedad contemporánea. Bartleby es un personaje que toma relevancia por sí mismo y funda una manera de ser en el mundo y el tiempo que habitan e influye sin lugar a dudas en autores como Kafka, Musil, Joyce, Beckett. Y sobre todo veo en los personajes de Beckett, el modelo de Bartleby como una calca. Bartleby, el escribiente es un relato del que siempre he hablado con asombro y humor. Con amigos nos hemos reído de Bartleby y lo hemos ponderado como un valiente hombre que prefiere no hacerlo, aunque el valor del protagonista del cuento, esté en que Bartleby es un hombre que es capaz de negar el mundo por encima de todas las reglas sociales a las que con su oposición, desarma, desconcierta y en su propia concepción, ha vencido. Recuérdese que en la historia, la única arma de Bartleby, es la frase “Preferiría no hacerlo” y quizás bajo ese símbolo, está bien plantada el arma con la que gana la guerra, aunque quien resulte abatido sea el propio Bartleby.

Melville, que no precisamente fue reconocido en su tiempo y la fama de su novela Moby Dick tendría lugar hasta el siglo XX, fue un escritor que fundó con sus personajes, un modo tenaz de ver la vida. Bartleby es a mi gusto, es uno de los relatos que fundan la literatura del Siglo XX que transita bajo esos esquemas en los que viven personajes absurdos e irreverentes que luchan contra la náusea del mundo ordinario. Aunque el cuento fue publicado en dos entregas de la revista Putnam’s Magazine en los números de noviembre y diciembre de 1853, su publicación –más tarde en un volumen con algunos cambios y donde se incluye “Benito Cereno” y otros tres relatos– pasa desapercibida, al igual que había pasado Moby Dick, porque es preciso recordar que Melville, percibió la publicación de “Moby Dick”, como un rotundo fracaso, que en su momento lo fue. Y sólo setenta años después, Melville sería revalorado gracias a su nieta que guardó las publicaciones y manuscritos de su abuelo. Y no cabe la mayor duda, que la influencia que su obra le dio al siglo XX, fue central. En personajes como el capitán Ahab, Bartleby, Benito Cereno o Billy Bud, se explora la soledad del hombre que en el nuevo siglo está muy clara, la soledad y batalla del hombre del siglo XX puede verse en estas obras del novelista norteamericano que las escribió un siglo antes. Borges nota las diferencias y compara a Bartleby con el protagonista de Moby Dick: “Las ‘simpatías’ acaso más secretas, están en la locura de ambos protagonistas y en la increíble circunstancia de que contagian esa locura a cuantos los rodean.”

Hay que observar que Moby Dick y Bartleby, fueron escritas con dos años de diferencia, 1851 la novela y 1853 el cuento, y la reflexión de Borges, nuevamente especula: “Diríase que el escritor, abrumado por los desaforados espacios de la primera, deliberadamente buscó las cuatro paredes de una reducida oficina, perdida en la maraña de la ciudad.”

Pero volvamos a Bartleby, que he vuelto a leer y en la nueva lectura, renueva su importancia mayor como la existencia de un poderoso personaje que se niega a sí mismo en el mundo y niega la existencia de todo, ante la negativa de su famosa frase “I word prefer not to”. Bartleby enfrenta a la autoridad, a la lógica como lo advierte Borges y se opone a un mundo establecido en la sumisión del trabajo y la obediencia.

Me ha alegrado además, la lectura de Bartleby y compañía de Vila–Matas, que es una novela hecha del ingenio y una creatividad ensayística que no tiene desperdicio. Es un texto que bien podría nombrarse como una novela–ensayo.

En la novela de Vila–Matas, el personaje –un escritor jorobado y grisáceo que en base a su propia vida– se dedica a buscar a los Bartlebys de la literatura, como Rulfo, dejara de escribir escudándose en pretextos que rayan desde el ridículo profundo hasta la mentira más absurda, o los motivos que mueven a la risa, como la del propio Rulfo, que dijo que ya no escribía porque se había muerto su tío Celerino. Todos los hallazgos de este buscador obsesivo en la novela del escritor español, tienen su tío Celerino, para justificar su abandono a la escritura, que va desde el suicidio hasta el hecho de aprender otra lengua o volverse loco como Robert Walser, o como Hölderlin, o Kafka, quien en su Diario confiesa no poder escribir porque lee la vida de Goethe, por lo tanto, el tío Celerino de Kafka pudo haber sido Goethe.

El mal de Bartleby, sin embargo, podemos aplicarlo a los diversos ámbitos de la vida, porque en todas las actividades humanas, hay hombres como el Bartleby de Melville, que renuncian, hombres que se niegan a “hacerlo”, hombres –que aunque les cueste la vida–, no harán aquello que otra fuerza del deber les dicta. Hay Bertlebys en todas partes, pero permítaseme terminar con lo que Borges escribe sobre este personaje en el prólogo de la edición de Bartleby, el escribiente en la traducción del propio autor de El Aleph, él dice: “Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica; es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del universo.”

Y con eso me quedo.

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