Figuraciones Mías

Por: Neftalí Coria / @neftalicoria 

No está demás hablar de Italo Calvino (1923–1985) una vez más, porque será el autor que volveremos a leer en uno de mis talleres de lectura por estos días. Calvino es uno de los escritores con mayores alcances imaginativos al lado del también italiano Dino Buzzati (1906–1972), a quien le profeso una admiración grande. Ambos escritores permanecen en mis estantes de lector, como pilares capitales de la literatura de fantasía e imaginación deslumbrada y cada re lectura de sus textos, se renuevan en mis ojos y me animan a no olvidar sus historias nunca, pero sobre todo, me asombra la precisión y equilibrio, que suceden las historias escritas por estos dos escritores italianos incomparables entre sí.

A Dino Buzzati lo descubrí gracias a mi amigo Guillermo Fernández en una de sus limpias traducciones hace ya más de 30 años en una modesta edición para estudiantes. Sus cuentos son la mejor muestra de una maestría imaginativa para hacer verosímil a los ojos del lector, los elementos fantásticos de la más fina tesitura, conviviendo con suma familiaridad con las cosas y los seres en el mundo real. La capacidad de Buzzati para darnos en sus historias, la credibilidad de los sucesos que narra y que podrían ser totalmente inverosímiles en la vida ordinaria, es asombrosa. En los relatos, cada suceso –a ojos del lector y dada su gracia– nos parecen posibles y no hay manera de no creer lo que nos narra. Y qué decir de su estremecedora novela El desierto de los tártaros, elogiada por Borges, y de la que el argentino en el pequeñísimo prólogo describe: “Dino Buzzati, en estas páginas, retrotrae la novela a la epopeya, que fue su manantial. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera muchedumbres.” Una novela de una prosa de suculenta tersura y en la que Buzzati revisa el tiempo y los absurdos de la espera y la esperanza humanas. Un autor que no puede olvidarse, cuando se le ha leído.

La de Italo Calvino, es obra numerosa y compacta. En alguna se sus diversas regiones –que van desde el ensayo, la novela y el cuento– alcanza los mejores registros de la fantasía de la segunda mitad del siglo XX. Y no puedo dejar de referir su famosa trilogía novelística a la que la componen: El Barón rampante, la historia de Biaggio y Cosimo, miembros de una familia aristócrata en ruinas, pero que siguen imitando las costumbres de la alta burguesía. Un día Cosimo –que detesta a su hermana Battista, quien cocina ratas, hongos y otras monstruosidades– decide subirse a los árboles y no volver a pisar la tierra y vivir en las ramas de los árboles consiguiendo el abandono de tierra firme para siempre.

El Vizconde demediado, que cuenta la historia ocurrida en el siglo XVII del Vizconde Medardo de Terralba quien enfila por los campos de Bohemia acompañado de su escudero Curzio, decidido a luchar contra los turcos. Durante la batalla resulta malherido y es partido en dos por una bala de cañón que le pega en el pecho, así el vizconde se vuelve dos personas: Gramo el malvado y Buono, el bueno. Y es justo en el momento, que comienza una aventura que describe la metáfora del bien y el mal enfrentados, como es legendaria tal lucha, hasta que el regreso a Terralba, cada mitad de hombre por su lado y después de alterar notablemente la vida de aquel lugar, conocen a Pamela de la que ambos se enamoran. Y es cuando el cirujano de la corte, los une cosiéndolos para –después de una disputa–, casarse con Pamela y ser de nuevo un solo vizconde y vivir “felices para siempre”. Con este relato, Calvino dijo haber homenajeado al Doctor Jeckill y Mister Hyde de Stevenson, una de las piezas más importantes de la literatura fantástica del siglo XIX.

La tercera novela es El caballero inexistente, que abunda sobre la fabulosa historia de Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, Caballero de Selimpia Citerior y Fez, un caballero del ejército de Carlo magno, a quien por cierto le tocan las más desagradables tareas en el campamento y su voz llega desde su armadura, pero él, Aguilulfo, no existe, pero es, sabemos de su presencia por la armadura, pero el no existe. Esta novela es una maravillosa fábula en la que la diferencia entre el hecho de ser y creer ser, es el puente que traza una historia de un caballero, del que el lector puede preguntarse qué cosa humana es aquel, del que solo se escucha la voz entre las bisagras de una armadura viviente. No desprovista de una melancólica visión, El caballero inexistente, es una piedra preciosa entre la obra de Calvino. Imposible decir cuál de esta trilogía es la mejor novela, porque en las tres, Calvino enfrenta los más altos riesgos que en toda escritura fantástica, se corren, pero las tres novelas se salvan con creces y si a esto les sumamos una belleza adicional de la prosa ya muy conocida de Italo Calvino, sin duda, estamos ante tres obras maestras.

He escrito ya en mi columna sobre Dino Buzzati e Italo Calvino y mi admiración por cada uno, no ha variado en ningún momento; difícil decir a cuál de los dos preferiría, porque siempre he sido un lector a salvo de caprichos, ni soy uno de esos abominables lectores que quieren que las historias se las escriban a su medida. Yo procuro encontrar sus valores particulares, sus virtudes propias de cada uno y sigo pensando, que ambos escritores, hicieron con la fantasía un monumento que la imaginación merece.

Dos autores que quizás se conocieron, quizás la vida los hizo encontrarse y hasta conversar.

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