Alejándose van de la tierra esas leyendas

del espíritu que antes fue, después en su retorno

inclinado hacia la humanidad...

Hölderlin

Por: Aldo Báez 

Si existió un hombre polémico, que desde el siglo XIX se apoderó no sólo del pensamiento sino incluso de los sueños de muchos hombres, ese tiene un nombre: Karl Marx. Muchos hombres pensarán que ya pasó a la historia, me atrevo a pensar que están equivocados, los pensadores de su talla sólo marchan como el ave fénix: en espera del eterno retorno. Los artificios mágicos del pensamiento viven su propia lógica del tiempo.

Un halo a su alrededor siempre, nos condujo a imaginarlo en plena reflexión sobre la naturaleza económica del mundo; disertando sobre las internacionales comunistas y la forma de resquebrajar el imperio de los países burgueses. Lo podemos pensar azuzando a millares de obreros en aras de los ideales revolucionarios. La revolución fue la gran seductora de este siglo. Ninguna soportó el optimismo del renano.

Marx fue un personaje --per-sonae, voz-- de la sociedad contemporánea, sus biógrafos colaboraron al igual que muchos de sus seguidores a vulgarizar su vida y su obra, lo presentan como algo que no queremos verlo: como un hombre de carne y hueso, casado con una bellísima aristócrata, aficionado a la bebida y buscando la oportunidad de levantar la falda de su sirvienta: un poco, tal vez, como nosotros. Que hubiera sido un genio no es tan relevante como el hecho de que se comportara como cualquier mortal, eso no se lo perdonamos a ningún hombre que tenga cierto poder sobre nosotros, mucho menos a alguien que desde su genialidad, demuestre ventaja sobre la humanidad.

Un bohemio en el mundo de la ciencia resulta algo poco comprensible, inaceptable. Sin embargo, aún lo podemos imaginar construyendo su planteamiento dialéctico sobre la historia, mientras se extasiaba con un atardecer londinense. Un hombre sumergido entre théoria, praxis, carmenes y conjuros. Su continuo exilio --¿Epicuro derrotó a Démocrito, por abandonar el jardín?-- y alma inconforme y trashumante, lo llevó de París (1843) a Bruselas (1845), no sin antes abandonar su carrera universitaria en Berlín; hasta su establecimiento en Londres desde 1849. Su pobreza lo hace aparecer heroico --leit motiv de su lucha-, podríamos imaginarlo como personaje de los Miserables sin reparo alguno, pero que dejara que un burgués y amigo lo mantuviera ¿sistema de vida burgués?, roza los hilos del gran canal: lo ridículo y sublime que siempre acompañan la vida de los grandes hombres.

Marx es el típico producto de la opinión pública. Su figura dogmatizada y llena de leyendas, malos entendidos y, por que no decirlo, mala fe. La sociedad siempre paga conforme la herida que le hacen. Recordemos que a Strindberg por su odio a las estatuas, apenas murió, el mármol lo inmortalizó. No faltó el momento en que decidieran comercializar la imagen del creador de la más famosa crítica a los iconos estampada en las playeras. La sociedad perdona su muerte antes que la burla. No fue el talento del discípulo de Hegel el que lastimó a la sociedad, fue su terrible ironía y sarcasmo.

El espíritu crítico con el que enfrentó a su maestro fue algo que muy pronto descubrieron e impidieron sus fieles seguidores-detractores --aún no se olvida el destino de Trostki, que dicho sea de paso, nunca fue tan mártir como lo pintaron o ¿todavía creemos que él no hubiera hecho nada de lo que hizo Stalin?, Rosa Luxemburg, o el propio Lúckacs. La ortodoxia no olvidó las lecturas guiadas y con escaso conocimiento de causa o la simple exhibición libresca en aras de esquivar su atenta y crítica lectura o, tal vez, su lectura como una invitación a la ausencia del pensar: el marxismo, a pesar del propio Marx veló muchas de sus facetas. Lo imagino casi como un automóvil del que decimos me gusta y estoy de acuerdo aunque no poseamos ni el menor conocimiento de motores o neumáticos.

El revolucionario por antonomasia, el crítico de sus predecesores a los que les exigió que dejaran de pensar al mundo y se propusieran cambiarlo. Marx, a decir verdad, tampoco lo cambió. Algo mejor hizo a cambio: lo imaginó. Lo convirtió en fantasía, en ese fantasma que no sólo recorrió Europa, sino el mundo entero y durante casi 150 años. En 1848 escribió su aunque imperfecto, entusiasta y polémico Manifiesto Comunista, junto a su amigo y protector Engels, por encargo de la Liga política homónima a la que se había integrado un año antes --al tiempo que publicaba La miseria de la filosofía--, en respuesta al libro en paráfrasis del filósofo francés Joseph Proudhon. Marx siempre gustó de jugar con las palabras y los fantasmas, justo como lo intuyó Derrida.

Cierto es que su socialismo abandonó ese aire de utopía de sus contemporáneos franceses Saint-Simon, Fourier o el mismo Proudhon, la suya tenía esa especie de magia que casi obliga a creer que en efecto es plausible. Lo curioso es que los hombres políticos --pervertido el término, a la Foucault-- lo pretendieron llevar a la práctica. (Adivinen los nombres que continuaban la oración). Más curioso aún, fue el efecto embriagador que produjo entre la clase pensante y sensible. El encanto del alemán no estaba exento de cierta sensibilidad proveniente de esa genialidad propia de los grandes hombres.

Una diferencia sustantiva del carácter utópico que enarbola Marx en su Manifiesto frente a las utopías renacentistas de Moro, Campanella o Bacon es su posición política. Él pensaba, sospecho, que su voz sí tenía lugar. Su literatura era realista, la de sus antecesores fantástica. Incluso, más realista que las famosas --no por ello buenas-- contrautopías del siglo XX. La formación e imaginación del autor del Capital eran más sólidas, que las de muchos novelistas contemporáneos. Bueno, los afectos novelísticos y literarios de Marx, pienso en Víctor Hugo, Dickens o Defoe, no eran gratuitos: la novela es fiel reflejo de la vida cotidiana. El mismo Octavio Paz reconoce que los hombres de talento traen detrás de sí profundas influencias poéticas. Marx recitaba de memoria a Heine y Goethe, leía a Calderón de la Barca y Cervantes en su lengua natural, amaba con sinceridad a Esquilo y Shakespeare: no olvidemos que el fantasma de Hamlet deambula por su obra. Los fragmentos de su juvenil novela Escorpión y Félix, ofrece señales del mejor talento, humor e instinto poético-filosófico anglosajón. ¿No vendrá de allí aquella confesión de que leyendo a Víctor Hugo se volvió marxista o ese carácter de la metafísica de la vida cotidiana que Karel Kosik extrae entrelíneas de la literatura marxista?

Moisés Hess, quien conoce a Marx a los 24 años, lo describe como un hombre joven que asestará el último golpe a la religión y a las políticas medievales. Combina la más profunda seriedad filosófica con la ironía más aguda y mordaz: “Imagínate –dice-- a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel reunidos en una sola persona y tendrás al Doctor Marx”.

La formación del filósofo requiere  por lo menos de aquellas características que el autor del Origen de la tragedia piensa “tiene que haber sido tal vez crítico y escéptico y dogmático e historiador y, además poeta y coleccionista y adivinador de enigmas y moralista y espíritu libre y casi todas las cosas...”

Si una crítica se puede plantear al filósofo de la naturaleza económica y la conciencia social, al lado de esta sentencia nietzscheana, es justamente la ausencia del análisis del hombre individual. Sus acciones y pasiones, sus obsesiones, deseos y conductas frente a la significación de los intersticios del poder dentro del propio estadio anímico del hombre. La ética se haya ausente del discurso, su enfoque lo dirige a un hombre como producto social, como producto del trabajo, ¿decadencia moral? En cierta manera, no es tanto un enfoque erróneo como incompleto: el hombre es una multitud de esferas. Weber o Rockert lo vieron de forma contundente. El hombre en el plano de la política, su plano natural, recomienda desde la literatura clásica, una perspectiva ética. Ello evidentemente, no a la manera de Hartmann o Appel, es decir, sin distinguir la axiología, moral y ética y concebirlas en el plano de lo semejante. ¿Será Marx el culpable de la perversa versión de la seudo-ética que hoy prolifera?

Los manifiestos son parte de la imaginería del hombre moderno, son principios básicos de cualquier moda, visto fríamente, no es sino un modo del aire snob, perdón kistch. Un manifiesto debe ser algo visible, algo que se percibe, palpe se oiga; nuestros sentidos deben dar fe de lo que es. Es lo descubierto, lo patente, lo claro. Marx así lo sintió, lo develó, con el suyo. ¿Pero contra quién lo hizo? La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados.

Su famoso incipit un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo fue el conjuro que enarboló su batalla contra los fundamentos de algo que no era aprehensible de frente, pues sabía que en el fondo, más que el propio capitalismo, luchaba contra una noche de San Juan, en cierta manera, era su Walpurgis. Tal vez, no le interesaba construir una vertiente materialista de la historia tanto por ella misma sino por enfrentar y socavar los principios del mundo occidental fundados en una perverse doctrina de autoinmolación. El gemelo suyo en ese sentido, a quien no quiso o no pudo conocer, sabe que lo apoyo atacando, en apariencia, las bases de la metafísica occidental: Nietzsche. Ambos provenían de la vena de un genio incomprendido, y al que casi al unísono, preferían no invocar. Su fantasma fustigó y camino en silencio en medio de obra de estos dos teutones del pensamiento. La lucha de ambos se dirige, en medio de su in-conocimiento, a socavar las raíces donde se fundó la mala semilla, e incluso, el nacimiento decadente de nuestra sociedad: ambos buscaron la muerte del cristianismo. El cristianismo no murió, le aconteció algo peor: fue pensado.

Marx no sólo no construyó la crítica más severa al Sistema Capitalista: en realidad, lo inventó. Asimismo, si pensamos en los efectos culturales que develaron algunos de los estudiosos de su propia teoría, sabremos que su inserción como escritor y pensador lo hizo como periodista. El periódico es el parteaguas y punto de fusión entre la literatura y su producción a gran escala, su producción capitalista. Marx fue redactor de Rheinische Zeitung en Colonia al inicio de su construcción intelectual en 1842, donde publica un contundente artículo sobre la libertad de opinión, como un germen crítico que deja entrever la dirección hacia dónde apuntaba su pensamiento y su versión Neue nuevamente en 1848. En Londres colabora en New York Daily Tribune. De forma esporádica lo fue de algunos otros informativos como Social-Demokrat en 1847 en Berlín.

La contribución a la crítica tanto al pensamiento de la forma de concebir al hombre, al mundo y la propia vida se percibe desde sus manuscritos económicos filosóficos nacidos entre 1844 y 1845, fue determinante, pues pensemos en la Ideología alemana, La Sagrada familia como planteamiento formal de su doctrina: el año de su explosión conceptual e ideológica.

Max Horkheimer, el inteligente marxista cofundador de la Escuela de Frankfurt, enunció con franqueza en 1943 que la historia había tomado un rumbo distinto al marcado por Marx, pues sabía que uno de sus amistosos detractores, de nombre Stalin, había olvidado al Lenin que recordaba a Kant --y  que los problemas internos y externos se hallan en acción reciproca. Marx también fue lector atento de Kant. A la postre no sólo se demostró en la desintegración del bloque soviético, sino que tantos olvidos descubrían la traición sobre el pensamiento de su supuesto teórico.

En las dos últimas décadas de este siglo se volvió un lugar común reconocer que en cierta manera el máximo problema del marxismo fue el marxismo mismo. Los propios preconizadores del marxismo se cegaron ante una falsa comprensión de la ya casi ilegible obra de Marx. Un teórico latinoamericano del marxismo sintió terrible ofensa cuando un alumno lo inquirió acerca del contra quien peleaba Marx cuando escribió su bello texto sobre Las reflexiones de un joven al elegir profesión en 1837. Cualquier idólatra es peligroso en la sagrada profesión del pensamiento.

El reconocimiento a Marx por parte de los pensadores contemporáneos de las más diferentes tendencias, es algo que debe la distinción a pocos hombres en la historia universal: Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Hegel son personajes que por su grandeza merecen tal honor, muchos a pesar de no convenir con sus planteamientos teóricos no por ello no expresan admiración a la fortaleza de su pensamiento. Hoy, a más de ciento cincuenta años de la publicación de su Manifiesto, que el bloque socialista --no marxista-- se ha extinguido, sabemos que si bien la experiencia comunista ya forma parte de las grandes utopías, pero que el espíritu revolucionario ni ha muerto ni lo hará por el bien de la propia humanidad.

Böll afirma que la historia del progreso es la historia de la ingratitud, por ello, si lo tuviéramos que describir a nuestros hijos, será tal y cómo es y no como muchos lo aprehendimos: como un terrible fantasma. Es curioso la coincidencia que aparece por esa imagen espectral que se ha hecho de Marx y su teoría, desde Adorno y Horkheimer hasta el propio Derrida. ¿Será que el cristianismo aún no lo deja descansar en paz o quizá el inconsciente de la iglesia es la que aún cree en apariciones?

Hyndmans vio en el renano al Aristóteles del siglo XIX, ello es falso, Marx es el Marx del siglo XIX. Dad al Cesar lo que del Cesar es.

Pensar en Engels, Lenin, Trostki, Luxemburg, Sartre, Poulantzas, Altusser, Williams, Camus, Bretch, Marcuse, Lúckacs, Adorno, Benjamin, Horkheimer, Habermas, Deleuze, Lefebvre, Fromm, e inclusive en Heidegger, Popper, Weber, Kolakowski, etcétera, etcétera, es trazar a vuelo de pluma la historia del pensamiento de nuestro siglo. Sabemos que en el centro esta la figura que posibilitó el sueño ¿o pesadilla? del siglo XX. La filosofía y el pensamiento camino sobre de él, no a pesar de él. Pensemos en un solo pensador brillante que no lo haya necesitado aunque sea para refutarlo y veremos que la lista no es tan extensa como quisiéramos, más aún sería difícil o labor de un erudito en la materia. Así como alguien dice que la historia del pensamiento occidental se divide en platónico y aristotélicos, desde la aparición del Marx, el pensamiento se dividió en a su favor o en contra.

Al lado del marxismo encontramos lo que fue su otra cara de la luna: el anarquismo. Vertiente teórica que por un lado se le oponía y por otra la completaba. La oposición a la imagen de subordinación y enajenación del hombre a la sociedad fue más pura y extrema por parte de los anarquistas: fue la izquierda del marxismo. Bakunin, Kropotkin, y como dice Roberto Calasso, el gran incomprendido del siglo, al que como Jesús más de tres negaron: Max Stirner. Conjugaron discordias y afinidades para esfumar todo lo estamental y estancado, y profanar lo sagrado. La crítica contra la sociedad imperante: Actualmente no sólo se vive el olvido --aplaudido por nuestros hombres becarios, perdón pensantes-- no tanto del pensamiento de izquierda, sino del espíritu crítico. Como homenaje al manifiesto a la inteligencia contemporánea reconoce como algo trivial, algo absurdo, fantasioso, etc..., sólo nos resta aguardar: soñadores de todo el mundo, uníos.

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