Mesa Cuadrada
Por: Gabriel Reyes Cardoso / @GabrielReyesCa3
Del enojo, hemos pasado al odio.
Las últimas votaciones lo confirman.
Sin embargo, no es saludable para ninguno, vivir de odios.
Los votos depositaron esperanza, ahora hay que materializarla, invertir trabajo y construir para recobrar la confianza.
Ya es tradicional que al revisar encuestas, que al preguntar a personas en quién o quiénes tienen confianza, la respuesta dominante sea en ninguno y las contestaciones han ido de la espontaneidad a la reflexión pausada, de la creatividad del encuestador a la franqueza del debate y del diálogo cotidiano.
“Esperanza de México” dijeron y por momentos las decisiones en la mayoría de grupos que se expresaron, nos remontaron a los momentos en que, hombres y mujeres, voltean a los altares.
Pero para todos, no hay milagros en los asuntos nacionales.
Sólo la reorganización, una nueva disciplina y el trabajo conjunto podrán modificar los escenarios de odio, pero exigen primero, reconstruir confianza. A estos días, es difícil que un vecino tenga confianza en el otro vecino y prácticamente imposible que las familias confíen en algún gobierno y en alguno de los funcionarios o empleados públicos, o en los representantes populares, o en los sacerdotes y maestros, referentes antiguos de esa confianza ahora perdida.
La nueva confianza en el gobierno y en nosotros mismo, requiere partir de la honestidad. Recordemos que su ausencia fue la que gestó corrupción, en unos por el abuso, en otros por el disimulo, en varios más por ignorancia y en todos por tolerancia.
El gobierno que viene prometió honestidad.
A lo mejor no en los contenidos reales que los mexicanos, esperamos ahora, pero sí en los márgenes del valor como tal.
Los primeros anuncios, no han sido los esperados. Por supuesto son sólo preámbulo. De los más ansiados, el precio de la gasolina y la energía eléctrica, no van, al menos, en la dirección del discurso electoral, mucho menos, en el sentido de la esperanza depositada.
Sabemos todos, por sentido común, que no iba a ser fácil enfrentar los monstruos de la industria energética internacional. Conocemos las deficiencias de las industrias nacionales en ese mercado global. Recordamos la famosa “dependencia” que en todos sentidos unen, someten, a un país como el nuestro en vías de desarrollo, a la voluntad de los países altamente industrializados, altamente tecnologizados y militarmente poderosos.
Pero también, la economía real, nos recuerda, que no puede haber decisiones nacionales fuera de la globalización.
¿Qué hacer? diría Lenin.
El liderazgo del presidente López Obrador, no podrá por sí solo revertir esas condiciones y siempre, cuando eso pasa, lo más fácil será revertir los términos del discurso electoral, en discurso oficial, ese, al que han acudido todos los anteriores presidentes para justificar las “inexactitudes” de su propuesta de campaña, substituyéndolas por el “reconocimiento presidencial” de las incapacidades, las impotencias de una nación para vencer al mundo y justificar que, a pesar de eso, es ahora una de los primeras 20 economías fuertes del mundo.
Al gobierno que viene y a todos los mexicanos nos vendría bien, que no cayeran en esa tentación.
