Por sus pasiones lo conoceréis o Batis, el maravilloso vándalo de la edición
Por: Aldo Báez
Mantén bien vigiladas tus pasiones
pero cuídate de dar rienda suelta a tu razón.
Karl Kraus
Parece un mito en este país pero a la literatura sólo se llega por medio de sus revistas y los suplementos culturales de los periódicos –generadores y rivales de las revistas. En esos breves pero importantes espacios se encuentra lo bueno y lo malo, lo gris y lo claro. Lo justo y el gusto. La adulteración y la adulación. El nombre y lo innombrable. La crítica y su ausencia. Las mafias y las mafias.
Sea mafia o mito admitamos que la historia nos dice que con la revista “Azul” (1894) empieza nuestra tradición literaria, o que “Contemporáneos” (1928-31) es el parte aguas y, en cierta manera, el vis-a-vis con la modernidad y los europeos y “Vuelta” (1977-98) la consolidación literaria sin complejos. Desde el inicio de ellas, la preocupación por la literatura, su creación, recreación y crítica, se buscaba lo que se alcanzó con el proyecto de Octavio Paz originado a partir del suplemento Plural en Excélsior: estar en la cúspide de las letras. Las revistas fijan su vista en objetivos inmediatos, desde su nacimiento deben quemar todas las velas, --no puedes guardar nada para el número siguiente, éste podría nunca ser- y continuar de esa manera. Lo mismo acontece con los suplementos culturales. Por eso los suplementos culturales como “La cultura en México”, “México en la cultura”, “Plural”, “El semanario”, vivieron cada día, pues nunca tenían mañana asegurado. Todos sabían y saben que ante la crisis –y en este país se hallan a la vuelta de la esquina- son los primeros en desaparecer, Joseph Roth decía que lo primero que desaparece de los periódicos son los suplementos literarios, y a los primeros que despiden es a los hacedores de reseñas literarias, es decir, el alma de las revistas y suplementos. Pragmáticamente, lo innecesario. Lo vital suele ser lo que más necesitamos y menos percibimos.
Dirigir una revista o un suplemento es una de las vías por las que se puede acceder a la difusión de la cultura y hedonísticamente a su degustación. No es una ruta corta, pues ésta no existe. En un país que no lee, lo sencillo es morir en el intento. Después del tercer número se empieza a creer en algo verdadero, empieza una cuenta que siempre será retroactiva.
Sin embargo, en el camino existen figuras pequeñas, medianas y enormes que aunque en ocasiones no se ven con claridad, de alguna forma, participan con ese proyecto. Periódicos y revistas, tanto independientes como institucionales, albergaron entre sus páginas a los ejecutantes del concierto literario, a los arquitectos y los albañiles de las letras nacionales. Educación Pública, Bellas Artes, la Universidad Nacional o la Iberoamericana; el Excélsior, la Jornada, el Novedades o el unomásuno y algunos otros con conocimiento de causa o sin él, construyeron en la historia algunos retablos memorables.
Manuel Gutiérrez Nájera, Alfonso Reyes, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Carlos Fuentes, José Luis Martínez, Emmanuel Carballo, Fernando Benítez, Antonio Alatorre, Juan García Ponce, Gascón García Cantú, Octavio Paz nos evocan una desigual y contrastante lista donde sólo coinciden en algo, con mafia o sin ella los media una revista, un proyecto o un suplemento. Un trozo de la cultura nacional o un recuerdo literario.
La lista podría crecer o podría criticarse de ella su informalidad, conforme al gusto del lector, pues al final sólo en el lector se logra la cristalización o derrumbe de los proyectos que atravesaron atrevidos, algo que ningún plan estatal o nacional tiene claro: la cultura nacional.
Los proyectos breves suelen ser más incisivos. El siglo XX, tal vez, tuvo en la literatura uno de los pocos triunfos con resultados claros, elitistas quizá, pero que impidieron sumergirse en un total fracaso a las instituciones culturales.
Dentro de las generalidades, nominaciones y apariciones existe un hombre que ha creado su propio mito, su propia revista, su heredado suplemento, que pudiera a la luz de los años, parecer a algunos malo y a otros bueno; un hombre que les puede parecer gris, por su escasa obra creativa o de una claridad impresionante por una obra no escrita. (Las obras y los actos son cosas diferentes, aunque tratándose de cultura están destinados al mismo fin.) O puede tratarse de un crítico con una formación libresca e intelectual, pero sobre todo crítica de las que pocos pueden presumir y, además puede pensarse como un constructor y editor que, –conocía casi todos los instrumentos de la orquesta. Eso en el terreno del saber aparece como referencial de lo marginal y lo justo, sin que ello, impida que le endilguen que lo más que hizo, fue dirigir un suplemento para satisfacer sus morbos y sus gustos o re-develar un suplemento del siglo pasado -que participó de la construcción de un país liberal y, de cierta manera, fungió como semillero de algo que aún no se perfilaba hacia ningún lado: la literatura.
Que llegó de Guadalajara como Antonio Alatorre, Juan Rulfo, Agustín Yánez, Juan José Arreola o Emmanuel Carballo. Sin ser lingüista, novelista, naturalista, escritor o escribir la historia de la literatura con exactitud.
En realidad, Huberto Batis fue un poco de todo y, más aún, podría decirse que desde la generación de medio siglo lo vivió todo. De alguna manera, y si hubiera escrito sería una especie de Benjamin sólo que menos místico y más erótico o un Kraus sólo que menos envidioso y menos tolerante...
Se puede decir en su defensa que como crítico jugó –porque parece que lo lúdico era su centro de gravedad en muchas de sus facetas--, sin preocuparse mucho de nuestro gusto o disgusto. El papel de maestro –con fama de enojón— además de rescatar del olvido la revista “Renacimiento” (1869) que Ignacio Manuel Altamirano dirigió cuando los vientos liberales soplaban por crear y creer en una República que se precipitó en dictadura, a su propio decir, de “Renacimiento” aprendió y tomó los rasgos del creador de Navidad en las montañas como propias para enriquecer su trabajo como periodista y crítico; debía tolerar a conservadores y liberales; a sirios y troyanos; a Paz y a Fadanelli, --que no es poco decir. Aunque lo más importante es que Huberto Batis vivió y aun bate en medio de la literatura, de la que solo le interesó y distinguió lo que tiene que ver con ella o no.
Desde el inicio de los años sesenta fundó la revista independiente “Cuadernos del viento” junto con Carlos Valdés, y sólo –ocho años después e independiente-- morirá como el movimiento estudiantil, es decir, muere y engendra una nueva concepción de vida. Apertura le llamaron algunos, Batis preparaba su propio combatir, no sin antes iniciar su legado, mismo que se incrementará a lo largo de más de tres décadas.
En sus “Cuadernos” asumirá el riesgo que por lo general el joven desea pero no asume: la confianza en los jóvenes. Cierto que era la década significada por el momento de los jóvenes, más cierto es aun que pocos creían en ellos. Batis no sólo abandona la natural contradicción de la ruptura de las generaciones sino que, con una madurez que espanta, dirigirá su atención a la generación o generaciones anteriores, sean de “Contemporáneos”, “Taller” o la “Revista Mexicana de Literatura”, la generación de los sabios de 1915, no importa, Batis intuía que dentro de la literatura existirá siempre un breve hilo que no debe romperse sino emularse. Hay que subvertir lo respetable y respetar lo subversivo.
Sin embargo, destacó su intuición y agudeza para publicar textos que rompen con los cánones establecidos. Era rebelde con los jóvenes, no revolucionario, era rebelde con los viejos, no revolucionario, al igual que Sartre sabía su sino. Lo revolucionario es algo que perdemos con los años, lo rebelde se acentúa. No escribir creación en medio de creadores, no administrar la función en medio de funcionarios, criticar –amor por la literatura-- en lugar en arribar –desamor por ella--, dio claridad a la fragmentaria obra de Batis. Soportar los elogios convertidos en vituperios, que Batis, por cierto, distinguía con precisión, era otra señal de rebeldía. Su combatir fue contra todo, incluso contra Batis – y sus anécdotas.
Contra lo primero contra lo que se rebeló, fue la hipocresía: se unió a lo obsceno. Lo torpe y las buenas costumbres lo abrumaban, más aún si éstas se dirigían contra la literatura, tal vez, por ello, publicó “Tajimara” de Juan García Ponce, pues percibía que ello hería la solemnidad del absurdo imperante, distinguía que las letras estaban para otros sacrificios. Descubrió antes que Foucault, que éramos nosotros, los otros victorianos. Batis conjuga en su imagen de fauno, lo liberal con lo libertino. Lo Batis con lo Huberto.
Después de los “Cuadernos del viento” todo lo heredó. Los legados crecieron pues sus obsesiones como buen libertino tienden al crecimiento. La revista de Bellas Artes o el Boletín de Filosofía y Letras, nos precipitaba a pensar que su vocación parecía más de técnico que de protagonista, sin embargo, su actuar en los diversos consejos de redacción en algunas revistas o suplementos sólo era el preludio, era el lunes a viernes, de lo que sería sábado, su sábado, el suplemento que complementó unomásuno. “unomásuno es igual a uno”.
En él fluyó el verdadero Batis, el irreverente, el obsceno, el macho cabrío, el maravilloso Vándalo que, lejos de limitarse a continuar con la obra de su maestro Benítez, optó con continuar con su apuesta del material que jamás se acababa: los jóvenes.
Con la intuición de varios decenios en la docencia, más que crear discípulos, los dejó ser. El sello de sábado era la libertad que se aleja de la torpe moralidad para abrir espacio a la creatividad. No tenía la pretensión de diseñar o designar los rumbos de la literatura nacional aunque tenía claro que desacralizarla era necesario. No siempre acertó pero tuvo tan buenos resultados --por el respeto a la actitud de sus colaboradores-- que los más de dos decenios de existencia del suplemento se justifican con amplitud.
Los desolladeros, el diván, las caricaturas sensuales y eróticas de Eko, no gustaban a todos, por la sencilla razón que no se publicaban para gustar o ser justo con todos, sino para que Batis, su natural cómplice, estuviera a gusto y su noción de placer no decreciera, como no decreció jamás el irregular tono del suplemento. Algunos números excelentes y otros casi ilegibles, pero todos sabían y reconocían al suplemento. Algunos a los que nos enfadaba, teníamos la necesidad sabatina de irritarnos: todos los sábados teníamos que comprarlo. El casamiento no todas las veces es por gusto o justo.
La muestra de recuerdos y criticas que presentaron en Por sus comas los conoceréis (2001), es la noticia de un hombre puesta en caleidoscopio, es la imagen que se trasparenta por otros ojos, es, en cierta manera, un discurso por la amistad en el tiempo. La amistad como debilidad y fortaleza, como símbolo de su amor por la literatura envuelta en los avatares de la profesión. Un cordero con piel de lobo carcomido por los males estomacales que genera la amistad sin reparos. Batis siempre arriesgó por la apuesta del decir, quizá del mal decir, pero sobre todo, por la literatura. Publicó lo que otros con dificultad harían, y por una razón, inconfundible: valentía.
Ese libro homenaje, que parece que ha ido a parar a las catacumbas de educal, lo único que refleja es que el cronista de la última mitad del siglo, se llama Huberto Batis y dirigió –esperó en medio de papeles y fotografías- hasta enero de 2002, el suplemento de las idas y vueltas, de la resistencia, de la evocación contra la censura, de las plumas que crecieron o permanecieron e incluso muchas que prefirieron algo “más decente que la literatura”—puestos y lindas oficinas—y Huberto permaneció impasible en espera del nuevo número, en espera de su jubilación, en espera de otras piernas torneadas, en espera de continuar caminando con sus amigos, por los pasillos de la cultura con memoria y sangre roja, con la conciencia que la creación más que una novela, un cuento o un poema lo encontró y siguen vigentes en cada día de su vida.
Batis repetiría con su amigo, hoy ausente, García Ponce. Caminemos, sólo caminemos que otros tienen que escribir...
