Bitácora
Por: Pascal Beltrán del Río / @beltrandelrio
No hay enfermedad que dure 100 años ni enfermo que los aguante, reza un dicho popular.
Lo mismo es cierto para un país. Es el caso de México, donde las peores calamidades han durado una década (años más, años menos).
Recuérdense la Guerra de Independencia (11 años); el tiempo total que duró Antonio López de Santa Anna en la Presidencia (entre seis y siete años); la Guerra de Reforma, la intervención francesa y el imperio de Maximiliano (nueve años, en conjunto); la Revolución Mexicana (siete años); la “docena trágica”, es decir, los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo (12 años), y la actual ola de violencia (12 años).
Y eso ya es mucho.
Pensar que cualquier país pudiese durar tres décadas colapsado es un exceso.
Sin embargo, eso fue lo que dijo el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, el domingo pasado, en el inicio de su nueva gira por el país.
Cito textualmente lo dicho en Tepic: “Lleva 30 años en bancarrota el país, desde que se está aplicando la política neoliberal”.
¿Será?
Es verdad, el país lleva tres décadas o más creciendo a un pobre promedio anual de dos por ciento. También es verdad que no se han resuelto las grandes desigualdades sociales que vienen desde los tiempos del Porfiriato, o aun de más atrás, ni con la Revolución ni la Expropiación ni el Desarrollo Estabilizador ni las políticas de la “docena trágica” ni la apertura económica que comenzó en 1982 (hace 36 años, no 30).
Entiendo que el gobierno entrante desea ensayar otra forma de conducir la economía nacional, pero cualquier solución debe pasar por un buen diagnóstico. Y no creo que pueda decirse que el país lleva “30 años de bancarrota”, pese a los graves problemas que se han acumulado.
País en bancarrota, Venezuela. Ése sí. Y no fueron necesarios 30 años para llegar allí. Hace 20 que los venezolanos optaron por un cambio radical, pero la primera parte de ese periodo disfrutaron de una bonanza gracias a los altos precios del petróleo.
La bancarrota venezolana comenzó con el desplome de la cotización internacional del crudo, en 2014. Es decir, hasta hace cuatro años existía la sensación de que Venezuela estaba en jauja, aunque ya se estaban poniendo (o quitando) las piezas para que la economía del país sudamericano colapsara.
¿Con ello estoy diciendo que la economía de México va requetebién? Desde luego que no. El servicio de la deuda y el pago de las pensiones han puesto en serios aprietos al presupuesto. Pero el crecimiento de uno y otro tiene sus explicaciones y hay que darlas a conocer con claridad.
Decir que la situación económica es de bancarrota —una de tantas palabras que el idioma español ha tomado prestadas del italiano— no es verdad, como tampoco lo es el que la apertura económica (“el neoliberalismo”) sea la gran responsable de todos los problemas que vivimos.
En todo caso, se elige a un gobierno para que dé respuesta a los problemas, no para que los señale o los interprete o se limite a buscar culpables.
Incluso en el caso de que el neoliberalismo fuese la causa de todos nuestros males, ¿cuál es la salida? Porque señalar lo que no funciona y decir que esa es la razón por la que estamos en problemas es, en el mejor de los casos, una verdad de Perogrullo, y, en el peor, un pretexto para justificar que no se cumplirá con lo que se ofreció en campaña: hacer el cambio.
Pero, además, hay que tener cuidado con las palabras. Una vez pronunciadas, éstas cobran vida propia. Cuando el presidente electo dice “bancarrota”, la expresión entra en una caja de resonancia y llega velozmente a todos los rincones del mundo, más rápido incluso que la noticia de que unos falsos mariachis asesinaron a seis personas en la Plaza de Garibaldi, como si fuera una película de Robert Rodríguez.
Cuando quien dirigirá los destinos del país dentro de dos meses y medio habla de bancarrota, los analistas y agentes económicos empiezan a imaginar escenarios. Uno de ellos, por ejemplo, en el que dejen de tener superávit primario las finanzas públicas de México, las cuales han merecido hasta ahora notas aceptables por parte de las calificadoras.
Que el erario no alcanza para todo, eso ya se sabía. Pero la solución de fondo pasa por incrementar la recaudación y para ello hay que señalar claramente el problema central: la economía informal y la falta de una reforma fiscal de fondo.
Hay medidas que el próximo gobierno puede tomar para hacer un buen papel y hasta para pasar a la historia. Castigar en serio la corrupción en el servicio público es una de ellas. Mantener lo que se ha hecho bien en la economía es otra. Pero también hay cosas que nomás no se pueden con los instrumentos a la mano, y habría que explicar claramente por qué, aunque sean promesas de campaña, y no señalar a una supuesta bancarrota como el chivo expiatorio.
