Ramón Zarza, la única persona que quiso hablar con este medio, refirió que el culpable del suceso ocurrido la noche del 14 de septiembre de 1968 fue el padre Enrique Meza, a quien describió como “medio malo”.
Por: Mario Galeana
El repique de las campanas de la iglesia bajo la noche. La gente que atesta la plaza a gritos. Los machetes y los palos oscilantes entre los puños. La carne que cede a los golpes, los rostros irreconocibles. La multitud que clava un puntapié, que suelta otro puñetazo, que empuja una púa contra ese fardo que no volverá a tener nombre. Después el fuego. El fuego y los inocentes. Las víctimas. Los linchados.
Es Acatlán.
No.
Es Ajalpan.
No.
Es cualquier parte.
Es el origen: Canoa, 50 años atrás.
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O todos eran muy pequeños, o ahora son lo suficientemente viejos como para recordar cualquier cosa.
O no salieron de sus casas, o ni siquiera estaban en San Miguel Canoa aquella noche.
O no conocieron al padre Enrique Meza, o jamás oyeron del comunismo.
O no saben nada, o han preferido olvidarlo todo.
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Andamos por el pueblo como desenterrando un bulto fétido, una masa devorada por gusanos. O casi, porque ese es el gesto que estalla en el rostro de algunos cuando preguntamos por aquella noche del 14 de septiembre de 1968.
No decimos que venimos a preguntar por el pueblo que mató a cuatro jóvenes bajo la sospecha de que el comunismo reptaría por sus hogares para colgar banderas rojinegras sobre su iglesia. Pero eso es, claro, lo que escuchan.
Este mediodía la plaza de Canoa está agitada. Hay una docena de puestos de flores y comida, gente que bebe en las esquinas, combis que no parecen tener la intención de replegarse ante los cuerpos que caminan a un lado de las banquetas, cuatro muchachos que juegan al futbol y, sobre todos nosotros, el rayo inclemente del sol.
—No. De eso yo no recuerdo nada. Todavía ni nacía. Pero vaya allá, a Casa Romero. Esa fue la primera tienda en el pueblo. Allá seguro saben algo.
Nos lo dicen tantos: el pollero, la mujer que hace gorditas bajo una lona roja repleta de agujeros, el tipo que no deja de vernos desde que llegamos a la plaza. Todos son adultos vigorosos, y seguramente ninguno tiene edad para recordar algo de aquella noche. Y, además, quién podría culparlos de no querer responder por los crímenes de otros.
Nos convencemos de que en Casa Romero hallaremos respuestas, pero al frente del mostrador sólo hay un adolescente. Su abuelo, el primer comerciante de Canoa, ha muerto hace siete años. Y el padre simplemente no está.
A lo lejos, el tañido de una campana reverbera a través del viento nítido. Debe ser la misma que sonó hace exactamente 50 años para convocar a la turba. Para sitiar la casa de Lucas García, el único hombre del pueblo que dio alojo la noche de diluvio cuando Ramón Calvario Gutiérrez, Miguel Flores Cruz, Julián González Báez, Jesús Carrillo Sánchez y Roberto Rojano Aguirre quedaron atorados en este pueblo antes de poder llegar hasta La Malinche, donde acamparían.
Entonces caminamos guiados por ese sonido hipnótico hasta una pequeña loma. La iglesia es de piedra gris, sencilla, con cuatro ventanas a los costados y una especie de nicho en donde sobresalen un vitral más bien opaco y un ramo de hierba. Al frente, en el punto más alto, hay una pequeña figurilla —quizá un ángel— levantando los brazos hacia el cielo.
De la puerta principal sale un grupo de 30 personas antecedido por mariachi, y allí, entre las trompetas y las guitarras, una voz nos pregunta algo que no escuchamos.
—Digo que quién se murió —repite y el sonido es estertóreo, una voz cavernosa que parece venir desde lo más profundo. El hombre está encorvado sobre un bastón de madera y nos mira hacia arriba, sonriendo.
—No sabemos… Disculpe, ¿usted cuántos años tiene?
—Tengo 86.
—¿Cómo se llama?
—Pánfilo Pérez —nos contesta sin dejar de ver hacia la multitud, que para entonces avanza con un ataúd café sobre los hombros.
—¿Usted siempre ha vivido aquí? —pregunto y trato de pararme en medio de él y el ataúd que avanza, lánguido, hacia al frente, pero es en vano: Pánfilo parece ver a través de mí.
—Sí, desde siempre. Trabajé en el Ayuntamiento.
—Oiga, entonces usted se acuerda de esa noche. La noche de los estudiantes. La noche de la campana.
Y, entonces, al fin me mira directo a los ojos.
—No, ya no me acuerdo. Yo ya estoy muy grande. Yo ni estaba.
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La historia se ha contado tantas veces que hasta se filmó una película y se convirtió en recuerdo nacional. Lo que no se ha dicho es que Canoa, aquel 14 de septiembre de 1968, inauguró una de las formas más brutales de la violencia en el estado: el homicidio tumultuario, el linchamiento.
Cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla salieron de la capital por la tarde de ese día para escalar La Malinche a la mañana siguiente. Ninguno era estudiante, como se ha creído a lo largo de los años: dos eran bibliotecarios, dos eran empleados de intendencia y uno más era chofer. Se dirigieron hacia San Miguel Canoa porque la comunidad poseía, entonces y ahora, un camino transitable para ascender por el volcán.
Una lluvia torrencial los dejó varados y pidieron alojo en la presidencia, en el curato de la iglesia y en una tienda. Pero sólo hallaron hostilidad. Perdidos, caminando por la carretera, bajo el telón de agua, conocieron a Odilón García, un joven pintor que volvía de la capital. Él les dijo que Lucas, su hermano, seguro podría darles alojo. Y hacia allá se dirigieron.
Lucas los recibió exactamente como había previsto su hermano: con una sonrisa abierta y una casa cálida y pequeña en la que también habitaban su esposa Tomasa y sus tres hijos.
Pero mientras la noche avanzaba y el cielo se consumía en una lluvia sin fin, afuera, en el centro del pueblo, la iglesia tronaba las campanas, la mitad del pueblo salía para unirse en una gran multitud, en un monstruo de furia que avanzaba a través de las calles pedregosas hasta llegar a casa de Lucas, hasta machacar los cuerpos de Jesús, de Ramón y de los hermanos García. De aquella noche sólo sobrevivieron Julián, Miguel, Roberto, Tomasa y los niños.
En la narración de la historia se señala a Enrique Meza, el párroco de Canoa —un hombre alto, moreno y gordo—, como el culpable de haber congregado a la multitud para linchar a los trabajadores de la universidad, a los que acusaban de ser comunistas y de tratar de colgar una bandera rojinegra sobre la iglesia. Ese fue el espíritu del 68: el del temor absoluto hacia el comunismo y el enemigo extranjero; un temor que el gobierno y los medios convirtieron en rabia.
Y, desde entonces, el linchamiento como forma de justicia —aunque tantas veces se trate de una justicia carente de significado, pues las hordas suelen asesinar sin distingo, entre inocentes y presuntos culpables— se ha extendido por el estado.
De 1998 a 2015 en Puebla se cometieron 61 linchamientos o intentos de hacer justicia por propia mano, de acuerdo con una investigación de académicos de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) titulada Linchamientos en México: recuento de un periodo largo.
El conteo, a partir de 2015, parece duplicarse. Estos homicidios —o intentos— se acompañan casi siempre de un alto sentido de humillación: a los linchados se les desnuda, se les amarra a postes, se les pasea por las calles, se les filma. Aunque sean inocentes confundidos por ladrones o robachicos o cualquier otra cosa.
Apenas en marzo Canoa volvió a ser escenario de un linchamiento contra un supuesto ladrón. Lo quemaron vivo en una callecita no muy lejos de donde asesinaron, también, a los trabajadores de la UAP y a los hermanos García, pero 50 años antes.
En aquel tiempo, no había advertencias. Pero ahora, en una casa gris que se encuentra exactamente a un costado de la iglesia, el anuncio está hecho: “Zona protegida por vecinos. Si te agarramos, te linchamos”. Las fotografías de dos cuerpos desollados acompañan el cartel.
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—No, ya no me acuerdo. Yo ya estoy muy grande. Yo ni estaba.
Y, antes de poder decirle cualquier cosa, Pánfilo camina hacia el féretro y se une a la multitud que avanza lentamente. De ese mismo grupo sale al paso otro anciano muy moreno, con sombrero y huaraches, y entonces lo abordamos con una esperanza que se esfuma tan rápido: el hombre no oye. Simplemente no oye nada de lo que decimos. Le pregunto su nombre y me responde que sí, que lo van a llevar al panteón. Le digo que no, que quiero saber su nombre y su edad, pero me insiste en que sí, que hacia allá van.
Entonces nada.
De la iglesia sale un anciano robusto, pequeño, de espalda firme. Pánfilo lo mira y agita la mano. El otro le devuelve el saludo y camina hacia nuestra dirección. Dejamos que pase de largo —han sido tantos intentos—, pero luego nos decimos que es ahora o nunca.
—Sí, de aquí soy aunque ‘ora ando en Coatzacoalcos, porque soy apicultor. ‘Onveces ando aquí y ‘onveces ando allá. Me llamo Ramón Zarza Romero. Tengo 70. Lo que pregunta usté ya tiene muchos años, más de 50.
—Usted debía tener unos… ¿20? ¿Qué recuerda de aquella noche?
—Pues yo nada, porque estaba trabajando en la construcción del estadio Cuauhtémoc. Esa noche trabajé. Vimos que salían patrullas y ambulancias, y nos preguntamos que quién sabe qué pasó en Canoa.
—¿Usted conoció al padre?
Y a partir de este instante, Ramón —que tiene los vellos de las cejas largas y la barba rala, canosa— mostrará una memoria en donde los nombres han sido tallados como el mármol de los santuarios.
—Sí, el padre Enrique Meza. Era un gordo, moreno, medio alto. Esa misma noche se fue, dejó el pueblo. Era medio malo ese padre. Esa noche llamó a la gente y los alborotó para que fueran hacia allá, de aquel lado, pasando da la vuelta y tantito arriba —dice y señala hacia una barranca que se encuentra frente a la iglesia.
—¿Era la casa de Lucas?
—Sí, la casa de Lucas. Pero ya la remodelaron. Ese señor trabajaba en la caseta de Amozoc, y por eso les dio posada a los muchachos. Pero el padre no quería al señor Lucas. Decía que era político, cacique. Y que vienen los comunistas, y todéso. ‘Preparen hacha, machete, lo que encuentren, porque vienen los comunistas’.
—¿Por qué ya nadie quiere contar esto que usted me está diciendo ahora?
—Porque los mismos que lo hicieron ya se fueron, ¡se murieron del susto! —y estalla en una risotada—. Questo, quelotro… El chiste es que uno falleció en la cárcel.
—¿Falleció ahí?
—Bueno, dilató como 30 años. Luego salió, pero no dilató casi nada en morirse. Como dos años.
—¿Cómo se llamaba?
—Miguel Monarca. Ese estaba en la bola del padre. Pero la culpa la tiene el padre, no tuvo la culpa el pueblo.
—¿Por qué cree eso?
—Porque el padre era canijo. Pedía dinero a la gente. Si no lo tenían, hacía un embargo. Mandaba a unos a que te quitaran tu cobija, donde sea que estuvieras durmiendo.
—¿Usted conoce al señor Pánfilo?
—¡Pues sí! ¡Pues ese lo vio todo!
—No me quiso contar nada…
—¡Tiene miedo!
—¿Él asesinó a los muchachos?
—¡Nah! Trabajaba en aguas potables. Era herrero. Lo que pasa es que no quieren platicar bien. Como que tienen miedo. ¡Pues qué chingados! Yo no tengo miedo. Ahora le digo a usted esto: todos lo recuerdan bien. ¡Cómo no voy a acordarme yo, si tenía 20 años! Toda la vida, cuando pedía trabajo, me decían: “¡Ah, pero tú eres de Canoa, ahí se comen a la gente cruda!”. ¡Ja! Lo malo es que fue la mitad del pueblo. Y no sólo el pueblo: acá cerca hay una barranca que pertenece a Tlaxcala. Y de ahí se pasaron también. La gente gritaba: “¡Ayuda porque vienen los comunistas!”. ¿En dónde están los comunistas? ¡No estaban! ¡Ni que estuviéramos en China!
