Diario de Viaje
Por: Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11
Un día le preguntaron a Billy Joel que, de no haber sido músico, cuál carrera le hubiera gustado escoger. Sin pensarlo dos veces dijo que profesor: “Me hubiera gustado ser maestro de historia”.
El pianista y compositor –nacido en el Bronx en 1949– es uno de los rockstars más exitosos de su generación: ha vendido más de 100 millones de discos a lo largo de una carrera de 50 años, ha influenciado a una generación entera de músicos, y al día de hoy llena estadios con gente de todas las edades que van a escuchar sus canciones, muchas de las cuales ya conforman el llamado nuevo “American Songbook”. Billy Joel goza, a sus 70 años, de un éxito financiero y moral, y salvo dos o tres relaciones fallidas y una crisis etílica de la mediana edad, ha logrado salir bien librado de todos los escenarios posibles.
Pero hay un pormenor en todo eso: Billy Joel no parece un rockstar.
Si uno se lo encuentra por casualidad en el pueblo neoyorquino de Oyster Bay, en Long Island, donde vive con su esposa y dos hijas, bien podría ser confundido con Joe el Contratista o con Bill el Veterano de Vietnam, que monta una motocicleta Guzzi color grafito en el invierno helado y peina los caminos de la costa vestido con una cazadora de piel negra, lentes Wayfarer y una barba de candado. Es el típico babyboomer: corto, malhumorado y calvo. Y no es algo nuevo.
Ya en la década de los 80, William Martin Joel parecía un estudiante de leyes o un pasante de Contaduría vestido con traje marrón y corbata roja, saltando en el escenario del Madison Square Garden, destrozando micrófonos y untando whisky en el teclado de su Steinway para facilitar el glissando.
Esa misma situación del atuendo disonante con la actitud rockera permeó su música desde los inicios: sus letras iban sobre el hombre de clase media enojado con el sistema o del amor suburbano, de la Nueva York decadente o de la nostalgia cursilona, todas ellas combinadas con estilos que iban desde el Bebop hasta el Tin Pan Alley, desde el Folk hasta el Reggae. El resultado: un versátil repertorio musical que ha incomodado, también desde los inicios, a cada crítico que ha pretendido escribir sobre la música de Joel.
Veámoslo así: en el negocio de la música etiquetar es un deporte y Billy Joel se ha escabullido por siempre de las etiquetas. Ni a los críticos ni a los dueños del negocio les gustará jamás que su deliberación sea cuestionada por un músico que constantemente se reinventa; a las disqueras les gustará siempre conocer el público al que dirigirán sus inversiones millonarias y los críticos harán todo por que valga su palabra. Como nunca han podido encasillar a Billy Joel en tal estilo musical, bajo esta u otra conducta, los que tienen la última palabra en tanto a las carreras de los rockstars, se han dedicado a menospreciar su trabajo y decir que evidentemente Billy Joel no es un rockstar.
Pues no lo es. Billy Joel sea quizá el último de los héroes de la música popular, uno cuyo trabajo ha desafiado a las corrientes, a las críticas y a los fraudes. Cuando todos hacían New Wave, él hacía Doo-wop, cuando todos hacían Disco, el exploraba el Jazz. Entonces, ¿en dónde recae el valor de su influencia?
Su más reciente concierto en el Wrigley Field de Chicago fue lo más cercano a estar en una clase de historia de la música contemporánea con cerveza en mano. Con cada canción que interpretaba en el calor de los últimos días del verano, uno iba hilando las influencias que proyectaban sus canciones: esta tiene la crudeza de Kurt Weill en su introducción, esta otra tiene los acordes de McCartney y por aquí hay una que es Beethoven sí o sí. Qué tal esta que parece que tiene los arreglos de John Kander, o esta otra cuyo estribillo parece escrito por Dylan. ¡Es la voz de Elvis!, y en esta es Little Richard tocando el piano, y la que sigue parece como si Frankie Valli estuviera cantando. Ir a un concierto de Billy Joel es una clase didáctica, es experimentar un crisol musical.
Billy Joel no es un rockstar, es, más bien, alguien parecido a un profesor de historia.
Seguiré contando.

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Epigramas
Puebla, Ciudad Incluyente, se ha adelantado a los tiempos de Pascua y ahora tiene un bonito logotipo que parece un huevo.
