Diario de Viaje
Por: Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11
Pongamos que alguien entra a un museo. Ese museo es el Art Institute of Chicago. Ese alguien sabe, desde hace mucho, cuál es la obra que guardará para el final de su visita. Ha estado esperando verla por años, y hoy por fin da la casualidad de que está en la
misma ciudad que su pintura predilecta: Nighthawks, de Edward Hopper.
Ese alguien se matará los pies sabiendo que al final del recorrido que él mismo ha diseñado, la espera habrá valido la pena. Reservará una buena cantidad de tiempo para su disfrute, sin nada de pretensiones ni pedanterías: su apreciación y nada más.
Sentarse frente a la obra de Hopper, admirarla, meterse en ella, olvidarse de todo y ya.
Nada de demostrar a sus acompañantes lo mucho que sabe sobre el vino que bebía el artista, o sobre cuántas veces se jalaba los mocos en un día. Nada de demostrar sus
referencias musicales ni hablar de la paleta de color, que es lo mismo que intentar explicarle a un daltónico si el vino que beben tiene mucho roble o notas de piña. Nada de eso.
Solo verlo. En silencio. Y ya.
El arte nunca ha sido, para ese alguien, motivo de viaje. No es definitivamente un docto en el tema, de los que organiza durante años un viaje en torno al Guernica, ni de los que pertenece a un club en el que antes de un tour por toda Europa en busca de las
obras desperdigadas de equis-pintor-impresionista, estudian vida, obra y desastre del mismo. Este alguien simplemente disfruta de caminarse los museos de las ciudades que visita. Este alguien, para que me entiendan, cree en secreto que el verdadero encanto de
cualquier museo recae en la calidad de su librería y tienda de recuerdos, como el de los restaurantes en su pan: podrá tener setenta estrellas Michelin y lo que sea, pero si no hacen buen pan con mantequilla, el restaurante vale un cacahuate.
Ha pasado un rato. Nuestro alguien ya ha recorrido todo el ARTIC para esta parte de la historia. Ya ha visto los Manet, Menet, Minet y Monet y ha fingido un poco que le importan.
Pero ha llegado su momento. Se dirige entonces al ala del museo en donde se encuentra el arte moderno americano. Ahí todavía camina lento, pues no quiere que se le note ansioso.
¿Quién se emociona por un cuadro? Todavía se da el lujo de detenerse a admirar algunas obras más: El Tiempo Traspasado de Magritte, la Torre Antropomórfica de Dalí y dos Mirós.
Pero ahora sí, llegó la hora. Cruza el gran vestíbulo que lo conducirá al cuadro, emocionado por encontrarse con la sencillez del pintor neoyorquino, quien pecaba de cotidiano. Nuestro
alguien, también, quiere confirmar lo que ha venido creyendo desde hace algún tiempo, que esa obra es la representación física de las ondas radiales nocturnas.
Pero hay un ligero impedimento. Cuando ese alguien llega a donde debería de estar el cuadro, se encuentra con un muro de cartón, como los que ponen en los centros comerciales cuando la crisis llega y para ocultarla ponen “nos estamos remodelando para
ti” Esto debería ser una broma, esto no puede estar pasando.
Camina unos pasos y ve que la segunda entrada está igual, tapada con un burlón muro de tablarroca. Camina. El tercero también lo está.
Nuestro alguien se acerca a una guardia de seguridad que está muy entretenida en su iPhone y poco le importa si un niño le echa babas al American Gothic, de Wood. Le pregunta, agitado, por la obra que ha venido a ver.
-Está muy lejos, señor.
-Dígame, en dónde. No me importa caminar hasta allá.
-Está muy lejos- repite la mujer.
-Pero he caminado todo el museo, créame, no me importa.
-Es que está en China, señor. El museo lo ha prestado mientras remodelamos el ala de arte moderno americano para usted.
Nuestro alguien seguirá teniendo que admirar el Nighthawks de Hopper en el póster decolorado que cuelga de la pared de su recámara.
Seguiré contando.
