Diario de Viaje 
Por: Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11 

Tenía ocho años la primera vez que vi llorar a un hombre. Se me hizo de lo más extraño, pues yo pensaba que había cierta edad en la que los hombres dejaban de hacerlo; misma en la que, lógicamente, dejaban también de ser niños. No llorar, creía yo, era una capacidad inherente a los adultos y ver a uno hacerlo, fue toda una revelación.

Mis padres, un mes antes, me habían enviado como por paquetería a un campamento de verano comandado por los Legionarios de Cristo (todo bien, gracias) en el estado de Wisconsin, y fue la primera vez que viajé solo en un avión y estuve lejos de casa. Compartí ese julio con hijos de millonarios mexicanos y con uno o dos que ya mostraban, a edad temprana, tintes sociópatas. Era el típico campamento de verano católico de misa a las 7a.m., uniformes horrendos y clases de inglés por mera formalidad.

La Academia de Oaklawn se alzaba -y lo sigue haciendo- junto a un gran lago de nombre impronunciable (Koshkonong) en torno al cual hacíamos fogatas por la noche; los alrededores estaban conformados por grandes campos rasos que lo mismo servían como cancha de beisbol que como bosques imaginarios para jugar ‘bandera’ tan pronto se escondiera el sol.

Ahí pasé el mejor verano. El mundo entonces era diferente, era agosto de 2001.

Regresé montándome en un avión en el aeropuerto O’Hare de la mano de una elegante azafata, con un porta pasaportes enorme colgado al cuello que evidenciaba que yo era niño y viajaba solo. Toda un experiencia, pues la gente se enternece al ver viajar a un niño solitario, le dan regalos y dulces, como teniendo compasión por él y por los suyos que se han quedado angustiados en tierra.

Lo que más recuerdo del regreso fueron las luces de México quemando la noche, al tiempo en que el avión hacía ese majestuoso viraje que hacen todos los aviones cuando descienden sobre el valle. El interior estaba oscuro y la luz de la ciudad entraba como una llamarada. Fue en ese instante que el hombre que iba sentado junto a mi, comenzó a llorar. Sollozaba. Sus lágrimas caían como el agua de una llave abierta, sus cachetes ya se habían hinchado.

Con toda la vergüenza de un niño, le pregunté si estaba bien.

-Sí, niño, lo que pasa es que hace veinte años que no regreso- me dijo con la voz cortada. -Me fui cuando era como tú, crucé por el río y ahora regreso por el aire. Tengo miedo de no reconocer a mi mamá-

Creo que no pude contestarle nada, pero esa fue la primera vez que vi llorar a un hombre.

 

***

 

Hoy vengo sentado en un avión, partiendo del mismo aeropuerto, yendo de Chicago a casa. En la fila de adelante viaja, con pasaporte al cuello, un niño pequeño. Todas las azafatas y los que están sentados junto a él, le hacen fiestas, quizá porque es un niño que viaja solo, quizá porque viene vestido impecablemente con unas botas, pantalones de mezclilla, camisa vaquera y un sombrero que le da un porte inusual al pequeño viajero. Las azafatas le llaman con acento americano “Little Charrito” y lo atienden mejor que a un rey.

A mitad del vuelo comienza a llorar y todos, en la tripulación se vuelven locos. Yo, que ya me había inventado un montón de historias acerca del Little Charrito dentro mi cabeza, paro la oreja para saber qué es lo que está pasando. Le traen dulces, refrescos y un avión de juguete. Cuando logra conciliar el llanto, la azafata, con un español muy malo, le pregunta qué pasa. El pequeño le contesta en voz bajita.

-Tengo miedo de que mi abuela no me quiera.

Sería incapaz de describir lo que vi cuando llegamos a México. Al cruzar las puertas al mundo real, el pequeño de sombrero, de la mano de una asistente de la aerolínea, se encontró con sus abuelos y se fundieron los tres en un abrazo enorme, al grado en que perdí de vista al niño aunque no su sombrero.

Su abuelo lloraba, su abuela también. Por fin se conocieron, después de quién sabe cuánto tiempo de solo verlo en fotos, después de quién sabe cuánto de escuchar su voz solamente por teléfono.

Conforme uno crece va perdiendo la habilidad innata de llorar. Pero siempre existirán los regresos para recordarnos que somos niños, viajando solos de regreso a casa.

Seguiré contando.

 

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