Por: Mario Galeana

Cuando prometieron que el Congreso de Puebla saldría del ostracismo en el que se mantuvo por cuatro años no advirtieron el grado de espectáculo que alcanzaría cada sesión ordinaria.

No dijeron que entre el Pleno y cada área del Poder Legislativo vagaría algún tipo con chaleco guinda y las letras de Morena impresas en la espalda, o un aplaudidor dispuesto a aporrar los palcos con sus gritos cada vez que subiera a tribuna un diputado de la alianza Juntos Haremos Historia.

No dijeron que, desde su lugar como vicepresidente de la Mesa Directiva, el diputado Héctor Alonso Granados interrumpiría al panista Marcelo García Almaguer para gritarle que es un rotundo ignorante por solicitar la presencia de notarios en cada una de las sesiones de las comisiones legislativas.

No dijeron que cada interrupción, que cada error al contar la votación de los puntos de la orden del día ocurriría con la venia y —sobre todo— bajo la risa sarcástica del presidente de la Mesa Directiva, José Juan Espinosa Torres.

No dijeron que, con voz nasal, el mismo Alonso Granados gritaría desde aquella alta vicepresidencia: “¡Esa avioneta no es mía!”, mientras el aliancista Gerardo Islas Maldonado exhibía, también desde tribuna, las fotografías de una aeronave que, según él, el diputado de Morena posee en sociedad en Estados Unidos.

No dijeron que, en respuesta, el vicepresidente echaría en cara a Islas Maldonado sus viajes, sus fiestas con el hermano de Luis Miguel —“y no diga que no, porque hasta lo tenemos retratado con su sombrerito puesto, diputado” —, las actrices con las que se ha relacionado sentimentalmente y hasta la loción que usa cada mañana: “¡Qué importa si usamos Palmolive o Avón, si usted usa Chanel. Ah no, perdón, esa es de mujer!”.

No lo dijeron, pero eso es hoy el Congreso de Puebla: un páramo en el que no el debate, pero sí la humillación impera durante cada sesión ordinaria.

La Legislatura anterior sesionaba y legislaba en exprés; en la nueva Legislatura, la que ocurre bajo el manto de la llamada Cuarta Transformación, también se legisla en exprés, pero antes ofende, se culpa, se escupe y, entonces sí, se vota.

Ayer, mientras se discutía una reforma a la Ley Orgánica de la Fiscalía para impedir el ascenso de Gilberto Higuera Bernal como fiscal General del Estado, la oposición encabezada por el PAN —que antes era mayoría— denunció todo aquello de lo que se acusó a la LIX Legislatura: dictámenes fantasma, votaciones inmediatas, atropellamiento y falta de consenso.

Fue representativo que, por ejemplo, al contar los votos sobre la reforma, el presidente de la Mesa Directiva se limitara a contar exclusivamente a los diputados que estuviesen a favor —26— y olvidara que el protocolo legislativo obliga a realizar, a su vez, el conteo de los diputados que estuvieran en contra o en abstención —15—.

A la discusión de la reforma se impuso una distinta, ulterior: la los viajes, los rencores añejos, los estertores de un conflicto postelectoral.

 

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