Eureka
Por: Dolores Mendoza / @LolaMenrom ‏  

 

Mucho se ha hablado del nuevo gobierno, ese que todavía no entra, pero que ya es juzgado con severidad.

Al parecer, los intelectuales han desarrollado la habilidad de predecir el fututo, y anticipan que cada paso que el gobierno en transición da, se encamina al mismo precipicio en el que han tocado fondo los gobiernos anteriores, a quienes no dudaron en elogiar.

Lo cierto es, que a muchos nos hubiera gustado que desarrollaran esta habilidad un poco antes, tal vez un 26 de septiembre, cuatro años atrás.

A ellos, poco parece interesarles los 30 millones de ciudadanos que respaldaron el Nuevo Proyecto de Nación.

La IV República, bajo sus notas, parece ser a falacia más grande de los últimos tiempos, pelean unos con otros por ser los primeros en desacreditar su naturaleza, les parece insultante; aún después, de haber visto y vivido el enterrado Pacto por México.

Desmoralizar a quienes depositaron su fe en las urnas el pasado primero de julio, parece ser el nuevo challege entre las plumas más “finas” de la nación.

Puede ser que el pragmatismo con el que ha actuado el legislativo en la última semana, les parezca una línea base de lo que será el nuevo gobierno, al menos hasta la prueba de los primeros tres años, a la que apuntalan, no se pasará.

- Pero ¿Qué de nuevo hay en esto?

No es novedad que el pragmatismo sea la nueva herramienta preferida de quienes se envuelven con la bandera del Movimiento de Regeneración Nacional. Se actuó de esta manera durante toda la campaña, y se ganó, a pesar de los actores que se sumaron y la toma de decisiones a último momento que sorprendió a la misma militancia. Se ganó porque el Presidente Electo, de manera empírica, sabe bien que “el idealismo no gana elecciones”, como lo escribiera Jenaro Villamil.

Lo que tal vez se les esté pasando, y haga que sus predicciones se alejen de la realidad que los obradoristas han aprendido a entender, es que el futuro presidente pretende pasar a la historia como el mejor de los últimos tiempos, es decir, quiere ser un buen presidente, sin más algarabía, acompañado únicamente de la simpleza que ya lo representa.

Pero no confundan la simpleza con ingenuidad, pues sí algo se ha medido bien, son los costos que el mismo pragmatismo puede acarrear a la transformación de la nación, es por esto que Andrés Manuel, ha blindado a su gobierno de las decisiones que en su momento se tomaron dentro de su propio partido.

Y es que la figura de los Delegados o “Súper delegados” como a la prensa les gusta llamarles, no es más que un mecanismo de contrapeso que fortalece la estructura del nuevo gobierno, no solo para controlar en cierta medida aquellos puestos que se perdieron frente a los partidos que ahora forman parte de la “oposición”, también para ejercer control sobre todas las cepas faccionarias que pretenden usar como camuflaje el ahora popular “color MORENA”.

A reducidas cuentas, se ha formado una nueva estructura de gobierno que compagina con el modelo de austeridad, simplifica el proceso de toma de decisiones, elimina en gran medida la burocracia a la cual nos hemos acostumbrado a la fuerza, y lo más importante, responde únicamente al presidente.

Porque siendo congruentes: ¿quién le debatiría las decisiones que tome respecto a su propio cuerpo de trabajo?

No se le puede culpar de querer proteger el proyecto de toda una vida. Recordemos que el nuevo gobierno tendrá que lidiar con los problemas que le van a acarrear los incompetentes que se beneficiaron del arrastre que Andrés Manuel generó en las urnas.

Pues la transformación del país será un proceso a largo plazo, que dependerá cada seis años de la buena voluntad de un hombre, de una sociedad participativa y de personas capaces de dar carpetazos a quienes no han entendido que las viejas prácticas no tienen cabida en la IV República.

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