Eureka
Por: Dolores Mendoza / @LolaMenrom
Hace tiempo, en uno de los tantos debates que tuve (al menos conmigo misma) durante mis años como universitaria, desmenuzaba el término paridad para poder entenderlo. Me parecía aberrante que estando en el siglo en el que estamos, se tuviera que hacer uso de las leyes para hacer valido algo que es obvio. Haciendo referencia claramente a la igualdad.
Profundizando en este debate, siempre me pareció que la paridad era algo limitante para ambos sexos, claro, que empoderada en el mío, mis argumentos siempre aludían a que el número de mujeres capacitadas para un puesto, podría ser mayor, y que dicho principio favorecía a que no siempre, estos fuesen ocupados por los mejores perfiles, sino por quienes cumplían con una cuota.
Ahora bien, mi muy reciente acercamiento a la política (la que se aprende, no la que se estudia), me ha permitido darme cuenta de los daños que tan mencionado principio puede causar. Pues la paridad, entendiéndola como la igualdad de oportunidades en el ámbito político, tanto para hombres como para mujeres, una vez encajada en nuestro lenguaje, tiene que permear de manera real en todos los sistemas, incluyendo al de partidos. Y este es en el que creo, por experiencia vívida, en el que recae el mayor de los pesos, pues de él depende que el principio de paridad se cumpla en los demás ámbitos, claro, siempre yendo de la mano de la normatividad.
No es que exima a la autoridad electoral, pero considero que quien hizo las fórmulas en los institutos electorales de los estados, para la asignación de candidaturas por partido político, nunca pensó que en muchos casos, la determinación del sexo fuera a terminar con años de trabajo previo. Pues para sorpresa de muchos (hombres), quien tendría que representar a sus partidos en las distintas candidaturas que se jugaron el pasado primero de julio, tendría que ser una mujer.
Y aunque sorprendidos y molestos, con lo que nadie contaba, es que muchos de estos señores políticos, que indudablemente trabajaron con desmesura para hacerse acreedores de las candidaturas de sus partidos, tenían esposas, al menos una, y así, sin más, como si los cuadros políticos femeninos no existieran, al menos no en la región Norte del estado de Puebla, las candidaturas fueron ocupadas por madres, esposas, hermanas, hijas, sobrinas y no dudo que amantes.
Es por esto, que creo que la relevancia de la paridad recae en los partidos y no en los órganos electorales, porque sí al menos, las escuetas dirigencias de los partidos políticos hubiesen puesto interés, ya no digo en la formación, sino en la designación de los cargos, me hubieran evitado la pena de ver un desfile de señoritas en tacones sobre un camino rocoso, porque si, como lo describo, la participación de la mujer en esta zona, fue un circo, ya que estas mujeres, claramente fueron introducidas a un medio en el que son ajenas; no faltó a quién ni el uso de la palabra le daban en sus eventos, ni tampoco la que se sintió muy lista y pensaba que una política diferente implicaba irse tomar fotos “pal face”.
De manera lamentable, el principio de paridad, cuando no es dotado de la relevancia que el término tiene por sí mismo, lejos de brindar igualdad de oportunidades, ha desdeñado al sexo femenino, limitándolo a ser paja, simples herramientas de quienes prefieren ver a las mujeres cercanas a ellos (aunque no estén preparadas, ocupar los cargos políticos en cuestión, antes que ver colapsar la continuidad de sus proyectos. Y perdón por la franqueza, pero siempre he pensado que una mujer que no se gobierna a sí misma, no merece gobernar.
