Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria
Como algunas veces, hoy que escribo para esta entrega, me levanté muy temprano porque no soporté el sueño en el que volvía una escena en la que hace poco más de treinta años, yo me encontraba en una extrañísima fiesta donde se escuchaba una canción que por aquellos años, estaba en el centro de aquel mi mundo.
Entre los dinteles del sueño, supe que debía despertar, porque llegaba una mujer que me preguntaba por el amor de entonces, pero era una mujer que no recuerdo, y acaso me parece haberla visto en la vida, fuera del sueño, aunque la confundía con una de aquellas muchachas de mi vida en ese tiempo, pero cuando me acercaba, sabía que no era ella. No la identificada entre las caras conocidas ¿O me negaba a recordarla, o quise borrarla hasta olvidarme de ella? Quién sabe. Pero allí, de lejos, me pedía que escuchara aquella canción de Silvio Rodríguez (Con diez años de menos), que en efecto, en aquellos años, era como cualquier otro himno juvenil en el que se cree con el fervor más alto en la vida a la que no se le ve fin.
–No te acerques a mí –me decía– porque el amor es una bestia que vuelve.
Y yo quise despertar, como sangran los cobardes. Desperté y pronuncié el primer verso de la mañana que nació en el sueño.
–He soñado a una mujer que no es nadie– me dije– y debo despertar para escribirlo.
Un verso del cobarde que soy porque preferí huir del sueño, con la luz del alba atravesada contra el pecho. Qué miedo me daba el silencio mientras cogí la pluma y escribí escapando del nombre de aquella mujer de la que me sentí perseguido en un sueño, en el que también estaban mis amigos y al único que identifico en la memoria era Victor Manuel Cárdenas que sonreía y levantaba una copa de vino rojo, y me decía “salud” sin miedo, como brindamos una vez en Morelia, para después caminar oscilando con su mochila al hombro, abrazados por la avenida Madero hasta el autobús que lo llevaría en la total embriaguez, a su amada Colima de regreso.
Cuando quise despertar en la escapada del sueño, me dije: Víctor Manuel está muerto. Me senté en la cama y en todo mi cuerpo estalló el nuevo verso que anoté en el cuaderno (Siempre duermo con un cuaderno al lado y una pluma que amo, así creo dormir protegido).
En el sueño había mucha gente que conozco y otras personas que nada más he visto, pero allí estaban; gentes de aquel tiempo, cuando de verdad creía en la vida y pensaba que el amor me iba a salvar (no fue cierto), aquellos días en que ya no tenía más que a la poesía, como el único camino verdadero (lo fue). En el sueño, antes que me dieran ganas de llorar y saber que aquella mujer bien podía ser la muerte misma, quise despertar, porque sabía que estaba soñando y que no debía permitir sueños tan reveladores como ese; me creí con el derecho de mover mi sueño a donde más me convenía: la suspensión, el olvido y la vigilia. Lo moví y el resto de la madrugada estuve despierto, escribiendo un poema con el que arreglaré cuentas cuando se enfríen sus tizones y esas brasas, que todavía arden en la hoguera que siempre quedan en un poema recién escrito, hasta que por sí mismo se apaguen solas las brasas, como se apagan las palabras en los labios de alguien que muere. Así el poema debe dejarse enfriar, hasta que con otra tinta seamos capaces de revivirlo y el poema, de verdad reviva en los nuevos ojos que lo leen por vez primera.
Lo curioso del sueño, es que la gente que allí estaba, celebraban algo que yo había hecho: un libro nuevo, el estreno de una de mis obras de teatro o mi cumpleaños. Luego pensé, en ese lapso entre el sueño y la escritura, que tal vez aquella fiesta, era mi funeral en el que no me daba cuenta que celebraban mi muerte y por eso, quise escapar de aquella mujer hermosa que hubiera querido recordar quién era cuando me habló del amor que vuelve:
–Es un pájaro que no te deja vivir en paz –me dijo además–, te mata y sigue volando, siempre vuela.
Por eso desperté como loco, como el imbécil que le teme a los relámpagos y corre a refugiarse bajo los árboles sin saber que es allí donde de verdad caen los rayos. Por el temor a algo que no entiendo, desperté a horcajadas y me ordené escribir para no morir, o para no saber quién era aquella mujer, que hubiera querido que fuera la muchacha de la misma ciudad donde vivió Victor Manuel y de la que sólo sé que en el pecho tenía un caracol vivo que me devolvió imágenes de un laberinto del que debía huir como el cobarde que soy cuando sueño la verdad.
La canción insistía: “Esta mujer propone/que salte y me estrelle/contra un muro de piedras/que alza en el cielo…” y la mujer del sueño, me señalaba aquella canción en el aire, de la que también tuve que huir. Algo trataba de hacerme recordar y tuve el presentimiento que en realidad, nadie más podía verme salvo ella con sus ojos hermosos y Victor Manuel, mi hermano en la poesía, mi mejor amigo. Los demás bebían y estaba contentos sin verme. ¿Y yo era un fantasma? No lo sabré nunca.
¿Y qué son los sueños, sino relatos hermosos, como cuando se leen cuentos nuevos, novelas desconocidas en las que hay escenas que se reconocen, o en las que hay mucho de la vida nuestra? ¿Qué cosa fue aquel sueño que me echó de sus esteros y me devolvió un instante imposible y me desconcertó, hasta escribir temblando un poema que ya camina en el cuaderno, como una bestia babeante en el bosque de mi vida?
Y el sueño, sueño fue, pero se queda en mi corazón, como las palabras permanecen en la pagina.º
