Letras al vuelo

Por: Aldo Báez

La paradoja de la moral

Concebimos, dice Jankelevich en su Paradoxa morale (2000), que de todas las partes de la filosofía moral, la que actualmente nos interesa es el honor. Una moral honorable para la opinión pública está a priori sujeta a revisión. Arreola podría pensarse como el acto literario de esa revisión que el filósofo francés pensó. El honor es en el autor de Bestiario, uno de los vértices, de su creación, en varios de sus cuentos parece un leit motiv oculto. Aunque tiene un rasgo que evita la posibilidad de moralizar y ello establece una paradoja, una opinión encontrada, Arreola ríe como enano mientras plantea su dilema moral. En una frase es el honor del burlado el que le interesa, el honor de funcionario de pueblo cuya máscara en lo más honorable o la sencilla recriminación al zapatero que no ama la profesión. Es en cierta manera, lo escrito por Vlácav Havel, el intelectual y expresidente de Republica checa –como pensando en Arreola— la paradoja del carácter paradójico de ser humano se halla en que precisamente en él reside la fuente de todo esplendor y miseria, de su tragedia y de su grandeza, florecimiento dramático y fracaso continuo.

Reconoce que el drama ético para el artista es hacer obras más atrayentes por medio de lo negativo que hay en el alma del hombre. Para el artista es muy duro cantar las cosas buenas de la vida, aunque alguien lo haya hecho con grandeza, sobre todo cuando hay desaliento y falta de fe. La moralidad en Arreola no es una cuestión sencilla, su creación no pretende disertar entre el bien y el mal, lo hace. Sus personajes, aunque se llamen ángel o no sea sino un apasionado escritor de diarios, no se refieren al ser angélico que invade el espacio terrestre con ánimo de juzgar impasiblemente la actitud humana. Sus ángeles son humanos, falibles, se quejan por los automóviles que los intentan embestir o un loco cazador trato de matarlo, al grado que parece imposible que no sean una broma más del jalisciense.

Los personajes de casi todos los cuentos, sean ángeles o no, son dolorosamente cómicos, o más aún, irónicos. La ironía es una expresión lúdica que solo la poseen los hombres inteligentes. No parece que la intención de Arreola sea exponer a sus personajes creados al juicio universal y válido de la moral, simplemente, los expone como son, humanos: irónicos.

La ironía del jalisciense se integra a su prosa como si fuera una sola cosa. En estricto sentido Arreola es el hombre sensible frente a la cultura, no el pensador que pretende, su malogrado discípulo, Jorge Arturo Ojeda. No es el hombre de profundidad reflexiva como el de diversidad creativa o la plática encantadora. Ello no quiere decir que el amante del ajedrez que jugaba en las serenas tardes de la Casa del Lago de Chapultepec, careciera de ideas, sino que la fantasía e ironía al pensar rebasaba con mucho la formulación teórica; su cultura era más propia del crear que del creer. Sus conceptos de hombre, cultura o civilización, recogidas en el volumen La palabra educación, no sería un libro del que el autor se sintiera orgulloso. Es claro que sus pensamientos son en general, muestra de su cultura y erudición, su acento falta: el café se enfría.

Arreola, nacido en 1918, autodidacta que nos descubre el mar que corre entre la instrucción y la educación y la cultura, pues no olvidemos que cuando recibimos la noticia de sus truncos estudios hasta cuarto grado de primaria, resulta impresionante descubrir como uno de los hombres más cultos del país, apenas si asistió a la escuela (prueba de la lejanía entre cultura e instrucción); el temple como actor y narrador mexicano nacido en Jalisco, se funde en las leyendas que son del dominio público acerca de sus cualidades casi únicas como platicador, al grado que alguien dijo que sus mejores obras y ensayos los realizó con una taza de café por de medio.

El dilema por apuntalar los rasgos morales en la obra de Arreola, se presenta en virtud de sus escritos antes que por sus actos. No es la ética lo que interesa al escritor, ya George Bernard Shaw apunta que ello no es incumbencia del creador. Lo paradójico parece ser que ella pudiera servir, sin denuedo de su obra, que siempre está presente. Arreola no plantea dilemas éticos o morales, expone el alma de sus personajes a través de sus vicios y virtudes, como un creador tragicómico antes que como un moralista. Es como G. Lukács afirma de la novela, para Arreola, su ética se transforma en una estética al interior de su obra.

La ironía es una flor rara en los prados literarios, sin embargo, existe una rama de ella que proviene desde Jonathan Swift o François Rabelais, hasta Flann O’Brian, Alexandr Blok o Jorge Luis Borges. La ironía es una forma de la melancolía, es un reír suave que evita que las lágrimas salgan sino a través de una dolorosa mueca --que muchos confunden con la risa. La ironía en Arreola se parece un poco a la de Franz Kafka, en cuanto a la circunstancia de extrañeza frente al mundo; a la del terrible León Bloom en medio de los aguijones que el mundo le clava justo en ese lugar sin coincidencia: el alma; sin embargo, su ironía adquiere un dejo de humor que es casi único en la historia literaria. En Arreola se funden a manera de ironía de lo ridículo, es la gran confabulación de la ironía.

La ironía invade todo aquello que la moral ni sospecha, Arreola arremete desde ella, no tanto contra las tradiciones y costumbres, como contra el modo de vida de los hombres, incluso de la representación de ellos. Podría decir, como Celan, “he intentado informar de algo que se me apareció en el mar profundo del alma”. La ironía es una afectación hermana de la melancolía: su rostro sonriente, sardónico que jamás pierde la belleza del dolor. Arreola es un cofre que resguarda los dolores del mundo y nunca pierde la sonrisa. Su melancolía no es como la de Edvard Munch de colores indefinibles sino como la de don Quijote, fuera de su época.

“El guardagujas” es con mucho una de sus más representativas obras del oriundo de Ciudad Guzmán. No sólo por la impresión que produjo en el maestro Jorge Luis Borges; ni por la notable influencia kafkiana, sino porque en ella se encuentra ese rasgo que alcanza la perfección narrativa envuelta en la circunstancia fantástica de la prosa con los toques típicos en Arreola; un humorismo negro, casi irónico o absolutamente irónico, donde el lector está obligado a creer porque así está escrito y porque así debe ser un viaje por tren. Tren en el que el propio autor un día subió y, lamentablemente, aún no encuentra el sitio, que no existe, por cierto, pero que Arreola sabe que tiene que llegar.

Arreola es el último dandy de una tradición extinta. Se cultivó entre el campus y la civilización de las bellas artes, poca instrucción y mucha cultura. Fue a la Universidad a enseñar, a convivir, a educarse, no aprendió la formalidad de la instrucción.

Hombre elegante en un tiempo que la elegancia se mira con desconfianza, que está en desuso. Entre lo sublime y lo ridículo solo existe un paso. El puente de la modernidad. Arreola era profundamente moderno: lúcido e irónico, lo ridículo no le era ajeno.

 

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