Me Lo Contó La Luna
Por: Claudia Luna[email protected]

“Otro manchado”, eran las primeras palabras que me venían a la mente cada vez que encontraba a una persona con tatuajes. Enseguida volteaba con alguno de mis hijos para prevenirlo con un: “Nunca te vayas a hacer uno”. Carlos, mi hijo, me contestaba con una sonrisa: “Yo me voy a tatuar tu nombre, ma, aquí” y se señalaba las costillas. Mi respuesta siempre era la misma: “No lo hagas, lindo, se te puede achicharrar el cuero si te pintas mi nombre”. Esa conversación se repitió muchas veces, hasta que un día se lo hizo.

A pesar de mis prejuicios, cuando fui a Marruecos, no dudé en hacerme un tatuaje temporal con henna. Me sentía feliz con las flores y grecas a lo largo del brazo que me dibujó una vieja en el mercado. Estos dibujos como encajes han sido usados por mujeres en África, Oriente Medio y Asia durante cientos de años. En la India es una tradición que, para su boda, la novia adorne su cuerpo con arabescos de henna. Así aparta el mal y expresa su felicidad.

Tras mi viaje, me di cuenta de que estamos llenos de juicios. Nos pasamos la vida emitiéndolos, muchas veces sin conocimiento y, si vamos a ser sinceros, habría que aceptar que no sirven de mucho. Los tatuajes y decorados sobre la piel han jugado diferentes roles a lo largo de miles de años. Han servido como marcas rituales, de identificación, estatus, protección y belleza. Sus orígenes se pueden rastrear unos cinco mil años atrás en momias egipcias que tienen imágenes de toros y borregos.

Quise saber más sobre los tatuajes y me conmovió enterarme de que a los jóvenes iniciados en el budismo les graban rezos ancestrales e imágenes de animales, para dotarlos de protección y poder espiritual. Estos monjes portan en la piel una antigua plegaria como si fuera una armadura. Algo poético y hermoso.

Como en todo, también existen realidades menos poéticas; un buen ejemplo son los yakuza del Japón que poseen una tradición ancestral y se consideran los últimos herederos de los samurai. La sociedad los percibe de manera diferente, pues por años han estado asociados con el juego, la droga y la prostitución; si bien, se rigen por un estricto código de honor que los fuerza a cortarse la última falange del dedo meñique cuando cometen una falta mayor. Eso, junto a sus tatuajes, son los distintivos más conocidos del mundo de los yakuza. Los complicados dibujos que se graban en la piel están basados en leyendas japonesas, tardan años en completarlos y por lo general les cubren el cuerpo entero.

Con un sentido diferente, en África algunos guerreros etíopes, que han vencido a un enemigo, marcan su cuerpo con escarificaciones que se logran al hacer cortes repetitivos sobre la piel, para  después frotarlos con ceniza hasta que cicatrizan. La escarificación denota identidad y honor para el guerrero.

En la actualidad, existe un interés creciente entre los jóvenes por las marcas y decorados sobre la piel. Un muchacho me contó que sus tatuajes le sirven para encontrar el camino de vuelta cuando se le apagan las luces y pierde el rumbo. Son como señales luminosas que le recuerdan a las personas y eventos importantes en su vida. Le dicen de dónde viene y a dónde realmente quiere llegar. Me mostró un reloj que se grabó con la fecha en la que nació su papá. Lo hizo porque ambos comparten el gusto por estas máquinas y porque de él aprendió, entre otras cosas, que si no estás presente en la vida, ésta se te pasa y la pierdes.

Mientras escuchaba al muchacho, mi visión sobre el tema se ampliaba, a la vez que mis ideas preconcebidas y mis veredictos se desvanecían. Es un error mirar los tatuajes a través de un solo filtro. Las marcas en la piel han estado cargadas de tantos significados como culturas existen alrededor del mundo. Más aún, cada individuo que marca o decora su cuerpo cuenta su propia historia, deja su huella en sí mismo y utiliza sus propias letras para componer la tonada que portará en la piel.

 

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