Me Lo Contó La Luna
Por: Claudia Luna[email protected]

Hay días, como hoy, en los que el dolor me invade y las certezas de mi vida que, en otro momento fueron sólidas como peñascos, me parecen fantasmas transparentes. La ansiedad se me revuelve con el malestar. Esa maldita congoja que hace que me tiemblen los dedos y me provoca comérmelos a mordidas. En días como este, me cuestiono si he sido una buena madre. Supongo que para las mujeres que tenemos hijos, esa pregunta es una puñalada certera. ¿He hecho lo mejor que podía o dejé por descuido o desidia algo sin hacer? La lista apenas empieza y me siento dispuesta a destrozarme a la vez que avanzan los minutos.

No sé si todo el mundo tiene días así. Tal vez es cuestión de edad o está relacionado con la situación geográfica. Es posible que nos suceda más a las mujeres que a los hombres, no obstante, encontrar la explicación ahora no me ayuda porque el cuerpo me pesa y me duele, la cabeza me zumba y me cuesta distinguir los objetos a mi alrededor. Tengo la sensación de estar flotando en un sueño rodeada de oscuridad. Busco una silla y me siento, respiro y me concentro en localizar ese sufrimiento dentro de mi cuerpo. Lo hallo justo arriba del estómago, oprimiéndolo y, cuando creo saber dónde está, salta a mi cuello. Siento una telaraña que me envuelve la garganta dejándomela seca como lija y con sabor a tierra.

Al tiempo que me ataca la inquietud, mi mente busca con desesperación un lugar de paz donde refugiarse. Al final, decido salir al patio y me quedo ahí chapoteando un par de horas en mis dolores, mi mente parece caminar en círculos mientras corren los minutos. Después de un rato, que parece eterno, mis pensamientos de angustia, se interrumpen al mirar el cielo, me entretengo con la luz y las nubes que forman figuras. Miro a lo lejos y veo unas mariposas que vuelan junto a los tulipanes, debe de ser la temporada, pienso. La enredadera ha cubierto la cerca y forma un muro con tonos infinitos de verde. Pero no es eso lo que debería estar pensando, no en este momento, tengo buenas razones, muy buenas razones para no mirar el firmamento, pero el cielo está tan azul y hoy tiene una luz extraña. Es casi como si pudiera oírlo.

Entonces, como en una epifanía, me percato de que no importa en qué punto de la vida estemos o cuánto hayamos recorrido. Se empieza por el principio. Hago mentalmente una lista de las cosas que añoro y que me nutren. Encuentro que tengo ganas de hacer ejercicio y leer libros, quiero reírme de cualquier cosa y salir más con mis amigas, caminar y ver los árboles, realmente verlos a la vez que respiro entre ellos.

Hoy me doy cuenta de que no tengo que tomar resoluciones apresuradas, no es necesario salir corriendo y tampoco preciso de alguien para que me salve o me resuelva las cosas. No sé cómo voy a solucionar mis dilemas pero, me percato de que no necesito saberlo en este momento. Las preguntas me caen como cascada: ¿Me voy a volver a caer? ¿Voy a estar desolada otra vez? ¿Muchas veces? Hoy no lo sé, las respuestas ya vendrán una a una.

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