Tras el discurso de José Juan Espinosa, los diputados fijaron su posicionamiento entre traspiés y llamados a hacer a un lado “los intereses partidistas”
Por: Mario Galeana
Todo ha cambiado, pero nada ha cambiado. Hay una gobernadora electa, pero hay un “gobernador legítimo”. Hay una mayoría legislativa que decreta el inicio de la autonomía de los poderes, pero una mayoría que pide a los tribunales hacer patria y dictar el triunfo de su candidato. Y todo es una maravillosa contradicción, pero la cuarta transformación ha llegado al Congreso de Puebla y no puede permitirse la duda: tiene que asegurar para existir.
Entonces, desde el poder que le otorga la presidencia de la Mesa Directiva, José Juan Espinosa le cede la palabra a José Juan Espinosa. Es el discurso que inaugura el inicio de esta LX Legislatura, la primera en la que la izquierda posee una mayoría simple. Nadie sabe qué esperar del acto, no sólo porque el gobernador José Antonio Gali ha decidido ausentarse a la sesión, sino porque, en un acto de provocación, el mismo Espinosa ha anunciado una invitación para que Miguel Barbosa Huerta —el “gobernador legítimo” que no gobierna— acuda en lugar de Martha Erika Alonso Hidalgo —la gobernadora electa que se niegan a reconocer—.
Espinosa ha ensayado una y otra vez su discurso, pero es, sobre todo, una arenga, un grito. Un acto histriónico que sólo encuentra pausa cuando sabe que el público que ha retacado las galerías del Pleno aplaudirá sin contratiempos. No se sabe si Morena convertirá cada sesión legislativa en un acto de campaña, pero al menos esta, la primera, se encuentra rellena de tipos con chalecos guindas que, sonrientes, se toman selfies en tanto no haya que aplaudir.

Afuera, las huestes de Morena han cerrado la calle. Hay unas cien personas que dicen ser burócratas despedidos, militantes, ecologistas o activistas que hablan a través del micrófono, y, a ratos, hasta al Pleno llega el rugido de aquella multitud acechante, que repudia los resultados electorales del 1 de julio.
Aunque más tarde, cuando la sesión termina, a la multitud le sale confeti, y donde antes había gritos de protesta ahora hay gritos de mariachi que festejan el triunfo de Gabriel Biestro, que aunque no ganó nada porque es tan solo un diputado plurinominal, va y levanta el brazo y promete que restituirá a los burócratas despedidos y cancelará los pactos oscuros del morenovallismo y las leyes que atentan contra los derechos y no: la paz mundial no. Pero casi.
Pero antes, con Espinosa al micrófono, se ha resumido lo que será el Congreso en los siguientes meses: tan solo la extensión del conflicto postelectoral de los resultados de la gubernatura. “Actuemos con responsabilidad política, autonomía y madurez para salvaguardar la verdad del pasado 1 de julio.”, dice, orondo, Espinosa. “Hago un llamado a los magistrados a respetar el Estado de Derecho, pues sin Estado no hay democracia, y sin democracia no hay patria”.
La patria es, se supone, Barbosa.
Después, en la extensión de su acto, Espinosa dice que la ausencia de Gali ha provocado que rechace públicamente su invitación para acudir al Grito de Independencia que se realiza esa misma noche.
No lo dice, porque acabaría con la fuerza de su postura y porque la cuarta transformación tiene que asegurar para existir, pero saludará a Gali un día después, en el Desfile Cívico Militar.

Una campaña que (no) termina
En cuanto termina su discurso, Espinosa se sumerge en el teléfono y no vuelve a alzar la vista en tanto no tenga que leer el nombre de los diputados que, en representación de su partido, tomarán la tribuna para fijar un posicionamiento sobre el arranque de la LX Legislatura.
El primer diputado en hacerlo es Uruviel González, de Compromiso por Puebla (CCP) —en realidad el único diputado de este partido—, quien pide “hacer a un lado la mezquindad y los intereses partidistas”.
Este mismo tipo pronunciamiento lo realizan el diputado Armando García, del PRD; Juan Pablo Kuri, del PVEM; Carlos Alberto Morales, de Movimiento Ciudadano; y Mónica Rodríguez, del PAN.
Kuri, que representa a un partido que se encuentra en medio de un conflicto poselectoral de dos grandes bloques, promete que no será “comparsa de nadie” y que no votará “por consigna”. Pero su solicitud de “dejar el tiempo de campañas en el pasado” lo ubica en el ala de los legisladores que no simpatiza con Juntos Haremos Historia. Todo eso ocurre mientras, a lo lejos, reverbera el eco de la multitud apostada en las afueras del Congreso: “¡Es un honor estar con Obrador!”.
Gerardo Islas, diputado de Nueva Alianza, sube a tribuna y saluda efusivamente a Rodrigo Abdala, quien se encuentra en las galerías del Pleno, junto al rector Alfonso Esparza y la alcaldesa electa Claudia Rivera. Hasta entonces, Espinosa se había negado a saludar la presencia de quien será representante en Puebla del gobierno de López Obrador, pero el acto de Islas lo obliga. Y, por fin, a medio acto, da las gracias a Abdala por atestiguar el arranque de la Legislatura.
Porque la lucha poselectoral de Morena no es sólo contra el PAN, sino contra Morena mismo. Contra quienes han elegido la institucionalidad. Contra quienes intentan hacerse a un lado del conflicto.
Entonces llega a la tribuna Mónica Lara, del PES, que se agita un poco al criticar las acciones “del morenovallismo que han causado el desmantelamiento del tejido social” y, aunque su partido representa a la ultraderecha, promete legislar en favor de la diversidad sexual y el respeto a los derechos humanos. Las galerías, claro, estallan.

Y estallan otra vez cuando Raymundo Atanacio, del PT, dice que los “incidentes” registrados el día de la elección atentan contra la democracia, y aunque al hablar de feminicidios tropieza y dice “femicidios” y repite “fimicidios” y dice al fin “feminicidios”, el público no lo nota o le importa e igual festeja.
Por el PRI, el diputado Nibardo Hernández asegura que su partido “no será complaciente ni testimonial”, pero tampoco antagónicos por consigna”. Y remata: “Eso es de partidos pequeños”, aunque su bancada ocupe apenas cuatro curules.
Se espera que Mónica Rodríguez, del PAN, lance uno de los pronunciamientos más significativos, pero cuando sube a tribuna apenas defiende la legitimidad del triunfo de Martha Erika Alonso con un hilo de voz limpio, pero suave y, por si fuera poco, el discurso está lleno de citas de otros discursos.
Con Olga Lucía Garci-Crespo, de Morena, se cierran las intervenciones. Ella dice que el triunfo de Alonso “no se ha consumado” y que ellos, es decir, la mayoría, seguirán proclamando a Barbosa como gobernador legítimo en tanto no exista un fallo de los tribunales.
Y desde arriba, en el área que se ha designado a la prensa, el panista Hilario Gallegos, más conocido como El Ratón, acapara un lugar y, teléfono quebrado en mano, se desgañita gritando que sí: que Barbosa es el gobernador.
Luego el fin de la sesión. Luego la fiesta. El confeti. Los mariachis. La prometida austeridad. La cuarta transformación: sus contradicciones.

