Figuraciones Mías – La Extrañeza de la Habitación Ultrajada (Retratos Parisinos)

Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria

Me quedé sentado en la cama y pensando quién podría haber entrado a mi habitación ultrajada e imaginaba a cada uno de los hombres que se habían convertido en mi entorno, es decir a mis perseguidores o a esas presencias inexplicables que estaban persuadiéndome. Era evidente que entraron a revisar mis cosas. Las preguntas eran ¿quién y para qué?

Vi el libro que estaba leyendo colocado sobre el lavabo del baño. Yo lo había dejado sobre la mesa y bajo la lámpara con un separador. La puerta del baño abierta y el libro, además mojado. Mi mochila verde había sido abierta y revisada, la maleta grande de mi ropa también, aunque trataron de acomodarla de nuevo. Bajé de inmediato a preguntar a la recepción.

–Nadie ha subido a su habitación señor –me dijo el joven.

–Alguien entró a mi habitación –le repetí.

–Eso no puede ser. Aquí nadie más que los huéspedes y el personal tienen acceso.

Quiso convencerme, pero algo extraño estaba escondido en sus palabras. Había mentido. En ese momento la muchacha del restaurante llegó con su bolsa al hombro y abruptamente pasó con el recepcionista tras el mostrador y sin decirme nada, el joven la hizo pasar a la pequeña oficina. Me sentí ignorado. Hablaban en una lengua que no identifiqué. El recepcionista le había dado poca importancia a mi pregunta y prefirió atender a la muchacha. Decidí salir a la calle y allí de pie, en la esquina de la callecita del hotel y Avenue du Main esperé a la muchacha. Pronto la vi venir y cuando estuvo cerca la abordé.

–Alguien entró a mi habitación sin mi autorización –le dije.

–No puedo saberlo señor –respondió evasiva.

–Estoy seguro que alguien entró a mi habitación y a su compañero de la recepción no le importa.

–No es mi trabajo ver quién entra o sale del hotel señor, además no puedo hablar con los huéspedes fuera de mi trabajo –me dijo sin dejar de caminar.

Le dije que entendía, pero me inquietaba y pensé que ella podría saber algo. No dijo nada más. Se despidió con la cortesía que era muy propia de su personalidad y se fue avenida arriba. Yo me quedé parado sin perderla de vista. Allá lejos, se volvió a mirarme. Se dio cuenta que la vigilaba. Poco más allá, volvía la mirada hacia mí y se rió. Fui a seguirla. Le di alcance antes de la estación del metro.

–Me robaron mis cosas de la habitación –le dije y tuvo que escucharme– ¿Eso pasa en el hotel con frecuencia o qué sabe usted?

–No señor –me contestó a punto de perder la paciencia–, ya le dije que no puedo hablar con los huéspedes fuera del trabajo.

–¿Es posible que dejen entrar a cualquiera a las habitaciones? –le pregunté.

–Por supuesto que no señor.

–¿Entonces como se explica que entraran a la mía?

–No es cosa que a mí me corresponda saber, señor –dijo tajante– disculpe estoy retrasada.

Y se fue. Cuando estaba a una distancia considerable, comprobó que no la estuviera viendo y yo le di la espalda, pero de inmediato volví a verla en el momento que marcaba su teléfono y se cuidaba de no ser vista. Se replegó en la pared y habló durante un momento. Después alcancé a ver, cuando casi corriendo entró a la estación del metro.

Volví al hotel. De nuevo noté al joven recepcionista con una cierta inquietud. Yo estaba enojado y en un tono fuerte le dije:

–¿Sabes que entraron a mi habitación, revisaron mis cosas y me robaron? –le dije en inglés.

–¿Cómo es posible señor?

–Pues entraron y tú lo sabes cabrón –le dije en español y entré a donde estaba tras el mostrador y lo cogí del cuello –, me vas a explicar de qué se trata todo esto.

–No lo sé, nadie ha…

Lo empujé contra el mostrador y cayó al suelo. Estaba asustadísimo.

–Solo tú pudiste ver quién subió y entró a robar a mi cuarto –le dije antes de irme– y me lo vas a decir ahorita que baje de nuevo.

Me fui pensando que el joven llamaría a la policía. Me vi temblar de rabia en el elevador. Ya en la habitación no sabía si acostarme y dormir, o seguir despierto dando vuelta a lo que no dejaba de imaginar. No pude dormir, pero tampoco tenía miedo. No me importaba que la policía viniera, porque no tenía nada que ocultar.

Tal vez habían pasado escasos treinta minutos, cuando mi inquietud me llevó de nuevo a la recepción para encontrar respuesta. Bajé y mi sorpresa fue mayor. Ahora estaba una mujer mayor tras el mostrador. Le pregunté por el joven y me dijo simplemente que no estaba y si algo se me ofrecía. Volví con la misma pregunta, pero estuvo peor.

–Mañana ponga una queja –, me dijo.

No quise seguir y volví al cuarto. Giré el seguro de la puerta y ya entrada la noche, pude dormir. Soñé una luz que me perseguía; era algo muy parecido a los reflectores mientras yo caminaba primero, y corría después por un pastizal. Yo era una liebre perseguida. Podía sentir mis largas orejas y el tableteo de mis patas sobre el suelo. La Luz no cesaba. Un sueño lento y de extrema claridad.

A la mañana siguiente, bajé decidido a seguir preguntando. Seguía allí la mujer a la que por cierto, era primera vez que veía desde que estaba en el hotel. La saludé y me respondió el saludo de un modo hosco y me miró con sorna. Fui al restaurante. La mesera me atendió con mucha precaución, cuidando que no le volviera a increpar sobre el asunto de la habitación. Desayuné con serenidad y extendí el café mientras la observaba. Estaba nerviosa. Parecía un pajarito frente a un cazador. Tal vez pasaron dos horas mientras estuve allí sentado y leí. Ella fingía estar tranquila. Le pedí café dos veces más. Durante el tiempo que estuve, fue dos veces a la recepción y habló con la mujer. No pude saber qué lengua hablaban, pero si noté familiaridad.

Estaba harto de la incertidumbre. Salí del hotel a donde me llevara la desazón y el aire del medio día parisino. Lo que vendría esa misma tarde, no me revelaría nada más, por el contrario, me dejaría sin aliento.