Figuraciones Mías – No Saldré Vivo de París ( Retratos Parisinos)

Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria 

Miré a Silvie y me quedé callado. La mirada mía estaba clavada en su mentira y en su simpleza que descubrí en el instante que me dijo que yo le gustaba. Quise darle una bofetada, pero me contuve. Había mucho detrás de su actitud seudo seductora; me preguntaba en qué lodo estaba a punto de hundirme y el miedo me corrompía. No iba a agredirla de nuevo porque era probable que alguien más estuviera al tanto de mi presencia en su departamento, por eso preferí decirle que se sentara, que nos tranquilizáramos bebiendo cerveza. Accedió. Le confesé mi temor de lo que nos había hecho llegar a su apartamento. Me dijo que era un hombre que ella solo había visto algunas veces porque frecuentaba el bar, que había sido muy amable, pero conversaba de más, pese a que le tenían prohibido a los empleados hablar excesivamente con los clientes

–¿Pero qué más sabes tú de ese hombre? –le pregunté con avidez– ¿Cómo se llama? ¿De dónde ha salido?

–No lo sé, siempre pide güisqui y exige que sea yo quien lo tienda –me dijo con una falsa inocencia– tal vez es marroquí.

Me dio la impresión de que mentía con mucha facilidad que cuando hablaba, lo dicho lo tomaba al aire, sus respuestas eran porque algo tenía que responder y en sus ojos pude ver que tras sus palabras, había una invención hábil, como las de las prostitutas, pero ella no me parecía que lo fuera. Pocas señales había en sus actitudes y su conducta, no tenía esa ligereza con la que se conducen las mujeres que a eso dedican su vida. Lo que sí pude ver en ella, fue que las palabras de aquel hombre eran las palabras de un sicario, porque me repitió exactamente qué le había dicho y tuvo una variación, antes sólo me dijo que ese hombre me quería matar, pero ahora fue más específica porque le pregunté el detalle y me repitió las palabras del asesino:

–“Es a ese hombre al que debo matar”.

De nadie más eran esas palabras que de un asesino a sueldo, de alguien a quien conoce muy bien a su objetivo. Temblé. Me quedé pasmado con aquella frase y mi deducción no se quedó allí; Silvie me estaba diciendo la frase tal cual la dijo el asesino y lo comprobé, porque le volví a preguntar si esa era la frase exacta y con el final “debo matar”. Así lo había dicho. Mientras lo repetía, yo pensé en lo absurdo que un asesino anuncie su próxima víctima a una semidesconocida, como me dijo que lo era. Lo que también me hizo pensar que ella sabía que el hombre era un sicario y que el siguiente objetivo era yo. No sabía qué más preguntarle porque las demás preguntas se me agolpaban, pero poco a poco le narré las cosas extrañas que me estaban ocurriendo y enumeré las personas, que fueron apareciendo en esa ciudad donde yo no conocía a nadie. Finalmente le dije el verdadero objetivo de mi viaje a París. Se rió.

–Ah, las cosas del amor –dijo sin dejar de reír–, yo ya en esas cosas no creo.

No dejó ver nada. Dijo conocer poco a las personas del hotel, eran para ella “simples compañeros de trabajo”. El recepcionista era un sirio de nombre Nabil, que había llegado a París con el sueño de estudiar Matemáticas; apenas había cursado un año y tuvo que suspender los estudios, del taxista sólo sabía que también era sirio, y suponía que sólo por eso eran amigos con Nabil, pero desconocía su nombre. Iba con frecuencia a platicar con él.

–Vete de París, porque de aquí no saldrás vivo –me dijo de repente y lo decía en serio.

–¿Por qué? ¡Dime la razón!

Silvie se quedó callada y me miró con pena, quizá era lástima. Tuve un miedo verdadero. Sus ojos al decirme aquella frase lapidaria, eran de una seriedad que hasta ese momento no le había visto. Se levantó en silencio y trajo otras dos cervezas del pequeño refrigerador. El departamento era chico y solo había una cocina estrecha y allí mismo una pequeña mesa de madera con tres sillas, el baño y la recámara con una ventana al cubo central del edificio. Estaba adornado con reproducciones de Picasso, de Matisse y La habitación de Van Gogh. Había una guitarra negra colgada cerca de su cama. Ya no podía obligarla a que me dijera más y quise creer que por voluntad propia  poco a poco saldrían nuevas pistas. Me sentí vencido. Parecía no haber nada que me alentara a seguir buscando a mi amada, porque me quedaba claro, Andrea Malraux era la amada y el amante navegando en su propia imaginación agitada, era yo. Silvie se había burlado de mí como del iluso enamorado que busca sin saber dónde, a una mujer que, o estaba escondiéndose de mi amor, o huía de mi vértigo amoroso, y ante mi estúpida pregunta si la conocía, Silvie me había dicho con desdén que no tenía ni remota idea quién era aquella a la que buscaba. París no era un pueblecito donde los habitantes se conocieran ni les importaba conocerse, me lo dijo con autoridad.

No sabía qué hacer frente a Silvie que destapaba la cerveza y encendía un cigarro.

–Vete a Toulusse –dijo y se sentó junto a mí sin dejar de mirarme.

Yo no sabía qué hacer. Me sentía amenazado por todas aquellas presencias que me rodeaban de una manera abstracta y misteriosa. Incluyendo a Silvie, eran nuevos fantasmas los que me perseguían sin haberlo esperado nunca. De allí en adelante, con mayor intensidad sería perseguido, amenazado y objetivo de muerte. En cada sitio de la ciudad al dar vuelta en una esquina, podría encontrar la muerte, esa muerte que es el más grande temor de los enamorados. Y yo estaba aterrado.

–No saldré vivo de París –dije en voz alta como si me lo dijera a mí mismo y temblé antes de llorar.