La Mirada Crítica –  El cólera y sus amores

La Mirada Crítica 
Por: Román Sánchez Zamora / @RomansanchezZ 

–¿Y cómo conseguiste los boletos para la primera fila?
–Es un secreto… es mi secreto.

Las dos amigas disfrutaron el concierto. Llegó un taxi para llevarlas desde casa y regresarlas a cada una a sus hogares.

Fue el evento del año. Las dos hablaron en la escuela y con sus familias por semanas de cómo se divirtieron, cómo socializaron; cada director y cada artista era muy amigo, lo que no les dijeron debido al pago que se había hecho en zona, según para gente muy importante.

Las dos chicas, estudiantes, comprometidas con su escuela, pero sin esos espacios que sólo un alto consumo otorgan.

–¿A poco ya fuiste a ese restaurante a comer?
–Sí, el fin de semana pasado –dijo Juana con un aire de desprecio que a su amiga Elena no le agrado.
–Ya no me digas Juanita, por favor, nunca me gustó mi nombre. Dime Yen, sin duda se escucha mejor –Juana, tomó sus libros y se retiró a casa.

Elena llegó a casa.

–Por favor, aléjate de Juana, consideramos tu papá y yo que es una mala influencia para ti –le dijo su madre de inmediato antes de sentarse a comer.
–No comprendo, no la entienden porque es diferente.
–No es la misma chica de antes, no es la chica que venía y escuchaba música e iban al cine, la que habla de su posible novio, la que vino llorando cuando sospechaba que le reprobarían, cuando sus papás tuvieron el accidente –dijo su papa muy serio sentado en la mesa.
–En realidad nos tiene preocupados, no es normal, de un momento a otro un teléfono móvil, computadoras, viajes y hasta conciertos. No sé, algo no me agrada de ella –dijo su mamá tomando de la mano y mirándole a los ojos.
–Está bien, creo que lo pensaré y mañana volvemos a platicarlo –dijo Elena un tanto pensativa, pues sus padres nunca escogieron a sus amigas ni nunca emitieron opinión de alguna de ellas hasta ese día.

Los días pasaron, las semanas. Pronto fue el fin de curso, los grandes amigos se alejaron en la vida universitaria, ya los ánimos son diferentes para el abogado que para el futuro químico, que para el médico. Pero, ¿cómo pudieron entrar todos en un mismo salón de clases de primaria y de secundaria, y más en uno de preparatoria gente tan lejana en sus sueños?

–Pero, ¿cómo no puede ser? –dijo Elena desconcertada, y colgó el teléfono.
–Qué pasa? ¿Algo sucede a alguno de tus amigos? –dijo su madre, al momento que abrazaba a su hija, a quien sentía un miedo profundo.
–Yen se casa –y se quedó mirando al vacío y se sentó en el piso.
–Hija, es el ciclo de la vida, ella encontró a alguien y pues ya son mayores, que hace poco haya terminado la universidad no le hace ajena a la naturaleza humana –dijo su madre al momento que tocaba su cabello y hombros.
–Es que tú no entiendes, ella no entiende, nadie entiende –y se encerró en su cuarto. Su madre decidió no verle hasta el día siguiente, aunque en la noche, muy noche, pasó a verle, siempre guardaba una llave maestra en su buró, pues siempre pensó que era lo mejor.

En la mañana se levantó muy temprano, desayunó y se fue a su trabajo.

–Siempre le dije que eso no era lo correcto, pero ¿qué es lo correcto? –dijo ella al sentarse a la mesa a comer, sin que nadie le preguntara. Su padre se quedó observando y nada dijo.

–Conocimos a nuestros primeros novios al mismo tiempo, pues eran amigos, y nosotras íbamos juntas en el pasillo caminado ese verano, y ahora esto.
–Pero Elena, nadie se ha muerto, tu amiga Juanita o Yen, o como se llame, sólo se va a casar y te está invitando a su boda, que extrañamente es mañana y con gusto te llevamos –dijo su padre al sentirse inmerso en un sentido que su hija pocas veces habría permitido que él opinara.
–El novio es un ingeniero más grande que ella.
–Bueno, la juventud y la experiencia son buena combinación –dijo su padre al seguir cortando su trozo de sardina con aceite de oliva.
–¿Cuarenta años? –Elena dijo en un tono sarcástico, pero lo que levantó la mirada fue cuando se escuchó el golpe del cubierto en la mesa que dejo paralizados a los padres.

¿Una moda?

¿Un salvavidas momentáneo?

Nunca se diría algo sobre el tema pues lo desconozco por completo, pues hay que ser actor pasivo y luego activo, pero en los dos sexos para poder saber en una investigación el sentido del compromiso, es decir, bajo la razón pura de Kant y ver qué pasa en el tiempo cuando el sujeto 1 vive los cuatro escenarios y se decide por uno de ellos, pero nunca nadie ha tenido la oportunidad vivirlo, sólo toca uno y la variable extremadamente difusa muchas veces ni la define el decisor, luego al tener un resultado habría que ver la metafísica del objeto y sujeto en el tiempo para sacar una posible variable. Ufff. Complicado.

¿Dónde comienzan las sociedades complejas?

¿Quién las determina?

Nos gustaría que todo fuera como el cuento del ser en desgracia y conoce la opulencia y por su buen corazón se inserta en ese festín de virtudes y excesos, no como dueño, sino como consejero, un convidado del sistema, un miembro más de una granja descrita por Orwell, por lo que no es digno de analizar, sólo es digno de observar y alejarse porque mientras no toque mi sentido de lo local, no importa. “Hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”. Pues todo es lejano hasta que no me toca.

–Hace ya 25 años y fue muy lejano a mis sueños. Debí escucharte en la mañana cuando lloraste porque no me casara. Hoy la juventud se fue, todo se fue. ¿Acaso el dinero lo vale? Amiga, no lo vale, es un espejismo –Y Juanita lloró.

Un epilogo inverso.

–¿Ya lo viste? Es muy inteligente, deberías hacerle caso.
–Amiga, no inventes, es pobre.
–¿Recuerdas esa charla?
–Claro que sí, 25 años.
–El sigue siendo pobre, pero mi vida habría sido otra. Hoy comprendo que lo mejor es vivir nuestro tiempo –Juanita tomó su cartera de diseñador y se marchó, ya le esperaba un joven de 20 años en la puerta del restaurante.

Elena sólo suspiró y llamó a su esposo, quien en la pobreza encontró la mejor de todas las fortunas.