Figuraciones Mías – En el Océano del Insomnio

Figuraciones Mías
Por: Neftalí Coria / @neftalicoria 

Seguí ideando qué hacer y merodeaba sitios por los que antes no había ido, por lugares a los que nunca hubiera imaginado visitar como turista. Me subí a un camión una mañana y no me bajé hasta el final del recorrido. Me subía a otro y después a otro, como si quisiera perderme aún más. Caminaba y después en cualquier parada, veía a donde iban los camiones que pasaban por ahí, sin importar la hora marcada en el panel. Elegía caprichosamente la ruta, pero en realidad quería ser nadie cargando una mochila que no tenía nada valioso y sin miedo a que me asaltaran o acaso me mataran, porque ya no era nadie. Los recorridos de ese día, eran como para comprobar que nada tenía sentido y de paso quería ver los harapos de una ciudad que se vende día y noche. Era el patio trasero de la ciudad, donde la gente vive y punto. En algún momento pasé por un lugar donde estaban saliendo los trabajadores. Me vi trabajando en uno de esos lugares, algo así como una fábrica, aunque no estoy seguro qué clase de empresa era; había muchos africanos, árabes, turcos, sirios, y de otras partes, inmigrantes que ya son parte de la ciudad, como las piedras mismas con las que construyen los edificios. Me vi yo como una piedra humana más, como un hombre gris y parte de aquel grupo silencioso que pronto se dispersó y desaparecieron los hombres devorados por las calles atardecidas y ruinosas.

Como una maldición, desde ese día llegué al océano del insomnio. Aquella noche en la que seguí vagando por cualquier parte de la ciudad, fue la primera de cinco noches sin dormir. Ya estaba instalado en el mundo de los ojos abiertos. Y después de la segunda noche en vela, por la mañana, imaginé a mi Andrea llorando por mi ausencia. Podía verla en la claridad de mis ojos alumbrados frente al aire frío del río Sena. Imaginaba que obligada a volver de México, vagaba en llanto por algunas calles de Montmartre, indagando si alguien me había visto preguntar por ella. Luego pensaba que los franceses no son así, o al menos no llegarían a esos extremos de lánguida tristeza al estilo llorón mexicano, en el que yo sí estaba debidamente inscrito y me mantenía con la esperanza de mis lágrimas vivas, para enfrentar cualquier imposible, y eso estaba haciendo. La imaginaba pálida, hambrienta, descalza por las calles, pidiendo piadosamente que alguien le dijera en qué negrura de París estaba yo a salvo, porque temía que me encontraran los asesinos. La podía ver –como son las visiones de las cosas en el insomnio–: de verdad y verdadera. Era como antes la vi, una mujer joven, hermosa y deshecha buscando al amor de su vida, como me lo había jurado una noche pegada a mis labios y húmeda como el verano cuando se aproxima a las flores.

Y allá en mi visión de ojos abiertos frente a la oscuridad del río pasando, estaba Andrea como yo, condenada a no volverme a ver. La veía bajo las lámparas de la imposibilidad de dormir y ella también estaba despierta; los dos transitábamos la vigilia inexplicable que no permite cerrar los ojos. Estar despierto para mí, se convirtió en un encarcelamiento. Temía, como los personajes de Cien años de soledad, llegar al pavor de creer que todo se me habría de olvidar como consecuencia de “la enfermedad del insomnio”. Fueron cinco noches en las que no pude dormir y todo lo que pensaba, tenía la categoría del sueño; eran historias en las que estaba Andrea de muchas maneras. Andrea alejada del amor, Andrea llorando por mí, Andrea arrepentida, Andrea buscando huir de mí, Andrea inventando una nueva verdad y yo conmovido, repentinamente lloraba sin lágrimas, porque el insomnio seca los ojos; son ojos inscritos más en el fuego que en el agua. Eran ojos encendidos los míos, como los de un animal que sufre porque no ha bebido agua, un animal que se retorcía en el aire y en el polvo de su propia desdicha, sin poder conciliar ni el amor, ni el sueño. Y la tercera noche volvió Andrea a mi visión. Estaba hablándome de Dios, de una omnipresencia de la que yo sólo entendía, que ella estaba atada a creencias de seres milenarios; creencias que le habían heredado no sé qué ancestros y la veía desnuda en un pantano hundiéndose sin dejar de orar y en la oración decía mi nombre. Tuve que golpearme las mejillas una y otra vez hasta salir de aquella visión que parecía tenerme como en otro pantano, donde la visión de mi amada no desaparecía. Le miraba sufrir y hundirse en un lodazal color pardo. Entonces vi de frente el agua del río por fin y desperté de estar despierto en aquella insondable alucinación. Agua y agua pasando como agua real, en la que podía mirar el reflejo de un cielo real o no, pero que iluminó por fin aquel momento.

Ya no tenía sitio para vivir, más que la ciudad al descampado, pero me sentía más seguro porque lejos de la tristeza, había encontrado el mejor refugio en libertad, para dedicarme a ver pasar la gente con la esperanza de ver a mi amada. Tenía grandes las ojeras y la necesidad de fumar. No comí durante aquellos cinco días de no poder cerrar los ojos y la ciudad me parecía cualquier lugar, o tal vez era para mí ningún lugar. Nada me sorprendía, ni me importaba en qué sitio estuviera despierto mirando hacia el fondo de mis visiones, donde se alojaba la semilla de la locura.

El cuarto y quinto día de ojos abiertos, fueron de sangre.