Diario de Viaje – Insectos (II)

Diario de Viaje
Por: Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11

Habíamos salido de un café en el que nos trataron como si fuéramos turistas. No es que parezca extranjero —estoy lejísimos de aparentarlo— pero los meseros y para ser prácticos todo el personal, estaban programados para atender sólo a turistas, por lo que se dirigían a mí como si se hubieran olvidado del español y como si yo fuera un idiota.

No puedo negarlo, el café estaba buenísimo, el lugar inmejorable, una mansión porfiriana restaurada y que funciona ahora como café/galería de arte que expone acuarelas de “artistas locales” valuadas en dólares.

Es a lo que uno debe estar acostumbrado en un barrio o pueblos mágicos que han sido tragados por la urbanización y los inventados: gente que ha olvidado el español, obras de arte sobrevaloradas y sí, buen café.

 —¡En Preso también lo hace!

—Ah, ¿Sí?, ¿En qué parte?

—En el coro.

—¡Ah, claro!, peeereeeso, de la cárcel de tus besos…yo soy peeereeeso.

Antes, mientras tomábamos café, nos vimos inmersos en una discusión totalmente aleatoria sobre la forma en la que José José respiraba al cantar. El tema de estos días.

Para resumir, terminamos hablando de su fraseo, de la manera como decía sus canciones. Notamos que casi siempre ponía vocales en donde no existían, vocales “invisibles” en medio de consonantes y que en ello estaba el gran secreto de su encanto. Si es algo común de hacer para los cantantes, al menos él lo hacía más evidente.

Entonces, como dos niños que inventan un juego a la hora del recreo, empezamos a recordar partes en donde lo hacía y de paso susurramos algunas canciones.

Todavía con algunas vocales y consonantes en mente, salimos del café hacia un parque y luego nos metimos a la parroquia del lugar por una puerta secreta, postrada en una esquina de la plaza y que conducía directamente hacia el edificio conventual. Cuando encontramos el patio del convento, un naranjo y una fuente de piedra sencillísima coronaban el centro y daban la impresión de que todo había sido construido años atrás alrededor de ellos.

De pronto un montón de mariposas blancas y pequeñas revolotearon por todo el lugar y ninguno de los dos dijo nada. Simplemente las vimos y cada uno pensó, supongo, en lo que para nosotros mismos significaban las mariposas blancas. Yo me acordé de que son los muertos que en octubre empiezan a llegar. Ella no sé qué pensó, pero era como si alguien hubiera aventado pedazos de papel al aire.

Cuando salimos nos unimos inevitablemente a una procesión de mariachis que se dirigían, obviamente, a algún lugar. No nos unimos a ella por algún sentimiento nacionalista y entusiasta —de hecho el mariachi me parece terrible cuando no se ha bebido lo suficiente— sino porque resulta que para ir a donde íbamos, necesitábamos ir precisamente por ahí.

Fueron 10 minutos de tortura. La gente incluso nos tomaba fotos a nosotros y a los que teníamos al rededor porque pensaban que de alguna forma pertenecíamos al mitote.

Nosotros ya estamos acostumbrados a que nos pasen ese tipo de cosas, siempre nos unimos por accidente a procesiones, a excursiones, a recorridos guiados y sólo espero que esa suerte no se traslade algún día al ámbito ideológico/político.

Pero cuando de verdad deseamos no haber estado ahí y convertirnos en mariposas blancas, fue cuando descubrimos que la procesión nacionalista se dirigía justo a donde nosotros: una casa-museo famosa por su fuente barroca, que antes había sido ermita y había pertenecido a algunos próceres.

Ahí, en medio de la procesión y del calor, dirigiéndonos a la atracción más famosa del lugar y dudando de la existencia propia, me di cuenta que el mesero del café tenía razón: éramos simples turistas y él lo supo antes que nosotros.

Cuando era demasiado tarde para abortar la visita entramos al patio en paso solemne (las procesiones, todas, son actos solemnes) y descubrimos la razón por la que alguien se había tomado el tiempo de contratar un mariachi: el lugar inauguraba una feria de ornicultores, una exposición de pájaros, vamos, por lo que nos dimos cuenta que el patio de la casa estaba llena de jaulas y de cantos de canarios de todos colores. Mi hermana, que es la única persona con fobia a los pájaros que conozco, se hubiera muerto.

Pero nosotros no tememos a los pájaros ni al mariachi, entonces tomamos todo como quien acepta absurdamente sus circunstancias. Ahí estábamos y recorrimos los pasillos de la exposición viviente y vimos pájaros de todos tipos de plumaje. Yo, incluso, llegué a preguntar si a los que tenían flequillo (como de monje franciscano) les cortaban el pelo. El ornicultor al que le pregunté no supo si era burla o yo era muy idiota.

Otra vez el mesero del café tenía razón.

Cuando nos fuimos, seguimos encontrando vocales inexistentes en las canciones y acordamos, mientras nos alejábamos de esa ciudad, que todos eran animales que conforme nos alejábamos se convertían en insectos.

—Mariposas blancas.

Seguiré contando.

***

PS

Saquen sus acetatos de José José para que Sarita no se quede con las regalías.