En su comparecencia, el titular de Gobernación municipal dio datos alegres respecto al número de ambulantes en el Centro Histórico, asimismo afirmó que no hubo inconvenientes en la ejecución de las elecciones en las juntas auxiliares.

Por: Mario Galeana

Cuando René Sánchez Galindo comparece por primera vez en su vida frente al Cabildo de Puebla invoca un pasado tenebroso, un relato poblado de gobiernos que torturaban porque sí, de funcionarios de la Secretaría de Gobernación municipal (Segom) que eran capaces de desaparecer a cualquier persona o al menos encerrarlas en mazmorras ocultas con tan sólo chasquear los dedos.

Y su relato electriza el salón del Cabildo, quizá porque dice que así era la ciudad antes de su llegada, antes de la instauración de la manida Ciudad Incluyente y el amparo de la Cuarta Transformación, en donde a partir del día uno cada funcionario ha actuado escrupulosamente. “Nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho”, dice, orondo y feliz, proclamando el fin de aquella época oscura.

Pero al cabo de un rato se sabrá que Sánchez Galindo, el supuesto pilar de la gobernabilidad de la ciudad, es tan sólo un gran relator, un evocador de leyendas, porque cuando los regidores le preguntan cómo es que no denunció la existencia de aquellas desapariciones y mazmorras, el funcionario municipal se escuda diciendo que nadie se equivoque, que aquel pasado invocado ocurrió “hace muchos años”, aunque quizá no demasiados, porque hace poco él fue abogado de personas perseguidas por los gobiernos de Rafael Moreno Valle y José Antonio Gali Fayad.

Desvanecido el relato de terror invocado al principio de su comparecencia, a Sánchez Galindo no le queda más que sortear las críticas por su primer año como secretario de Gobernación en una ciudad para la que los regidores de la oposición tienen un manojo de adjetivos. Caos. Desorden. Cochinero. Sucia. Desbordada.

Lo hace sin aspavientos ni manotazos, acaso con un rostro adusto que contradice al tono dócil de su voz, y a cada reclamo o intervención de la oposición —incluida la de su partido— le sucede un agradecimiento. “Muchas gracias, regidor y compañero de movimiento”, le contesta al morenista Edson Cortés Contreras, quien lo acusa de mantener en la nómina a personajes del PAN que participaron en el supuesto laboratorio electoral del hotel MM. “Si usted tiene el dato —como se lo he pedido tantas veces— del mapache, procederemos”, revira.

Entonces Sánchez Galindo enfrenta su relato al de los regidores. En el suyo, hay 756 ambulantes en el Centro Histórico, no hay corrupción y las elecciones en las juntas auxiliares se desarrollaron excepcionalmente, sin atropellos ni intervenciones gubernamentales.

(Al fondo de la retahíla, un grupo de 10 personas oriundas de la inspectoría de San Miguel Espejo protestan a las afueras del salón porque, según ellos, el Ayuntamiento ha metido ambas manos para definir el resultado. “Nosotros no embarazamos urnas ni metimos candidatos”, justificará Sánchez Galindo, aclarándose la garganta).

En el relato de los regidores, los ambulantes están desbordados por las calles y los padrones de la Segom están maquillados, los líderes comerciantes controlan varias zonas del Centro en las que se cometen robos y extorsiones, y la ciudad se ahoga en caos, en una irrefrenable ola de disturbios en las que de poco o nada ha servido la acción gubernamental.

Y al cabo de alrededor de dos horas la comparecencia ha llegado a su fin. No ha sido —como se preveía— una catástrofe, un rifirrafe en el que los regidores alzaran pancartas y apocaran el sonido de la voz del comparecido.