Diario de viaje –Saudade

Diario de viaje

Por: Pablo Íñigo Argüelles @piaa11

El niño sale de su casa, camina hacia la esquina. Al llegar encuentra nada. Todo lo que hubo antes, coches, tiendas, el terreno baldío y dos o tres árboles, nada de eso está. Hay algo gris, una totalidad grisácea, podría decirse. Intenta regresar por donde venía, confundido, pero no hay camino de vuelta; el camino, el camino de siempre, con todo y sus hierbas descuidadas que salen del cemento, ha desaparecido. Ahora todo es tierra o algo muy parecido a ella, un algo terroso, incómodo de pisar, pero todavía más de escuchar cuando es pisado.

            No vuelan pájaros. La vista del niño es conducida a algo que vuela, pero no es un pájaro, sino algo inerte, que más que volar flota, y flota a la merced de algo que no podría decir que es viento, sino una especie de tiro, como el que jala el humo de las chimeneas y lo conduce hasta el vacío de una noche navideña o a la inmensidad de una bóveda estrellada, rural, hueca.

            El niño intenta adivinar lo que es, qué es eso que parece que vuela y no vuela, pero es distraído por ladridos, ladridos de perros invisibles, ladridos cercanos, aun improbables. Y entonces camina, camina más alerta, seguro de que su banqueta de hierbas y cemento deformado por raíces, aparecerá, pero cuando da vuelta a la esquina desde la que hace apenas algunos años se ha acostumbrado a ver su casa, lo que mira es una hoguera. Y ya no es su casa, ni su calle, ni su barrio. Ya es otro lugar, una combinación entre un bosque oscuro y una planicie con ruinas arqueológicas que él no puede distinguir. Se acerca a lo que él está seguro que fue su casa hasta hace un momento, cuando salió de ella, y se vuelve parte del fuego de esa hoguera sin quemarse. Lo mira como cuando uno mira su mano flotar dentro del agua, a través de la quietud que sólo un rayo de sol puede proyectar cuando penetra el mar o una alberca turbia, o la tina de una casa antes de que sea hora de cenar y luego dormir para ir a la escuela al otro día.

            El niño, con todo y sus pocas cosas vistas, se alegra de que no le queme el fuego, pero se alegra más —la felicidad la siente en la boca estómago— de saber que su mano, dentro del fuego, se ve igual y se siente igual que cuando la ha visto dentro del agua: Igual de calma, igual de ingrávida.

            Y entonces sale del fuego, y el bosque que era planicie y ruinas ya no lo es más. Ahora, la totalidad es dominada por un vestíbulo de ónix, luz gris que emana de un foco alargado en el techo lejano y música ambiental de volumen muy bajo. La luz, más que alumbrar, opaca, y la música incomoda, no por algo relacionado con la voz de la cantante que musita cosas en un tono discreto y setentero y sensual, como una cantante brasileña y tímida, sino porque alguien debió haber puesto ahí la música, y al niño le incomoda —un sentimiento nuevo, pues nada le había incomodado antes— saber que alguien quizá lo observa, y lo estudia, y ha borrado todo lo que conocía a propósito.

            Busca puertas en el vestíbulo pero no hay, no hay puertas, se encuentra en el corazón de un edificio que no existe, que no está en ninguna intersección, de ninguna calle. Tan sólo hay, detrás de él, un elevador que no funciona. Pero aún así lo intenta, presiona el botón. Después de un minuto eterno se abre la puerta del ascensor y lo que se revela dentro es una pared de tren subterráneo, mugrienta, violada. Otra vez, el lugar que debiera ser lugar, no es el lugar que debiera ser. De nuevo, el espacio es improbable, pero la visión es cierta.

            “Algo se quema”, se lee con letras asimétricas sobre el muro derruido.

El niño entra y toca la pared con sus manos que ya no son manos. Y ya no hay nada. Hace 5 minutos que salió de casa y no recuerda nada. Nada de lo que le perteneció ya existe. Nada de lo que recuerda tiene algún sentido. De hecho no recuerda ni siquiera porqué salió de casa, ni sabe si algún día regresara. No sabe siquiera que puede existir la posibilidad de regresar.

            “Algo se quema”, vuelve a leer.

            —Y no lo saben

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PS

Una factura cancelada es una amor que se murió mucho antes de nacer.