La pandemia del coronavirus si algo trajo de positivo fue la restitución de la condición natural de la enfermedad. Las autoridades sanitarias de todo el mundo, las que integran la estructura formal y la informal, convergieron en la idea de que los contagiados debían quedarse en su casa y sólo los casos graves podrían ir a los hospitales.

Antes del siglo XIX, de que hiciera su irrupción el hospital, la enfermedad se vivía y se le daba curso en la familia. No existía la falsa disyuntiva de la actualidad, de apostar por el dinero o por la vida, ya que la enfermedad estaba cobijada, estaba presupuestada en la oikonomía. La vida no se interrumpía ni se quedaba en suspenso. Al enfermo se le daba el caldo y la familia se comía la verdura y la carne hervida. Los tés servían lo mismo para el que convalecía como para cualquier otra persona. Las familias estaban dispuestas para trabajar, vivir, enfermarse, recuperarse o morir en la casa.

Como bellamente lo narra Michael Foucault: “El lugar natural de la enfermedad es el lugar natural de la vida, la familia: dulzura de los cuidados espontáneos testimonio de afecto, deseo común de curación, todo entra en complicidad para ayudar a la naturaleza que lucha contra el mal, y dejar al mismo mal provenir en su verdad”.

Pero las familias de finales del siglo XVIII estaban dis-puestas para eso. No sé qué vaya a pasar con las familias de la modernidad, que de un día para otro tuvieron que avanzar hacia el pasado cuando menos tres siglos. De pronto los espacios que se habían vuelto sólo dormitorios, se convirtieron en auténticos hogares, en los que se debe administrar la convivencia, la alimentación, el trabajo y los cuidados de la salud de todos aquellos susceptibles de enfermarse.

El coronavirus devolvió su carácter natural a la enfermedad, lo remitió a su espacio de surgimiento, confinamiento y curación. En donde ahora, ante la falta de información que se requiere en la hospitalización, sólo queda, como decía Voltaire: “Entretener al paciente, mientras la naturaleza cura la enfermedad”. Pero a la familia ¿quién le devolverá ese carácter natural? Si es que incluso podemos hablar de la naturaleza de la familia. Propongo desechar, por si había tentaciones, de esta fácil asociación de familia natural: padre-madre-hijos. Por favor, no lo intenten, antes incluso podríamos ir a su origen jurídico romano, padre, esposa, hijos, esclavos, animales. Quizá, aunque suene chocante, estamos más cerca de esta definición, cuando hoy tenemos perrhijos y somos los esclavos de nuestros propios sueños mercantilistas incapaces de rendirnos ante la autoexplotación.

Cómo poder entender que esa era la familia que atendía a ese enfermo, incluso en las epidemias, si ahora ante unos cuántos días de confinamiento a medias la gente ya expresa que está cansada del espacio privado, que ama el espacio público, por eso no deja de compartir —todavía más— la vida cotidiana en sus redes sociales.

La enfermedad siempre había estado dispuesta a regresar a su estado natural, las familias parece que no están preparadas para tener esta conversación, de hecho, no están preparadas para sostener ninguna conversación, antes prefieren exponerse que dialogar, mostrarse que recluirse, “compartir” fuera que vivir en comunión.

 

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