Mientras el coronavirus SARS-CoV-2 mutaba y se alistaba para ser el foco de atención de la humanidad, nos distraíamos en los cines con Jojo Rabbit, el filme que fue la cúspide de la satirización mercadológica de Hitler y su solución final.

La gente salía de los cines suspirando por el amor infantil de los niños que aman a Hitler y lo tienen de mejor amigo o que son capaces de luchar la guerra por él. Mientras que una judía que intenta mantenerse a salvo escondida en casa de unos resistentes, le enseña al protagonista lo que es el amor.

Con esa imagen fresca del encierro y la guerra, la gente al inicio del con/fin-(a)miento eufórica comparaba su situación con la de Elsa Korr y promulgaba que al levantarse la cuarentena harían lo que los protagonistas de la cinta: “bailar”.

Comparar algunas semanas de resguardo rodeado de entretenimiento y víveres, con años de esconderse en buhardillas, sótanos, establos, rodeados de mucha gente en espacios reducidos, con apenas alimento para sobrevivir, es una muestra de cómo hoy se banaliza al mal.

Sin embargo, hay una dimensión en la que se tiene razón de comparar la actual crisis con la cuestión judía conceptualizada por el “Tercer Reich”: ambas son cuestiones de higiene. La solución final es un concepto médico, de higiene. Josef Mengele, el temible “ángel de la muerte”, advertía de los “peligros biológicos que amenazan al pueblo alemán”.

La persecución y aniquilamiento de judíos, polacos, homosexuales, negros, locos, fue todo el tiempo una cuestión de higiene. Por eso hubo niños polacos que se salvaron y fueron germanizados, ya que su biología estaba pura, no infectada.

Hoy la solución que se presenta para protegernos es la de la higiene. Al extremo. Debemos salir a la calle con cubrebocas, que están pasando a ser caretas protectoras. En las casas ponemos recipientes con soluciones desinfectantes. La compra en el supermercado la limpiamos al llegar a casa.

No son los judíos, los negros, los polacos, los LGBTTTIQ, las amenazas biológicas a la frágil seguridad de las personas. Es cualquiera. Cualquier persona con la que te topes en la calle y no lleve careta. Cualquiera que no guarde la sana distancia. Cualquiera que estornude. Cualquiera que la pistola-termómetro marque 37.5° Celsius.

Y sin embargo no son ellos la amenaza. Somos nosotros. Nuestro cuerpo. Nuestras manos que debemos lavar 11 veces. Esas manos que tenían la doble posibilidad, de la creación y la destrucción, hoy son reducidas a su potencia de muerte. Nuestra nariz por la que podemos iniciar el cuerpo sensual al oler fragancias que activen toda nuestra piel, hoy sólo puede ser expulsora del virus. Nuestros ojos, por los que nos enamoramos y reconocemos al otro con amor, no debemos tocarlos, porque si antes entraba vida por ellos, ahora sólo son puertas de la epidemia. Nuestra boca y sus bordes fetichistas, no recitan poemas, exhalan contagios. Nuestras cavidades que antes eran objeto de deseo hoy son un objetivo a sanitizar a desinfectar a higienizar.

Giovanni Boccaccio relata que, ante la llegada de la Peste Negra en Florencia, algunas personas se autoconfinaron para celebrar la vida. Se abandonaron a los placeres, a la comida y al sexo. Si de todas maneras iban a morir —con peste o sin ella— más valdría vivir la vida. Hoy para tener sexo también se debe tener protección. Debe mediar el látex. El sexo también se volvió una cuestión de limpieza, no de humanidad.

La higiene que llegó a nuestras almas. Debemos despojarla de esos pensamientos que son sucios —no pecaminosos—, simplemente sucios, indignos, no transgresores, infectantes, de un espíritu que debe ser blanco como bata de hospital.

La higiene va a triunfar. La nueva normalidad es una vida llena de higiene y vacía de vida. Si se deben tomar decisiones sobre quién vive y quién no, se opta por sacrificar a los que no tomaron sus debidas precauciones de higiene. En España ya están apareciendo en los currículums un plus de explotación para que el empleador tome en cuenta: la inmunidad. Si se es inmune puede trabajar todo el tiempo, incluso fuera de casa, aunque haya rebrotes de la epidemia.

La cuestión de la higiene, Auschwitz, nos lo debe recordar, es que reduce la vida a su mera dimensión biológica. No hay placeres, no hay goces, no hay disfrute. Sólo vida biológica.

 

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