El presidente Andrés Manuel López Obrador sigue en campaña.

Desde esa posición se siente más cómodo.

Gobernar no es lo que imaginaba y tampoco es lo que mejor sabe hacer.

Por eso decidió trasladar la responsabilidad de la crisis sanitaria por la pandemia a Hugo López-Gatell y éste, a su vez, a los gobernadores de los estados.

No fue capaz de pregonar con el ejemplo y contrario a lo que la comunidad médica internacional ha manifestado a favor del cubrebocas, AMLO se niega a usarlo y hasta lo considera poco importante para contener la pandemia provocada por el SARS-CoV-2.

Desentendido de sus responsabilidades, López Obrador pudo regresar al terreno de las giras con tintes electorales, de cara al proceso que se avecina para 2021, cuando se tendrán que renovar los Congresos locales, las presidencias municipales, algunas gubernaturas, pero, especialmente, la Cámara de Diputados.

Mantener la mayoría le permitirá seguir tomando decisiones cuestionables a capricho; perder la mayoría servirá para mayor control, aunque existe también el riesgo que la oposición sirva solo para negociar a beneficio propio.

Por lo pronto, hoy el jefe del Estado mexicano prefiere hacer campaña que trabajar o que hablar de las muertes por la pandemia o de los damnificados por el paso de Hanna en el norte del país, o de la violencia desbordada por la inseguridad que prometió exterminar, pero que su incapacidad no lo ha permitido.

En lugar de los temas verdaderamente relevantes, como la falta de insumos para los médicos que luchan en la primera línea de batalla ante la Covid-19 o de la falta de medicamentos para los niños con cáncer o de la disminución de recursos para combatir la violencia contra las mujeres, el eterno candidato y fallido mandatario prefirió hablar única y exclusivamente del A-v-i-ó-n-p-r-e-s-i-d-e-n-c-i-a-l.

El pinche Avión presidencial.

¿Cómo es que pone en la agenda el #AviónPresidencial?

Pues porque está en campaña.

Porque es lo único que le importa.

Las elecciones.

No el bienestar, no la estabilidad, no la gobernabilidad.

Es un hombre hecho para las elecciones.

En eso es magistralmente un gran profesional y lo hace muy bien.

No hay quien lo haga mejor.

Asegura que el avión es el monumento a la corrupción que patrocinó el neoliberalismo, pero no ha encarcelado, ya no digamos a los ex presidentes Vicente Fox, Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto que propiciaron la crisis en la que el México actual está sumergido… no ha tocado a nadie de quienes representan ese modelo de gobierno que tanto critica una y otra vez en las más de 400 mañaneras que ha ofrecido.

A Rosario Robles no se le ha seguido un proceso serio y su encarcelamiento tiene más bien tintes personales, a razón de la rivalidad con Dolores Padierna, esposa de René Bejarano, el emblemático Señor de las Ligas.

A Emilio Lozoya lo recluyeron en un hospital VIP ante algunos achaques que presentó en México, pero que no tuvo en España, antes de su extradición.

Los fracasos de López Obrador son muchos y sus aciertos pueden contarse con los dedos de las manos.

Yo cuento dos:

  1. Haberle quitado las millonarias pensiones a los ex presidentes, así como sus cuerpos de seguridad (que ellos mismos se paguen su custodia con todo lo que se llevaron), y…
  2. La propuesta (que aún no ha sido aprobada en el Congreso) para reformar el Sistema de Pensiones y mejorar la calidad de vida de la clase trabajadora, aunque todo el peso tributario recaerá en el sector patronal.

Esos son los aciertos; quiere decir que llevaría uno por año en promedio.

Lo que el lunes hizo el Presidente es considerado ya por analistas de la política internacional (de otros países) como un ridículo y un circo barato.

Concluimos entonces que, en México, no sobra un payaso y nos falta un Presidente.

 

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