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lunes 27 de septiembre 2021 , 11:53 pm

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Los ritos del poder (II)

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Dos políticos de la vieja guardia atestiguaron el episodio inédito en la historia de México cuando un líder priista dijo “no” al presidente de México y terminó por echar abajo a su candidato, que duró con la nominación en las manos menos de 24 horas, en Veracruz.

Recuperar el episodio es preciso porque se trató de Luis Echeverría Álvarez, el mandatario que, según los críticos de Andrés Manuel López Obrador, gobernó como ahora lo hace el tabasqueño, desde Palacio Nacional.

Uno de esos políticos era Porfirio Muñoz Ledo, en esos tiempos Secretario de Trabajo, ahora convertido en un santón de la izquierda en México; y el otro, Carlos “El Negro” Sansores Pérez, padre de la actual gobernadora electa de Campeche, la morenista Layda Sansores Sanromán, y por aquellos años líder de la Cámara de Diputados federal.

Son trazos de un episodio narrado con amplitud por la clase política veracruzana, inadvertido para la ciencia política o por los alquimistas del poder.

Desde que Luis Spota escribió Palabras Mayores en 1975, hasta La Herencia de Jorge G. Castañeda, las sucesiones han sido materia prima para la ciencia política, pero no las frustraciones de un mandatario a quien cerraron la probabilidad de señalar con “el dedo” del poder.

El presidente Echeverría Álvarez había invitado en 1974 a Manuel Carbonell de la Hoz a ser candidato del PRI al gobierno de Veracruz, pero se topó con la negativa de Jesús Reyes Heroles, tuxpeño de origen, considerado el último ideólogo de ese partido político junto con Enrique González Pedrero, el tutor político que inició a Andrés Manuel en la jerga partidista, recientemente fallecido.

“Yo como veracruzano no he optado por él”, respondió el tuxpeño aquel, líder del PRI cuando Echeverría ya había inclinado la balanza para que las llamadas “fuerzas vivas” se pudieran pronunciar por quien en ese entonces ocupaba el cargo de subsecretario general de Gobierno.

No sólo Luis Echeverría había perdido la posibilidad de tener un gobernador aliado con Carbonell de la Hoz en el palacio de gobierno en Xalapa. El otro gran damnificado había sido el emblemático Fernando Gutiérrez Barrios, el llamado “policía político” y luego poderoso Secretario de Gobernación con Carlos Salinas de Gortari.

Los periodos de sucesión están llenos de microhistorias quehay que ver en el contexto general. En política nada está escrito, salvo los finales.

Miguel Barbosa desafió el martes las fuerzas de la naturaleza política con el veto disimulado a quienes parecían tener mejores prendas para competir por la nominación en 2024.

Sólo la inteligencia política del mandatario podrá ser factor a la hora de la decisión para la designación del abanderado del Morena en tres años, como ya ocurrió en el proceso electoral de junio pasado.

Matemáticamente parecía imposible, pero sus adversarios dentro del partido en el que milita fueron perdiendo candidaturas y triunfos.

La experiencia veracruzana de la década de los ‘70 parece más vigente que nunca, y a menos que de verdad Ignacio Mier, coordinador de la bancada de Morena en San Lázaro, y Alejandro Armenta, senador, no hayan limpiado sus expedientes como lo demandó el primer gobernador de izquierda en Puebla, no sería nada remota su reedición.

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