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PRI

Cuando la cosa se pone color de hormiga, los priístas recurren a dolerse por las conductas de sus correligionarios, por desconocerlos como militantes o simplemente a omitir su legado en la formación del modelo de país que tenemos.

Fue el caso de José Antonio Meade en las pasadas elecciones presidenciales, que en cada estado que visitaba se lamentaba del papel de los gobernadores del llamado Nuevo PRI, mientras este mismo grupito lo abanderaba y promovía.

A Meade le dolieron los Duartes y Borges, y le dolió que se pasara por el suelo el prestigio del Revolucionario Institucional.

Lo mismo le ocurre al dirigente nacional, Alejandro Moreno Cárdenas, quien hace rato hiede a corrupción y parece convencido de la idea de que el partido se fundó apenas iniciado el 2019.

Otro caso es el del líder estatal tricolor, Néstor Camarillo Medina, quien de varias semanas para acá se viene doliendo y negando de tanto priísta que parece que su partido ya no tuviera militancia.

Casi casi que a Javier López Zavala no lo conocía, que los Morales ni sabe quiénes son, que nunca escuchó hablar de Mario Marín y de otros exgobernadores y presidentes de su partido de quienes mejor ni le preguntamos.

Este es un dirigente estatal que se dice priísta y se presume priísta, pero que no está dispuesto a cargar con el peso histórico de ser priísta. Por inteligencia, pero también por conveniencia, es uno de esos militantes que mejor no quieren asumir ni a Díaz Ordaz ni a Echeverría, menos al funesto de López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo o a Peña Nieto.

Ni es que no hayamos nacido cuando gobernaron o que no tengamos la edad suficiente para conocer sus modos de ejecutar el poder, pero cada uno de nosotros se construyó una idea de país acorde a sus creencias y conocimientos, y con ello valoramos lo hecho en el presente y el pasado, para valorar el futuro.

Yo soy de esa generación que creció en un estado que no dejó el logo tricolor por décadas y que todavía le rinde culto a políticos de la calaña de Fernando Gutiérrez Barrios.

Los priístas usan todavía su jerga política para alabar a su “héroe”, el hombre sobre el que depositaron el “peso del estado”, mientras que en reportajes, libros, series, historias, testimonios y otros cientos de renglones del país, perseguido de los años 70 y 80, se le describe como matón al que le otorgaron un salvoconducto para asesinar en el nombre de México.

Es así que ser priísta, como se define Néstor Camarillo, también es cargar con el peso de un legado de oprobio ligado a la construcción de las estructuras que siguen rigiendo a este país.

El PRI infectó al PAN –según muchos dicen- en 1988, y a Morena en el primer éxodo de 2016. Sigue vigente como un código genético en políticos de todos los partidos y no permite hacer que se muevan muchas cosas.

Vale la pena una corta y sentida reflexión para el priísmo nacional y poblano: El partido que no conoce su historia está destinado a volver a vivirla.

Ya se verá en el 2024.

 

@Olmosarcos_

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