La captura de Nicolás Maduro desató celebraciones entre la diáspora venezolana en Estados Unidos, Europa y América Latina, pero también abrió una pregunta incómoda: ¿volver a qué país?
“Yo no tengo deseos de regresarme, solo visitar”, escribió Javier, migrante venezolano en Estados Unidos, donde reconstruyó su vida tras huir de la crisis en Venezuela.
Como él, millones expresaron alivio simbólico, pero no esperanza inmediata. La caída del líder chavista no borra años de colapso económico, apagones y pobreza estructural.
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Según la Organización Internacional para las Migraciones, casi ocho millones de venezolanos viven fuera del país, en uno de los mayores éxodos de la historia reciente.
Datos de ACNUR revelan que incluso antes de la detención de Maduro, solo 4% de los migrantes contemplaba regresar, principalmente por motivos familiares.
Dentro de Venezuela, el día después fue idéntico al anterior. Persistieron fallas eléctricas, escasez de agua, cortes de internet y servicios públicos intermitentes.
“El salario mínimo es simbólico”, denuncian usuarios en redes. Con ingresos oficiales de apenas 130 bolívares mensuales, sobrevivir depende de remesas y trabajos informales.
Alimentar a una familia cuesta más de 500 dólares mensuales, mientras más de la mitad de los hogares enfrenta pobreza multidimensional, según estimaciones independientes.
En el primer semestre de 2025 se registraron casi mil 300 protestas, motivadas por electricidad, agua y salarios, sin grandes movilizaciones ni respuestas estructurales.
Mientras tanto, migrantes en Colombia, España, México y Perú han echado raíces, criando hijos lejos de la incertidumbre venezolana.
Para muchos, no regresar no es abandono, sino protección. Venezuela sigue siendo memoria, identidad y herida abierta, pero no un destino inmediato.

