En el escenario internacional, 2026 arrancó con una turbulencia de tal intensidad que ha sorprendido hasta a los expertos en geopolítica que llevan años exponiendo, con creciente pesimismo, los signos de una descomposición de lo que se ha definido como el orden mundial de la posguerra. Una descomposición que, como señaló el Primer Ministro de Canadá en su visionario discurso en Davos, es ya una ruptura.
No un riesgo de ruptura, sino un hecho que hay que asimilar para actuar en consecuencia, con realismo y visión.
Siguiendo las palabras de Mark Carney en el Foro Económico Mundial (WEF), estamos ante “el fin de una ficción agradable y el comienzo de una dura realidad”: en un entorno geopolítico en que las principales potencias, comenzando por la principal, actúan, siempre que pueden, sin límites ni restricciones.
Lo que aplica para Canadá, también lo hace para México: estar “con los ojos bien abiertos” y afrontar “activamente el mundo tal como es, sin quedarnos esperando el mundo que deseamos”.
En el mismo sentido, en la edición 2026 de los reportes sobre retos y riesgos globales de centros de investigación y análisis se reproducen los que han marcado las inquietudes desde hace ya un lustro o más, pero ahora con un acento crítico, definitorio de esa ruptura: procesos de desglobalización y erosión del multilateralismo, y con ello, más incertidumbre, inestabilidad y conflictividad.
El WEF destaca la incertidumbre como nota central en su Informe de Riesgos Globales 2026, la cual, agrega, marca el tono para la segunda mitad de una década turbulenta.
La visión del reporte es inquietante: los mecanismos de cooperación, desmoronándose, el retiro de los gobiernos de los marcos de decisión y coordinación multilaterales mientras la estabilidad queda bajo acecho, un contexto multipolar de disputa donde la confrontación reemplaza a la colaboración y la confianza.
Todo lo cual inevitablemente amenaza las relaciones internacionales, al comercio y la inversión. ¿Cómo podría ser distinto –evitar la propensión al conflicto– ante una ruptura de relaciones e interacciones que, mal que bien, funcionaron por décadas?
El riesgo número en la prospectiva del WEF, aquel con mayor probabilidad de desencadenar una crisis global sustancial en 2026, es la confrontación geoeconómica, con la precariedad e incertidumbre del (des) orden internacional aumentando la fragilidad de los Estados y sus economías.
El influyente reporte anual de riesgos globales de Eurasia Group coincide en gran medida con el del WEF, pero coloca, sin ambages, a la política estadounidense como la principal fuente de desequilibrio y del colapso del multilateralismo. Para sus analistas, el presidente del país más poderoso del mundo intenta desmantelar cualquier tipo de control a su poder y a la proyección global de éste.
Este factor condiciona y complica los otros grandes riesgos de su reporte.
“La Doctrina Donroe” o “Doctrina Monroe 2.0”, con el Gobierno de Estados Unidos utilizando la geopolítica para afianzar el control interno, más que como “policía del mundo”. Hacia un poder que no solo quiere limitar a China, Rusia e Irán en el hemisferio occidental, sino también afirmar activamente la primacía con una combinación de presión militar, coerción económica, construcción selectiva de alianzas y ajustes de cuentas del presidente.
Además, Europa bajo asedio, perpleja ante el vacío de seguridad dejado por la retirada de Estados Unidos de sus alianzas tradicionales; un capitalismo de Estado con características estadounidenses, con la administración más intervencionista en la economía desde el New Deal; y de especial importancia para nosotros, un “T-MEC zombi”.
En la prospectiva de Eurasia, el comercio norteamericano estará en el limbo mientras el acuerdo se tambalea, “ni muerto ni vivo”. Estancado.
Importa, y mucho. Estados Unidos es el destino de 75% de las exportaciones canadienses y del 80% de las mexicanas. Como apuntan los expertos de Eurasia, será difícil evitar el escenario de una incertidumbre crónica en la región y en nuestro país.
¿Qué hacer? El excelente discurso del premier canadiense pone una pauta que no podemos obviar: “Sabemos que el viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia […] Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de reconocer la realidad, de fortalecernos en casa y de actuar juntos”.

