A Stephen Miller, nacido en 1985 en Santa Mónica, California, se le reconoce por su voz baja, su disciplina ideológica y una convicción inamovible. Desde la adolescencia destacó por denunciar el multiculturalismo y advertir que la identidad estadounidense estaba en riesgo, una narrativa que marcaría su trayectoria política.

Durante su formación en Universidad de Duke, Miller consolidó un perfil combativo y se vinculó con círculos conservadores influyentes, entre ellos el activista David Horowitz. Aquellos años anticiparon al estratega que, tiempo después, se convertiría en el ideólogo más duro del trumpismo.

El salto al centro del poder ocurrió en 2017, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Miller asumió como asesor senior y redactor de discursos, aportando el tono nacionalista que definió el arranque del gobierno. Su influencia se concentró en la política migratoria, donde impulsó medidas de mano dura: veto a países de mayoría musulmana, tolerancia cero, separación de familias y una reducción histórica del programa de refugiados.

Más allá de las fronteras, su huella alcanzó la seguridad nacional y la política exterior. En debates internos evaluó la designación de cárteles como organizaciones terroristas y, ya en el segundo mandato, respaldó estrategias de fuerza en el Caribe y América Latina, incluida la operación que derivó en la captura de Nicolás Maduro en 2026. Su visión, resumida en una frase televisiva —“el mundo real se rige por la fuerza y el poder”— explica por qué, para críticos y aliados, Miller sigue siendo el arquitecto más implacable del proyecto trumpista.

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