El mandato de Keir Starmer atraviesa su momento más crítico desde que asumió en julio de 2024. La reciente divulgación de documentos del Departamento de Justicia de Estados Unidos volvió a colocar el nombre de Jeffrey Epstein en el centro del debate, pero ahora con un impacto directo en Downing Street.

El foco recae sobre Peter Mandelson, exembajador en Washington y figura histórica del Partido Laborista, quien fue destituido tras revelarse correos electrónicos que lo vinculaban estrechamente con el financiero. La nueva entrega de archivos señala que, durante la crisis financiera de 2009-2010, habría compartido información gubernamental sensible, detonando una investigación por posible mala conducta en cargos públicos.

Starmer calificó el comportamiento como “vergonzoso” y aseguró haber sido engañado. Sin embargo, la tormenta política escaló: el jefe de gabinete Morgan McSweeney y el director de comunicaciones Tim Allan renunciaron en cuestión de días. El golpe más simbólico llegó cuando Anas Sarwar pidió públicamente su dimisión.

El desgaste coincide con el avance de Nigel Farage y su partido Reform UK, que ya supera al laborismo en encuestas nacionales. Incluso la líder conservadora Kemi Badenoch comparó al primer ministro con “una bolsa de plástico al viento”.

Los mercados reaccionaron: el rendimiento del bono británico a 10 años subió a 4.58%, reflejando nerviosismo ante un eventual relevo con menor disciplina fiscal.

Aunque el Partido Laborista mantiene 404 de 650 escaños, la presión interna crece. El liderazgo de Starmer depende ahora de su capacidad para contener una rebelión parlamentaria y recuperar credibilidad ante una opinión pública cada vez más escéptica.

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